Los países que abren sus puertas a la ola migratoria ya cosechan los beneficios

Charles Forelle
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1 de enero de 2016  

Nafissa Abarbach, durante una visita a Marruecos, su país natal, trabaja en Canadá gracias a un programa para inmigrantes
Nafissa Abarbach, durante una visita a Marruecos, su país natal, trabaja en Canadá gracias a un programa para inmigrantes Crédito: The Wall Street Journal

MONTREAL—Atiborradas de cafés e inmigrantes, las calles de esta ecléctica ciudad portuaria en la que se alternan el francés y el inglés, podrían ser fácilmente confundidas con un barrio de moda de París o Bruselas.

Las sucesivas olas de inmigrantes, primero de Europa y más recientemente de Asia, Haití y África del Norte, han dado forma a las tiendas y restaurantes de esta vibrante ciudad así como su carácter internacional.

Pero los contrastes entre el Viejo Mundo y Canadá son más pronunciados. En Montreal, como en gran parte del país nor-teamericano, muchos de estos inmigrantes han encontrado trabajo de tiempo completo, y su nivel educativo es a menudo superior al de la población en general. En los 28 países miembros de la Unión Europea, la tasa de desempleo entre ciudadanos no europeos es de 20%, el doble que en la población en general.

Mientras que Europa sufre su mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial y problemas de seguridad agravados desde los atentados de noviembre en París, la experiencia migratoria de Canadá ofrece lecciones acerca de cómo un país puede beneficiarse con una marea demográfica.

El mundo está en movimiento. Según datos de la Organización de Naciones Unidas, 244 millones de personas viven hoy fuera de su país de nacimiento, la cifra más alta registrada y un aumento de 71 millones desde el año 2000. Gracias a las guerras y las privaciones económicas en los países más pobres con altos índices de natalidad, en 2050 ese número podría llegar a 590 millones, según proyecciones de la ONU.

En los grandes países de Europa Occidental como Francia, el Reino Unido y Alemania, 12% de la población es ahora de origen extranjero. En EE.UU. el porcentaje es 14%, en Canadá 21% y en Australia y Nueva Zelanda supera el 25%.

Canadá, Australia y, hasta cierto punto, EE.UU. tienen políticas migratorias que favorecen las destrezas de los inmigrantes y promueven la integración, al contrario de lo que ocurre en gran parte de Europa. Mucho antes de que se iniciara la fenomenal crisis migratoria de este año, los inmigrantes llegaban a Europa bajo un mosaico de programas, solo algunos orientados a trabajadores calificados.

Junto con los programas para poder traer miembros de la familia y refugiados, Canadá se ha focalizado en captar inmigrantes con habilidades que les permitan conseguir un empleo apenas llegan al país. Una vez allí, los inmigrantes reciben una de las mejores coberturas de salud, educación y trabajo de entre las 34 naciones que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

La experiencia de Canadá sugiere que para aquellas naciones que sepan planificar su futuro, la inmigración puede ser una bendición económica, una infusión de sangre nueva y trabajadores bien dispuestos para países ricos pero de crecimiento demográfico lento.

Con una población de 36 millones, Canadá admite hasta 250.000 inmigrantes al año, una de las tasas per cápita más altas en el mundo desarrollado. Estos inmigrantes representan dos tercios del crecimiento de la población total del país, según la oficina de estadísticas de Canadá. Sin inmigración, la población canadiense bajaría, ya que la tasa de fertilidad no es lo suficientemente alta como para lograr un crecimiento sostenido.

En los años 60, el gobierno estableció un sistema de puntaje para medir las capacidades laborales y lingüísticas de los inmi-grantes y para combatir la discriminación por motivos de raza y país de origen. En el último cuarto de siglo, ningún partido político canadiense de importancia ha hecho campaña sobre una plataforma explícitamente antinmigratoria, dice Irene Bloemraad, profesora de sociología en la Universidad de California, en Berkeley, que estudia la inmigración a EE.UU. y Canadá.

En los últimos años, más de 60% de los recién llegados a este último país arribaron como inmigrantes económicos o como sus familiares.

Al igual que Canadá, EE.UU. admite a familiares, a inmigrantes con trabajo y a refugiados, pero el programa económico constituye una proporción menor que el conjunto de inmigrantes de su vecino del norte. Los esfuerzos para reformar el sistema migratorio estadounidense y tomar medidas para regularizar a algunos inmigrantes indocumentados se han estancado en el Congreso.

En Europa, el camino más común para obtener la residencia legal es la "reunificación familiar", que favorece a personas que ya tienen familiares allí. Un sistema de "tarjeta azul" establecido por la UE en 2009 para atraer inmigrantes calificados ha tenido escaso éxito.

En Europa, la tasa de fertilidad (el número medio de hijos por mujer) es de 1,55. Al igual que el 1,61 de Canadá, ese valor está peligrosamente por debajo de los casi 2,1 necesarios para tener una población estable. Esto significa que, de mantenerse esta situación, habrá en el futuro menos personas que trabajen para financiar a un número creciente de jubilados. La inmigración ofrece una manera aparentemente lógica para llenar ese vacío.

La actual crisis de refugiados y los problemas de seguridad que han aumentado considerablemente desde los atentados en París y en San Bernardino, California, están poniendo a prueba esas políticas.

Europa experimenta la mayor ola migratoria en más de medio siglo: más de un millón de refugiados y otros migrantes han cruzado sus fronteras este año.

Fronteras relativamente porosas y una zona de exención de visado de nivel continental facilitan el camino a aquellos en busca de paz y de mejores oportunidades, al igual que a potenciales terroristas.

Mucho antes de los atentados de París o la llegada masiva de inmigrantes a Europa a mediados de año, la nación de Europa occidental que luchó más para integrar su población inmigrante fue Bélgica.

Este país de 11 millones de habitantes tiene una gran población de ascendencia norafricana, congoleña y turca. Mientras que la tasa de desempleo es de 8,5%, entre los ciudadanos de fuera de la UE es de 31%.

"Bélgica no tiene una política de promoción de la migración laboral", dice Thomas Huddleston, analista del Migration Policy Group en Bruselas. "Al igual que muchos de los países europeos", dice, en lugar de desarrollar una política de ese tipo "se ha concentrado en cómo conseguir que vengan un menor número de personas de bajas calificaciones".

La mayor población no europea proviene de Marruecos, también una de las fuentes más grandes de la más reciente inmigración a Quebec, Canadá, que ha favorecido a los inmigrantes procedentes de países de habla francesa.

Bélgica abrió la puerta a los marroquíes en 1964, cuando necesitaba trabajadores para sus minas de carbón. La crisis del petróleo en 1973 cerró la economía y los trabajadores extranjeros dejaron de ser tan necesarios. En 1974, el programa de inmigración se cerró.

Para entonces, miles de marroquíes habían echado raíces, y muchos más vinieron más tarde gracias a la política de reunifica-ción familiar.

Otros se aprovecharon de las laxas fronteras europeas y llegaron sin documentos. Mohamed Boumediene, de 27 años, dejó su ciudad natal, Ahfir, en las estribaciones orientales de las montañas del Rif de Marruecos, en 2006. Tomó un ferry a España con visado de turista y se dirigió luego a Bruselas, donde vivía un tío.

En Bruselas consiguió trabajo informal en la construcción y la limpieza durante el día y en una panadería de noche. Sin estatus legal, Boumediene se encuentra en un limbo: si se va de Bélgica podría no volver a entrar. "Ahora, todos los árabes son sospechosos".

"Sólo queremos vivir", concluye. "No tenemos nada

Charles Forelle y Kim Mackrael

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