Los empresarios ya eligieron: prefieren a Vidal antes que a Macri

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
María Eugenia Vidal, ayer, durante su discurso en el hotel Alvaer. Los mayores empresarios del país creen que es el mejor cuadro político del PRO.
María Eugenia Vidal, ayer, durante su discurso en el hotel Alvaer. Los mayores empresarios del país creen que es el mejor cuadro político del PRO. Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
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24 de abril de 2019  • 11:38

Hay un cambio de estos años que el fragor de la crisis dejó relegado al universo de lo irrelevante o sutil: en algunos auditorios institucionales, sean foros empresariales o simples conferencias de prensa, ya no se aplaude cualquier cosa. Es un rasgo del fin del kirchnerismo que puede resultar superfluo, pero que describe también una nueva actitud en las relaciones con el poder, con el que ya no parece tan necesario congraciarse. Las dos ovaciones con que los asistentes al almuerzo del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp) interrumpieron ayer las palabras de María Eugenia Vidal en el hotel Alvear vuelven entonces a cobrar importancia. Por el contexto y porque no celebraron medidas o promesas económicas, sino la crítica de la gobernadora hacia dos hábitos enquistados en la política bonaerense: las jubilaciones de privilegio, que ella dijo haber erradicado definitivamente, y la ley que prohíbe a los intendentes ser reelectos de manera indefinida.

Fue un acto reflejo que pasó inadvertido y que revela una íntima convicción: la mayor parte de los hombres de negocios cree que el problema nacional es económico, pero que la solución depende antes que nada del coraje que tenga el encargado de gobernar. Un líder que se atreva a encarar reformas impositivas, tributarias y previsionales sin cuya aplicación jamás se resolverá definitivamente la trampa argentina: un país que no genera la cantidad de dólares suficiente para sostener el nivel de gasto que fijan sus expectativas. Es el fondo de la desilusión de los empresarios con Macri, a quien la mayoría preferiría en la presidencia después del 10 de diciembre, pero sobre cuyo margen de acción dudan incluso en momentos favorables. Y es también el desafío del Presidente para con ellos: convencerlos de que, si gana, esta vez sí, podrá transformar la Argentina.

"El 11 de diciembre, los problemas van a ser los mismos", dijo a los periodistas Daniel Funes de Rioja, presidente del Cicyp, después de despedir a Vidal. Tres horas antes el tema había salido en una reunión en Casa Rosada a la que Marcos Peña invitó a algunos de ellos. Ante la consulta, oída con frecuencia últimamente en esos encuentros, el jefe de Gabinete volvió a contestar que sí: como no se jugará la reelección, Macri hará después de octubre una gestión "para el bronce".

La duda aparece seguido porque ni siquiera el entorno de Macri está convencido. Primero porque sus colaboradores descuentan que, incluso ganando, volverá a gobernar en minoría. Y en segundo lugar por una advertencia que agrega en esas conversaciones Nicolás Caputo, el "hermano de la vida" del Presidente: para ese entonces no será la oposición la que exija gradualismo, sino quienes desde su propio espacio aspiren a sucederlo, como Vidal u Horacio Rodríguez Larreta.

La gobernadora tiene en cambio entre los empresarios la credibilidad intacta. "Es, claramente, la mejor del Pro", se entusiasmó ayer en el almuerzo uno de trato habitual con la Casa Rosada. Tal vez le vean menos escrúpulos hacia el costo político. O sea cierto eso que dicen los propios macristas: Vidal no está obsesionada por el poder. "Los únicos que tienen ese hambre son Mauricio y Horacio", dijo a este diario alguien que conoce muy bien a los tres. Los números en el Alvear dan cuenta de ese voto de confianza: ayer hubo 368 asistentes, 50 más que los 318 que la propia gobernadora había congregado en 2017 en ese recinto en mejores condiciones macroeconómicas. Un año antes, en 2016, Macri había reunido a 504 personas. Son señales a la luz de resultados de gestión que, hasta ahora, vienen muy por debajo de las expectativas del establishment. La principal, la inflación: la misma mesa que costaba ayer ahí 100.000 pesos se pagaba un año antes a 60.000.

Todo esto explica también la impotencia que se percibía en el aire. La desazón de un gobierno que no pudo aún pulverizar el populismo convive además con una última novedad: así como la crisis energética que incubó el kirchnerismo unía en el mismo diagnóstico y recomendaciones a especialistas de izquierda y de derecha, la situación económica hace ahora coincidir propuestas de economistas ortodoxos y heterodoxos. Ya casi nadie duda en la Argentina de que el gasto público es insostenible y deberá alivianarse con decisiones antipáticas: lo que sigue en veremos es quién será capaz de hacer semejante cosa.

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