Neil Young vs. Spotify. El salvaje oeste del streaming musical
La decisión del músico de retirar sus canciones de la plataforma hace revivir el debate sobre la obligación de moderar los contenidos
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Neil Young tenía cinco años, en 1951, cuando fue parcialmente paralizado por la polio. Joni Mitchell tenía nueve años cuando fue hospitalizada por la misma enfermedad y para la misma época. Los dos se convirtieron en cantantes famosos y últimamente se destacan sus campañas contra la desinformación que difunden quienes se oponen a la vacuna. Los dos músicos, seguidos por otros cuantos, han retirado su música del mayor servicio de streaming del mundo en protesta por la difusión de un mensaje antivacunas.
The Joe Rogan Experience, del que Spotify compró derechos exclusivos en 2020 según se dice por US$100 millones, dio cabida a gente escéptica de las vacunas y promovió remedios dudosos como Ivermectina, que Rogan mismo probó cuando se contagió del Covid el año pasado. Rogan, el más popular podcaster de Spotify, prometió “equilibrar las cosas” en futuras entrevistas, pero sigue en el aire, para irritación de sus críticos (incluyendo personal de Spotify que en el pasado lo ha acusado de pecados tales como la transfobia). Neil Young, Mitchell y unos cuantos más no han vuelto.
La ruptura es un regalo para los rivales de Spotify. Pero plantea cuestiones respecto de la moderación del contenido que podrían demostrarse complicadas –además de costosas–para todas las plataformas de streaming de audio.
Siendo el mayor servicio de streaming, con 180 millones de suscriptores pagos, Spotify tiene poder sobre los artistas. Young dice que recibe alrededor del 60% de sus ingresos por streaming de allí. Un cálculo aproximado de Will Page, exjefe de economistas de Spotify, sobre la base de cifras de MRC, una firma de datos, sugiere que el músico podría perder US$300.000 este año si continúa con su boicot (aunque parece que, por ahora, el streaming de sus canciones aumentó un 50%, debido a más reproducciones en otras plataformas en medio de la publicidad por la pelea).
Pero Spotify también es vulnerable. El 2 de febrero alertó que se hace más lento el crecimiento del número de suscriptores, lo que hizo caer el precio de sus acciones. Sus principales rivales, Apple y Amazon, tienen valoraciones de mercado alrededor de 70 veces y 40 veces mayores que la suya de US$37.000 millones, respectivamente. Y ofrecen audio junto con TV, juegos y más. Young y Mitchell ya no son estrellas de primer nivel, pero su partida socava la afirmación de Spotify de que ofrece “toda la música que jamás necesitará”. Apple y Amazon no perdieron el tiempo en promover al par de artistas en sus redes sociales.
De todos modos, el affaire de Rogan introduce un tema sensible para todos los relacionados con el streaming. A diferencia de The Joe Rogan Experience, que es producida profesionalmente y es propiedad de Spotify, la mayoría de las decenas de miles de nuevos podcasts y canciones que se suben a las plataformas todos los días son generadas por los usuarios. Servicios como Spotify por tanto cada vez más se asemejan redes sociales como YouTube. Una gran diferencia es que su supervisión de lo que se sube parece primitiva en comparación.

Spotify, una compañía que tiene 16 años de existencia, publicó sus “normas de la plataforma” recién después de que surgió la controversia con Rogan. Apple tiene guías de contenido para los podcasts, pero para la música solo una guía de estilo que pide a los artistas que indiquen cuándo usan lenguaje explícito y que el arte en sus álbumes sea limpio. Amazon parece haber publicado aún menos en términos de reglas para contenido de audio.
Y mientras la mayoría de las redes sociales regularmente publican informes del contenido que eliminan, las plataformas de audio no lo hacen. En medio del Rogangate, Spotify reveló que había eliminado 20.000 episodios de podcast por mala información sobre el Covid. El resto no se sabe. Facebook emplea 15.000 moderadores de contenido. ¿Cuántos trabajan para los que hacen streaming de audio? Nadie lo dice, pero fuentes de la empresa sugieren que la respuesta es que no son muchos.
“Siempre me ha sorprendido cómo los podcasts vuelan por debajo del radar que mide la moderación del contenido”, dice Evelyn Douek, de la Facultad de Derecho de Harvard. “Es un agujero negro masivo”. También puede resultar costoso. Al dar cabida a las plataformas de audio a más contenido generado por los usuarios, la teoría de controlar la moderación se expandirá y probablemente involucre muchos moderadores humanos; automatizar el proceso con inteligencia artificial, como están haciendo Facebook y otros, es aún más difícil para el audio que para el texto, las imágenes o el video. Las valuaciones de las firmas de software “desde hace mucho son definidas por la noción de que no hay costos marginales”, dice Page. “La moderación del contenido podría ser su primer costo marginal”.









