
La oferta de Vodafone por Mannesmann demostró que en Europa también el accionista es rey
La exitosa operación es el mayor y más visible ejemplo del aumento de poder de los accionistas, que promete remodelar el capitalismo europeo; The Economist examina este fenómeno de profundas implicancias en la región
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FRANCFORT, LONDRES, MILAN - A nadie le gusta tirar la toalla, en especial cuando faltan segundos para que suene el gong. Pero como bien sabe Klaus Esser, es útil reconocer que uno está derrotado. El patrón de Mannesmann peleó duro para salvar su firma de las garras de Vodafone AirTouch, pero al darse cuenta de que estaba en las sogas, hizo lo único decente.
Cuatro días antes de que venciera el plazo para la traumática toma de control, fijada para el 7 de febrero, Esser cedió a la presión de los grandes accionistas -y colegas, según se dice- y llegó a un acuerdo con Chris Gent, su contraparte de Vodafone.
A cambio de recomendar la oferta hostil del grupo británico, cuyo valor es de unos US$ 190.000 millones, Esser obtuvo valiosas concesiones para sus accionistas. Más sorprendente, lo hizo de acuerdo con la mejor tradición norteamericana y británica: el acuerdo le costó su empleo.
La mayor oferta del mundo y de todos los tiempos fue un gran espectáculo, con tres meses de puñetazos, contragolpes y hasta algún insulto ocasional. Pero resultó tan notable por lo que ocurrió como por lo que no ocurrió. Cuando Vodafone lanzó por primera vez su oferta, pocos imaginaron que superaría todos los obstáculos que le iban a poner en el camino: la resistencia de los políticos y sindicatos alemanes, una nebulosa legal que rodea los takeovers y toda suerte de defensas sucias.
Se quedaron afuera
A pesar de sus protestas iniciales, los políticos no se metieron. Esser resistió la tentación de erigir defensas más agresivas, insistiendo en cambio en que los inversores debían ser los jueces de los argumentos de ambas compañías. En realidad, ambas partes escucharon cuidadosamente a los mercados durante la batalla. Y en el momento de su derrota, Esser lanzó su notable veredicto: "El accionista es rey".
Como primer takeover alemán apropiadamente disputado, el acuerdo demostró una nueva transparencia en el mercado para el control corporativo. En el pasado, las ofertas hostiles involucraban en general a firmas que subrepticiamente apuntaban a posibles objetivos. La propuesta abierta de Vodafone obligó a las autoridades alemanas a esclarecer las reglas del juego. Ahora que la jungla legal ha sido atravesada por primera vez, otros posibles ofertantes emprenderían el mismo camino.
Los banqueros piensan que Alemania verá pronto otras ofertas para firmas cuyas acciones, como las de Mannesmann, están en manos de muchos accionistas. Norbert Reis, que encabeza la sección de inversiones en Credit Suisse First Boston, dice que el acuerdo es "un llamado de atención a cualquiera que piense que puede confiar en el viejo sistema" para librarse de ofertas indeseables. Cualquiera que crea que una fusión tiene sentido comercial ya no será disuadido por incertidumbres legales, culturales o políticas.
Mientras Gent se ocupa de obtener la aprobación regulatoria de la oferta y convertir los dos enormes grupos de telecomunicaciones en una única entidad de US$ 350.000 millones, el resto del mundo se pregunta qué significa este golpe para Alemania y para Europa.
Una respuesta ya está clara. La oferta demuestra que hasta las firmas más exitosas pueden ser objeto de una toma de control. A los ejecutivos puede no gustarles este mensaje y tal vez intenten protegerse volviéndoles la espalda a los mercados de capital europeos, que están desarrollándose rápidamente. Pero eso marginaría a sus firmas, mientras las industrias europeas se reorganizan, y podría significar un desastre en cualquier competencia con rivales mejor financiados.
Así como el acuerdo Vodafone-Mannesmann trae cambios, es también una medida de cuánto ha cambiado ya Europa. En un tiempo, los takeovers hostiles eran un tabú. Pero recientemente han triunfado en las compañías de telecomunicaciones y de seguros italianas y en la banca y empresas de energía francesas. El capital aplicado a emprendimientos de riesgo, las compras apalancadas de participaciones mayoritarias y las fusiones internacionales están a la orden del día.
Las antiguas compañías se encogen y surgen otras nuevas. Europa, que durante años exportó más capital que el que importaba, empezaría finalmente a atraer las inversiones de financistas extranjeros que necesita. Y mientras se forja un genuino mercado para el control corporativo, los directivos al fin tendrían que responder por el desempeño de sus compañías.
No todos están felices
No todo el mundo está feliz. En Alemania hay quienes sostienen que la toma de control de Mannesmann es el primer golpe severo al vetusto sistema de capitalismo renano, construido sobre un consenso y estrechos lazos entre banqueros, industriales, sindicatos y el Estado.
