La Martina, una marca nacida a caballo entre la Argentina y el mundo
Fundada por Lando Simonetti y Gachi Ferrari en 1985, La Martina nació como marca de equipamiento de polo y terminó convirtiéndose en una de las pocas empresas argentinas con presencia sostenida en los mercados más exigentes del mundo
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La historia de La Martina no nació como una marca de moda ni pensó desde el inicio en el mercado local. Nació de una experiencia acumulada a lo largo de décadas, de una mirada formada fuera del país y de una convicción poco frecuente en la industria argentina: que una marca nacional podía competir de igual a igual en los mercados más exigentes del mundo.
Detrás de ese recorrido están Lando Simonetti y Gachi Ferrari, fundadores y dueños de La Martina, una marca que cumplió 40 años en 2025 y que logró lo que muy pocas empresas argentinas consiguieron: vender ropa en Europa, sostenerse en el tiempo y convertir un deporte de elite en una identidad global.
Lando Simonetti nació en Roma, Italia. Cuando tenía siete años, sus padres inmigraron a la Argentina y trajeron consigo a sus hijos. En el país empezó el colegio, creció y formó una familia. Sin embargo, desde joven convivió con una sensación persistente de inestabilidad. “La Argentina es como ahora: está arriba, abajo, nada es estable”, recuerda. Esa percepción fue clave en su decisión de buscar oportunidades fuera del país.
Antes de ingresar al mundo industrial, Simonetti tuvo una experiencia que marcaría su forma de mirar los consumos y la comunicación. De joven editaba una revista social que distribuía en el corredor de Barrio Norte y San Isidro. Iba a discotecas, sacaba fotos, conocía a la gente y construía relatos sobre estilos de vida. Era, sin saberlo, una primera escuela de observación, branding y vínculos.
Luego estudió marketing y publicidad en la Universidad del Salvador, en una época en la que esas carreras recién se estaban formando. Aunque la teología ocupaba un lugar central en la currícula, Simonetti aprovechó esos años para desarrollar una mirada curiosa y analítica. Con el paso del tiempo, el contexto económico volvió a empujar una decisión drástica: cerrar la revista y emigrar.

En 1974 se trasladó con su familia a Nicaragua, donde surgió la posibilidad de abrir una fábrica de jeans con tela vinculada al gobierno de Anastasio Somoza. Allí pasó casi tres años, trabajando para una empresa madre estadounidense. Fue una etapa intensa de aprendizaje industrial y comercial, que terminó de manera abrupta cuando cayó el régimen y se produjo la revolución sandinista. Simonetti tuvo que irse rápidamente: quienes habían trabajado para el gobierno corrían peligro.
El siguiente destino fue Boston. En Estados Unidos comenzó, según sus propias palabras, a “trabajar en serio”. Ingresó a una empresa americana de blue jeans que vendía tanto en Estados Unidos como en Europa. Durante siete años recorrió el mundo, aprendió cada detalle del negocio, construyó redes comerciales y terminó ocupando el cargo de vicepresidente ejecutivo. Esa etapa fue formativa en un sentido profundo: dejó atrás al Lando inconforme y encontró una identidad profesional sólida, disciplinada y global.
Después pasó brevemente por Timberland, una experiencia corta pero decisiva. Durante un viaje a la Argentina por trabajo conoció a Gachi Ferrari, una figura muy popular de la televisión infantil de la época, conductora de un programa diario de varias horas. Ferrari era multifacética, rápida y con una fuerte intuición creativa. Se conocieron en un desfile de jeans, compartieron una cena y el vínculo personal creció rápidamente.
Ese encuentro coincidió con un desgaste personal: tras años de viajes constantes, la relación de Simonetti con su entonces esposa estaba debilitada. Sus hijos crecían en Estados Unidos y él tomó una decisión radical: volver a la Argentina y empezar de nuevo.

El regreso no fue sencillo. A comienzos de los años 80, Simonetti salió a buscar trabajo y se reunió con empresarios textiles locales de peso, con licencias de marcas internacionales y capacidad productiva. Les propuso crear una marca propia orientada a la exportación, apoyada en su conocimiento de Europa y en sus contactos comerciales. La idea parecía cerrar por todos lados, pero chocó con una visión que priorizaba el capital por sobre la creatividad.
La reunión terminó mal. Simonetti sintió que su aporte era subestimado y decidió levantarse de la mesa. Ese episodio, que pudo haber sido un fracaso, se convirtió en un punto de inflexión. Poco después recurrió a sus contactos en Timberland y consiguió algo inédito: la única licencia en el mundo para fabricar y vender la marca en la Argentina, en un contexto donde no se podía importar. Con esa licencia vivieron varios años y, sobre todo, ganaron tiempo para desarrollar un proyecto propio.
Ese proyecto empezó a tomar forma en Barrio Parque, un entorno atravesado por el campo y el polo. Simonetti tenía claro el concepto: deporte, vida sana y aire libre. Era una tendencia que había observado en Estados Unidos, especialmente en California, donde el deporte comenzaba a asociarse a un estilo de vida. En la Argentina, ese universo encontraba su máxima expresión en el polo, el único deporte que el país domina en toda su cadena productiva y cultural.
Así nació La Martina. El logo fue diseñado por el propio Simonetti, dibujado en una servilleta de bar. Para evitar conflictos con otras marcas, decidió espejar un jugador de polo, inspirado en símbolos rurales que había visto en ranchos estadounidenses. Un bordador especializado perfeccionó el diseño y le dio el carácter que aún hoy distingue a la marca.
La Martina no nació como marca de ropa. Su primer objetivo fue el equipamiento técnico de polo: botas, monturas y accesorios. Durante cuatro o cinco años solo produjo eso. Vendía en Estados Unidos, con locales en Palm Beach y Miami, y también en Buenos Aires, donde ofrecía equipamiento y productos de estética country, pero sin prendas propias.
El ingreso a la indumentaria fue casi accidental. Una camiseta de un equipo de polo auspiciado por La Martina se exhibió en una vidriera y se agotó rápidamente. Se fabricaron más y volvieron a venderse. Ese éxito llevó a un acuerdo con la Federación Internacional de Polo para producir las camisetas de todos los países participantes. También llegaron convenios con universidades como Cambridge y Oxford. Incluso los príncipes William y Harry usaron camisetas La Martina mientras jugaban al polo en Eton College.
Ese fue el punto de expansión global. La marca comenzó a abrir locales en distintas partes del mundo y a consolidarse como sinónimo del polo internacional. Simonetti se ocupó de la estrategia comercial y Ferrari lideró el diseño y la producción. Durante años, todo se fabricó en la Argentina, con cuero local.
El reconocimiento llegó a niveles impensados. La reina Isabel II inauguró un local de La Martina en el Guards Polo Club, en Windsor, apenas tres años después de la Guerra de Malvinas. Un gesto simbólico de enorme peso político y cultural. Más tarde, el caso de la empresa fue estudiado en Harvard como ejemplo de una marca argentina capaz de vender valor agregado en el exterior y sostenerse en el tiempo.
Hoy La Martina tiene alrededor de 300 locales en el mundo, presencia en mercados tan diversos como Europa, Medio Oriente, Asia y América Latina, y una estrategia de producción flexible que le permite adaptarse a cada región. Para sus fundadores, el mayor logro no fue crecer rápido, sino mantenerse durante décadas.
Cuatro décadas después, la marca sigue en movimiento y vuelve a cerrar un círculo: llevar nuevamente el polo a la India, el lugar donde nació este deporte. Una síntesis perfecta de una historia que siempre pensó la identidad argentina desde una perspectiva global.
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