
La inflación y sus remedios
Por Roberto Frenkel Para LA NACION
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Debo decir que la inflación fue mi objeto de estudio durante varios años. ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿No informan los médicos su especialidad? Ahora me siento como un médico que se especializó en sarna por haber trabajado durante una larga epidemia. Este escozor que siento, doctor, ¿es sarna? - pregunta el paciente. Quédese tranquilo m´hijo. No es sarna, es sarpullido.
En esta nota sintetizo algunas lecciones aprendidas durante la epidemia, tan útiles para un buen diagnóstico como para no equivocarse en el tratamiento, porque el remedio es ocasionalmente peor que la enfermedad.
Lo primero es distinguir entre aumentos de precios e inflación. No es sarna todo lo que pica. Para marcar la distinción hablamos de regímenes inflacionarios. Una tasa de inflación positiva es siempre, obviamente, el reflejo estadístico de ciertos aumentos de precios. En principio, no hay razón para que dicha tasa se repita en el futuro. En cambio, en un régimen inflacionario, la tasa de un período tiende a perpetuarse en tasas inflación de similar orden de magnitud en los períodos siguientes.
Para ilustrar la distinción mencionamos un ejemplo reciente de aumentos de precios que no resultaron en inflación. En abril de 2002 la tasa del IPC fue del 10,4%; al mes siguiente fue del 4% y en octubre de 2002 alcanzó al 0,2 por ciento. No había un proceso inflacionario en marcha (digamos, de paso, que el FMI creía que sí lo había) sino aumentos de precios impulsados por el fuerte aumento del precio del dólar. Cuando el impulso cambiario se detuvo, la tasa de inflación retornó a un bajo nivel.
En un régimen inflacionario, al contrario del ejemplo, la tasa de inflación causada por cierto impulso tiende a perpetuarse porque otros precios se incrementan en respuesta al mismo. El aumento en un mercado se propaga a otros mercados y precios. A través de estos "mecanismos de propagación" el impulso es seguido de aumentos en otros precios, salarios, alquileres, tarifas de servicios, etc., generalizando el incremento y tendiendo a reproducir la tasa de inflación en los períodos siguientes. Hay distintos mecanismos. Los más importantes son los que operan a través de las expectativas y las prácticas de indexación, explícitas en contratos de ajuste automático o implícitas en las conductas de empresas con capacidad para decidir incrementos de precios.
Cuando un proceso inflacionario se prolonga en el tiempo, la distinción entre impulso inflacionario y mecanismos de propagación se convierte en la historia del huevo y la gallina. Impulsos y mecanismos de propagación se hacen indistinguibles. Precios, salarios y tarifas de servicios están ajustándose permanentemente a la tasa de inflación que hubo en el período precedente. Esta tasa se torna "inercial": hay inflación ahora porque hubo inflación antes. Debemos congratularnos de haber dejado atrás este escenario. Costó mucho sufrirlo y costó más desarmarlo.
Miremos ahora las tasas de inflación recientes con la óptica mencionada arriba. ¿Se trata de aumentos de ciertos precios o nos encontramos frente a un incipiente régimen inflacionario?
En nuestra economía, desde hace mucho tiempo, los impulsos inflacionarios provinieron principalmente del mercado cambiario. Al respecto, la situación actual es completamente novedosa. Nada augura en el futuro previsible un cambio cualitativo en la holgura de divisas con que funciona actualmente la economía. Otro impulso tradicional ha sido el aumento de combustibles y tarifas de servicios públicos, instrumentado para paliar una situación fiscal habitualmente deficitaria. Actualmente, la posición financiera fiscal está lejos de ser deficitaria y por otro lado, el gobierno pone gran cuidado (para decir lo menos) en el posible impacto inflacionario de ajustes de combustibles y tarifas. Consecuentemente, no cabe esperar impulsos ni mecanismos de propagación provenientes de estas fuentes.
Algunos parecen temer un impulso inflacionario proveniente del mercado de trabajo. No es plausible. Creemos que la configuración política actual y la situación del mercado de trabajo descartan los incrementos de salarios como factor impulsor. El último momento en el cual los incrementos salariales jugaron como impulso inflacionario fue a mediados de 1975, en el "Rodrigazo", cuando se conjugaron con una gran devaluación para inducir un salto en la tasa de inflación. Posteriormente, la indexación salarial -introducida a través de decretos del gobierno militar desde mediados de 1976- operó como uno de los mecanismos de propagación de un régimen generalizado de indexación que perduró hasta los años noventa. Cabe comentar que la indexación no defendía el poder adquisitivo de los salarios: frente a un impulso inflacionario adicional el salario real caía de todas maneras por efecto de la aceleración de la inflación.
En resumen, las fuentes tradicionales de impulsos inflacionarios de la economía argentina están desactivadas y no está vigente la indexación, que constituía uno de los principales mecanismos de propagación.
No es sarna, pero pica. Para remediarlo, hay quien sugiere dejar caer el tipo de cambio nominal. Seguramente tendría efecto antiinflacionario, pero equivaldría a someter al paciente a una anestesia general para librarlo del escozor. Tenemos mucha experiencia en anestesias que derivan en coma profundo; no la repitamos. Preservemos los incentivos al crecimiento y el empleo de un tipo de cambio competitivo.
Distintas recetas
Un remedio que se está aplicando es atender puntualmente las fuentes de impulsos para atenuar y suavizar los aumentos. Otro remedio es la sintonía fina de la demanda agregada a través de las políticas fiscal y monetaria. Pero ciertas características actuales del funcionamiento de la economía limitan las posibilidades de este remedio universal.
Me explico. El rápido crecimiento de la demanda agregada proviene exclusivamente del gasto privado, mientras las finanzas fiscales operan contractivamente. Por otro lado, el gasto privado no está inducido por la expansión del dinero y el crédito. Su tendencia tiene débil relación con la cantidad de dinero y la tasa de interés. Esto resta efectividad regulatoria a la política monetaria. Por ejemplo, el aumento de la tasa de interés tendría poco efecto sobre la demanda, al costo de impactar negativamente la posición de deudores y bancos e incentivar la venta de divisas en el mercado cambiario.
Lo dicho no significa que las conductas fiscal y del banco central sean irrelevantes. Por el contrario, esas conductas deberían persistir y ser más publicitadas, para incrementar su incidencia sobre las expectativas inflacionarias. En particular, el programa monetario del banco central no es expansivo. A través de la difusión y explicación de su política, el organismo debería liderar la formación de expectativas inflacionarias moderadas, en línea con el sarpullido natural de una economía en crecimiento rápido.
- El próximo domingo: el columnista invitado será Miguel Angel Broda.