En realidad, ese modelo viene resquebrajándose desde hace un tiempo. Si bien la reorganización corporativa llegó más lentamente a Alemania que a los Estados Unidos o Gran Bretaña, las compañías alemanas vienen respondiendo desde hace años a los desafíos y oportunidades creados por la desregulación y la expansión de la competencia a través de las fronteras.
Una única página de una edición reciente del Frankfurter Allgemeine Zeitung, un importante diario germano, contenía artículos sobre la batalla de Mannesmann, la planeada colocación de títulos del ferrocarril estatal, nuevas reglas sobre la dirección de las corporaciones, la anulación de fusiones y la competencia feroz entre los asesores de estos acuerdos. Esto suena notablemente similar a las páginas de negocios de los diarios norteamericanos.
A mediados de la década de 1990, la idea de descartar las actividades periféricas para concentrarse en unos pocos negocios centrales se limitaba a un puñado de conglomerados pioneros, como Hoechst y Daimler-Benz. La reorganización de Hoechst despejó el camino para una fusión con la francesa Rhône-Poulenc; y Daimler preparó el terreno para su fusión con la estadounidense Chrysler en 1998.
Desde entonces, otras firmas cambiaron su foco de atención en forma similar, y algunas hasta se reinventaron completamente a sí mismas. Cuando Vodafone atacó, Mannesmann se preparaba para separar sus operaciones de ingeniería y automotrices que fueron el núcleo de su actividad hace una década (movida que agradaba a los accionistas, pero hacía a la firma más vulnerable a una toma de control). Preussag logró algo similar, pasando de negocios tradicionales como la astillería y la minería a los paquetes de turismo.
Hasta las causas perdidas parecen mejorar. Siemens, un conglomerado que fabrica desde microchips hasta heladeras, ha sido hasta ahora un gigante dormido, participando en muchas industrias pero sin destacarse en ninguna.
Desafío para los ejecutivos
Los managers europeos que no han mostrado un buen desempeño tienen razones para preocuparse. Una oleada de fusiones barre el continente, sumando US$ 1,2 billones en acuerdos el año último, un aumento de casi 50% respecto de 1998. Por comparación con el valor de los mercados de valores europeos, los acuerdos en Europa superan los realizados en los Estados Unidos por primera vez en años.
Las compañías miran cada vez más afuera de sus mercados internos. ¿Necesita el mercado único europeo y su zona de moneda única el doble de fabricantes de autos y diez veces más fabricantes de tractores que los Estados Unidos? Los ejecutivos creen que no. De 1990 a 1998, los acuerdos a través de fronteras abarcaron menos de un tercio de las fusiones europeas por su volumen. El año último, esa cifra fue casi la mitad del total.
Este auge de fusiones tiene otras dos características llamativas. Una se relaciona con los acuerdos tecnológicos. Medido por su valor, el total del año último fue mayor que todo el resto de los años 1990, de acuerdo con Broadview International, un banco de inversión.
Hostilidad creciente
El otro rasgo es la hostilidad. El año último, las ofertas no solicitadas sumaron un tercio del total en cuanto a su valor, un enorme aumento. Este nivel de actividad persistiría, aunque no se presente otra oferta de las dimensiones de la de Vodafone por Mannesmann.
El miedo es tanto un motivo como una oportunidad. La semana última, Compart, una sociedad controlante, hizo una oferta de 3.500 millones de euros por las acciones que ya no posee en Montedison, un conglomerado italiano. Quienes financian Compart, entre ellos Mediobanca, un banco de inversión italiano, temían que si ellos mismos no ponían en orden la estructura financiera de Montedison, algún otro lo haría.
En otras industrias, la desregulación y globalización promueven acuerdos. Tomemos el sector de energía. Después de incursionar en los productos químicos, metales, logística y comunicaciones, las tres compañías alemanas de servicios eléctricos que cotizan en Bolsa, Veba, Viag y RWE, se concentran ahora en la generación de energía con la esperanza de aprovechar la desregulación para expandirse a lo largo de Europa. Hasta poco tiempo, la industria del petróleo y el gas era dominada por campeones nacionales. Esta semana se supo que la italiana Eni y la española Repsol-YPF están hablando de una alianza. El mes último, Eni compró una participación estratégica en GALP, un grupo portugués del sector de energía.
En todas las industrias, el euro ejerce su influencia. La moneda única creó un mercado líquido en bonos corporativos europeos. Aunque muy por detrás del mercado de bonos corporativos estadounidense, creció 235% el año último, si bien las emisiones globales cayeron.
Cuando los managers saben que deberán recurrir a los mercados de capital para financiar ofertas -o neutralizarlas- son más cuidadosos en su comportamiento. Antes que enfrentar una rebelión de los accionistas, Olivetti abandonó una reestructuración de Telecom Italia el año último, que le hubiera costado a los accionistas minoritarios una fortuna.





