Malthus, Marx y el crecimiento moderno

Kenneth Rogoff
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16 de marzo de 2014  

CAMBRIDGE.- La promesa de que toda nueva generación gozará de mayor prosperidad que la anterior es un postulado de la sociedad moderna. En general, la mayoría de las economías más avanzadas cumplieron esa promesa y el nivel de vida de las últimas generaciones aumentó, pese a los reveses provocados por guerras y crisis financieras.

También en el mundo en desarrollo la mayoría de las personas empezó a tener una mejora sostenida del nivel de vida y concibe esperanzas similares de crecimiento, pero, ¿podrán hacerlas realidad las generaciones futuras, en particular las de las economías avanzadas? Aunque la respuesta más probable es que sí, los riesgos de deterioro parecen mayores que hace varios decenios.

Hasta ahora, todas las predicciones hechas en la Edad Moderna de que la suerte de la humanidad empeoraría, desde Thomas Malthus hasta Karl Marx, fallaron. El progreso tecnológico superó los obstáculos al crecimiento económico. La reequilibración política periódica, unas veces pacífica y otras no, garantizó que la mayoría de las personas se beneficiara, si bien unas más que otras.

Pero los resultados del crecimiento en el pasado no son una garantía de que se pueda mantener una trayectoria similar en todo este siglo. Hay amenazas formidables que superar, debidas en su mayor parte a deficiencias y disfunciones políticas.

El primer conjunto de problemas son las externalidades, como la degradación del medio ambiente. Cuando los derechos de propiedad no están bien definidos, como en el caso del aire y el agua, el Estado debe intervenir para ofrecer una reglamentación apropiada.

Un segundo problema es la necesidad de velar porque se considere que el sistema económico es justo, pues es algo decisivo para su sostenibilidad política. Ya no se puede dar por sentado que así sea, pues la combinación de la tecnología y la mundialización exacerbó la desigualdad de los ingresos y la riqueza.

Hasta ahora, nuestras sociedades resultaron aptas para adaptarse a tecnologías que ocasionan trastornos, pero el ritmo de cambio en los últimos decenios causó tensiones tremendas. La desigualdad puede corromper y paralizar el sistema político de un país y con él el crecimiento económico.

El tercer problema es el del envejecimiento. ¿Cómo se asignarán los recursos para el cuidado de los ancianos? No cabe duda de que unas deudas públicas desorbitadas exacerban el problema, porque se está pidiendo a las generaciones futuras que salden nuestra deuda y paguen nuestras jubilaciones.

La última amenaza se refiere a una amplia diversidad de cuestiones que requieren la reglamentación de unas tecnologías en rápida evolución por Estados que no siempre cuentan con la competencia o los recursos para hacerlo eficazmente. Ya hemos visto adónde puede conducir una reglamentación deficiente de unos mercados financieros que evolucionan rápidamente.

Un ejemplo es la oferta de alimentos, sector en el que la tecnología ha seguido produciendo cada vez más productos elaborados y modificados. Lo que se sabe hasta ahora es que la obesidad infantil llegó a ser una epidemia en muchos países. Las intervenciones estatales, consistentes principalmente en impartir una mejor formación al respecto, resultaron hasta la fecha ineficaces en gran medida. La adicción autodestructiva a los alimentos elaborados pueden reducir la calidad de vida y puede crear externalidades para la sociedad, como mayores costos de la atención de salud.

Todos esos problemas tienen soluciones. Un impuesto mundial al carbono mitigaría los riesgos climáticos, además de aliviar las cargas de las deudas estatales. Para abordar la desigualdad, hace falta una mayor redistribución mediante sistemas impositivos nacionales, junto con programas mejorados de educación de los adultos. Se pueden mitigar los efectos negativos de la reducción del crecimiento demográfico relajando las restricciones de las migraciones internacionales y fomentando la entrada de más mujeres en la fuerza laboral o la permanencia de jubilados en ella, pero la de cuánto tardarán los gobiernos en actuar es una pregunta aún sin respuesta.

Las economías capitalistas han sido eficientes para lograr el aumento del consumo de bienes privados, al menos a largo plazo. En cuanto a los bienes públicos, la ejecutoria no es tan impresionante y, a medida que las economías capitalistas se desarrollaban, parecen aumentar los obstáculos políticos.

¿Seguirá toda generación futura disfrutando de una mejor calidad de vida que su predecesora inmediata? En los países en desarrollo que aún no llegaron a la frontera tecnológica, la respuesta es casi seguro sí. En las economías avanzadas, aunque la respuesta debería ser también que sí, las dificultades están llegando a ser formidables.

El autor es ex economista del FMI y actual profesor en Harvard

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