Los peligros de una desindustrialización prematura

Dani Rodrik
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20 de octubre de 2013  

La mayoría de las economías avanzadas llegaron a ser lo que son tras recorrer la conocida senda de la industrialización. Una progresión de fábricas manufactureras –textiles, acero, automóviles– surgió de las cenizas de los sistemas tradicionales de artesanos y gremios, y transformó las sociedades agrarias en urbanas. Los campesinos pasaron a ser obreros de fábricas, proceso que sustentó no sólo una suba de la productividad, sino también una revolución en gran escala de la organización social y política. El movimiento obrero condujo a la política de masas y, en última instancia, a la democracia política.

Con el tiempo, la manufactura cedió el paso a los servicios. En Gran Bretaña, país en el que nació la Revolución Industrial, el porcentaje del empleo correspondiente a la manufactura alcanzó un máximo de 45% antes de la Primera Guerra Mundial y después bajó hasta poco más de 30 por ciento. Así permaneció hasta comienzos de los 70, cuando inició un descenso en picada. Ahora, la manufactura representa menos del 10% de la fuerza laboral.

Todas las demás economías ricas han pasado por un ciclo similar de industrialización y desindustrialización. En Estados Unidos, la manufacturación empleaba menos de 3% de la fuerza laboral a comienzos del siglo XIX. Después de alcanzar entre 25 y 27% en el segundo tercio del siglo XX, se instaló la desindustrialización. Y en los últimos años la industria absorbió menos del 10% del empleo.

En Suecia, la participación del empleo industrial llegó a 33% a mediados de los 60, antes de bajar hasta algo más del 10 por ciento. Incluso en Alemania, con frecuencia considerada la más potente economía manufacturera del mundo desarrollado, el empleo fabril alcanzó su máximo hacia 1970, con casi 40% de participación, pero ha bajado constantemente luego. Como sostuvo Robert Lawrence, de la Universidad de Harvard, la desindustrialización es algo común y precede a la reciente ola de mundialización económica.

Sólo algunos países en desarrollo, por lo general del Asia oriental, tuvieron otra dinámica. Corea del Sur se industrializó de forma excepcionalmente rápida. En tres decenios se dio una transformación que a los primeros industrializadores les costó un siglo o más.

En el mundo en desarrollo, el proceso es diferente. No sólo ha sido lento, sino que, además, la desindustrialización comenzó mucho antes. Pensemos en Brasil y la India, dos economías en ascenso que han obtenido resultados relativamente buenos en el último decenio. En Brasil, el porcentaje del empleo correspondiente a la industria apenas subió, entre 1950 y 1980, de 12 a 15 por ciento. Desde finales de los 80, Brasil empezó a desindustrializarse. La India presenta un caso aún más sorprendente: el empleo en la industria alcanzó su exiguo punto culminante de 13% en 2002 y desde entonces ha bajado.

No está claro por qué están desindustrializándose tan pronto los países en desarrollo en sus trayectorias de crecimiento. Una causa puede ser la mundialización y la apertura económica, que han dificultado a países como Brasil y la India la competencia con las superestrellas del Asia oriental, pero la competencia mundial no puede ser la razón principal. De hecho, sorprende que incluso países del Asia oriental estén experimentando una desindustrialización temprana.

Pensemos en China. En vista de su condición de motor manufacturero del mundo, resulta sorprendente descubrir que el porcentaje del empleo industrial no sólo es bajo, sino que, además, parece haber ido bajando desde hace algún tiempo. Si bien las estadísticas chinas son problemáticas, parece que el empleo en la manufactura alcanzó su punto culminante de 15% a mediados de los 90 y desde entonces permaneció en general por debajo de ese nivel. China es un país muy grande, y gran parte de su fuerza laboral está en las zonas rurales, pero ahora la mayoría de los migrantes encuentran empleos en los servicios y no en las fábricas.

Los países en desarrollo se están convirtiendo en economías de servicios con niveles de ingresos muy inferiores. Cuando Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Suecia empezaron a desindustrializarse, sus ingresos por habitante habían llegado a ser de entre 9000 y 11.000 dólares (con precios de 1990). En cambio, en los países en desarrollo la manufactura ha empezado a reducirse cuando los ingresos por habitante eran una fracción de ese nivel: en Brasil era de US$ 5000; en China, de US$ 3000, y en la India, de US$ 2000.

Aún no se han analizado plenamente los efectos económicos, sociales y políticos de una desindustrialización prematura. En el frente económico, está claro que se obstaculiza el crecimiento y se retrasa la convergencia con las economías avanzadas. La productividad laboral en la manufactura tiende a converger en el punto más elevado, incluso en economías en las que las políticas, las instituciones y la geografía conspiran para retrasar a otros sectores de la economía.

Ésa es la razón por la que, históricamente, siempre se ha relacionado el crecimiento rápido con la industrialización.

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