Las certezas bajo la lupa, una buena filosofía para hacer frente a los desafíos

Eugenio Andrés Marchiori
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26 de octubre de 2014  

Los expertos en marketing –y también los políticos– lo saben: a veces el manejo de las expectativas produce mucho más impacto que las mejoras concretas.

En este sentido, el subterráneo de Londres es un buen ejemplo. Cada libra invertida en carteles luminosos para indicar el tiempo restante hasta la llegada del siguiente tren produjo un aumento del grado de satisfacción de los usuarios mucho mayor que el que hubiera resultado de invertir en renovar las vías o en agregar más viajes.

Tener que esperar siete minutos y saberlo produce menos irritación que cuando se ignora cuánto falta para que llegue la próxima formación. La naturaleza de la espera es diferente porque se le ha quitado el componente de incertidumbre.

Tenemos la tendencia a valorar el control: de allí que lo desconocido o lo que no podemos manejar con certeza nos genere angustia. Buscamos evadir la incertidumbre sin considerar que es imposible evitarla del todo debido a lo imprevisible del futuro y a un rasgo innato de nuestra capacidad de conocer: no sabemos lo que no sabemos. Aunque nos pese, somos frágiles víctimas de un grado supremo de desconocimiento.

La ciencia descubrió estas condiciones hace tiempo. Por eso sostener que algo está científicamente probado es casi una contradicción. Para que un conocimiento pueda ser considerado científico debe estar expuesto al juicio crítico.

Es lo que Karl Popper llamó falsación: la posibilidad de que cualquier idea o teoría pueda ser refutada con nuevas evidencias o con mejores argumentos. Toda prueba es provisional para el pensamiento científico. Paradójicamente, esta actitud dubitativa fortalece la ciencia y explica el éxito de su método.

El conocimiento encuentra en la duda su valor más preciado. Perder el temor a lo incierto habilita a explorar lo desconocido, a cruzar nuevas fronteras, a innovar. En una palabra, a crecer. Por el contrario, la certeza interrumpe la búsqueda, con lo que se suspende la instrucción. Incluso los errores que se cometen durante el proceso fortalecen el saber.

Bombilla eléctrica

Thomas Edison no consideraba fracasos a sus miles de intentos fallidos para producir una bombilla eléctrica, sino que cada uno era un aprendizaje acerca de lo que no funcionaba. La falta de certeza que suele ser considerada un signo de debilidad es, por el contrario, la fuente inicial del conocimiento.

Este estilo de pensamiento se puede extender al mundo de la empresa donde todo se hace proyectando hacia el futuro, que es en sí mismo desconocido.

Aunque la prudencia es una actitud loable en cualquier funcionario –en especial si es custodio de bienes ajenos–, es sabido que el premio suele ser inversamente proporcional al riesgo asumido.

Sin embargo, creer que se está siendo prudente porque se proyecta considerando la experiencia del pasado es, quizás, el mayor acto de arrojo. Ser auténticamente prudente implica buscar maneras originales de gestionar la incertidumbre para convertirla en aliada.

El primer paso para gestionar la incertidumbre es comprender que –además de ser inevitable– es relativa. No todo es igualmente incierto. A cada evento se le puede asociar una probabilidad de ocurrencia. En ciertos casos, como el de la ruleta o el de los dados, se trata de una probabilidad matemática u objetiva. Por desgracia no suele ser de este tipo la que enfrentan los empresarios habitualmente.

Los proyectos empresariales se evalúan contra otros alternativos. Aunque se intente cuantificar el futuro con tranquilizadores porcentajes edificados sobre la base del pasado, las decisiones terminan por parecerse mucho más al arte premonitorio que a una apuesta en el casino.

En el mundo de los negocios, el futuro suele mofarse a las probabilidades. Gestionar la incertidumbre significa ser consciente de esta dinámica para estar mejor preparado frente a los desafíos y las oportunidades del contexto.

Además de todo lo anterior hay una razón aún más intensa para abrazar la incertidumbre: sucumbir a la pretensión de conocimiento es una tentación que puede dejar mal parado a cualquiera.

Mantener una actitud crítica, de humilde duda –aun frente a nuestras creencias más profundas–, es el mejor antídoto contra la arrogancia. Nunca olvidemos que la desmesura es la falta que ninguno de los dioses del Olimpo está dispuesto a perdonar.

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