Peso real. Qué falta, las oportunidades y los desafíos de una moneda común en el Mercosur

Análisis de Esteban Lafuente en LN+

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Esteban Lafuente
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7 de junio de 2019  • 16:06

"La idea es hablar de una integración monetaria". Así explican en el Ministerio de Hacienda el plan, confirmado ayer por Nicolás Dujovne y su par brasileño, Paulo Guedes, de crear una moneda común entre la Argentina y Brasil, que eventualmente sumaría a otros países miembros del Mercosur . Pese al entusiasmo inicial, la iniciativa fue luego negada por el Banco Central Brasileño y relativizada por funcionarios argentinos, que hablan de un "proyecto de largo plazo".

La propuesta, que se difundió durante la visita de Jair Bolsonaro a Buenos Aires, busca replicar el plan que desde fines del siglo pasado implementaron los miembros de la Unión Europea para crear el euro, cuya puesta a punto demoró casi una década y aún funcionando genera tensiones entre los países que la utilizan.

Cuestiones de integración comercial, el sistema impositivo, el gasto público, el déficit fiscal o la productividad de cada economía aparecen como escollos pendientes que, según los analistas consultados por LA NACION, hacen de la moneda del Mercosur una iniciativa muy distante.

Fuente: Archivo - Crédito: Ricardo Pristupluk / LA NACION

"La unidad monetaria es uno de los pasos finales de un proceso de integración económica. Primero se crea un área de libre comercio; luego una unión aduanera, que implica libre circulación y un arancel común para todo lo que ingresa de afuera; después un mercado común, que implica además de la circulación de bienes el intercambio de capital y trabajo, que implica una asimilación de legislación laboral y financiera, y recién después viene la unidad monetaria, que demanda también un ente regulador único o colegiad", explica Gabriel Caamaño, socio de la Consultora Ledesma, sobre los procesos de integración de bloques supra nacionales.

"Hoy, si se mira el Mercosur, es una unión aduanera imperfecta, tanto por el tema del arancel externo común como por la libre circulación de bienes, así que falta muchísimo para pensar en una moneda común. Hay diferencias en las legislaciones laborales, diferencias de productividad entre ambos países, no hay convergencia fiscal y un historial reciente de mucha volatilidad macro. Desde el punto de vista del proceso de integración, falta una vida y el planteo así como está suena medio poco serio", añade el economista.

La Argentina tiene en Brasil a su principal socio comercial, con montos que triplican lo que se exporta a sus seguidores, como Estados Unidos o China. Según los datos del Indec, el mayor país de américa latina recibió en 2018 el 37% de las exportaciones totales de manufacturas de origen industrial argentina, y representaron US$7631 millones. En todo el año, la Argentina exportó a Brasil US$11.291 millones, e importó mercancías por US$15.694.

Fuente: Archivo - Crédito: Reuters

En este contexto, la posibilidad de crear una moneda común, que ya fue discutida en reiteradas ocasiones en el marco del Mercosur, nacido en marzo de 1991 con la firma del Tratado de Asunción, podría facilitar el comercio entre ambos países. "Hoy, en las fronteras, las localidades suelen aceptar ambas monedas (peso y real) y tener una moneda unificada facilita el intercambio, aunque un límite a esa ventaja es que todo el comercio exterior se sigue refiriendo en dólares", sostiene Martín Kalos, socio de Epyca Consultores.

Según el economista, sin embargo, la idea de crear una moneda común es un proyecto difícil de implementar en este contexto, con las diferencias que muestran ambas economías. En materia de inflación, por ejemplo, Brasil acumula 4,66% en los últimos 12 meses (0,13% en mayo), mientras que en la Argentina el IPC de mayo estimado por encima del 3% arrojaría una suba interanual del 55%.

"Antes que crear una moneda común, ambos países tienen que resolver sus desequilibrios macroeconómicos y sostenerse en ese equilibrio durante un buen tiempo, y que gradualmente converjan en lo productivo, lo fiscal y su estrategia de desarrollo. Para llegar al euro, los países de la Unión Europea pusieron límite al déficit fiscal año a año, de forma de ir reduciendo ese factor y no tener que caer luego en la emisión o el aumento en algunos de los países para financiar ese déficit. Acá debería ocurrir algo parecido, que apunte a sostener un nivel de equilibrio de tipo de cambio o fiscal, que hoy en plena crisis son imposibles de pensar acá o en Brasil, que todavía no logra salir de su mayor recesión desde 1930", agrega Kalos.

Fuente: LA NACION - Crédito: María Amasanti

A su vez, el economista plantea que una moneda común implicaría también tensiones de difícil resolución con respecto a la competitividad y tipo de cambio que requieren las diferencias de productividad y nivel de consumo en cada país y, también, dentro de los sectores económicos fronteras adentro de cada uno de los miembros del bloque.

"Si hay problemas productivos en un sector, con una moneda unificada, la tasa de interés, el tipo de cambio o la política crediticia serían las mismas para una economía regional de La Rioja que para la gran industria de San Pablo. Así como en la Argentina se discute qué dólar es necesario para que sea competitivo tal o cual sector, esa va a ser una discusión aún más grande. Eso mismo ocurre entre Alemania y Grecia en Europa", detalla Kalos.

Por su parte, el economista Federico Furiase, del Estudio Eco Go, advierte sobre la "pérdida de autonomía monetaria anti cíclica" y sus consecuencias negativas sobre la economía de los países con divergencias de productividad y en lo fiscal. Con moneda propia, los países pueden ajustar su política monetaria (nivel de tipo de cambio, tasa de interés) para intentar revertir ciclos o minimizar el impacto de shocks externos, como ocurrió con la devaluación de las monedas emergentes en 2018.

"Una moneda común no resuelve ninguno de los problemas que tenemos (inflación, déficit), y es capaz de sumar nuevos. En vez de experimentar con sistemas monetarios, lo que habría que hacer es resolver los problemas fiscales y estructurales que son los que terminan haciendo que el peso sea una moneda muy volátil, no sea unidad de ahorro y en algunos casos ni de cuenta. Tener una moneda común es un último paso del proceso de integración económica y no se maneja a la ligera. En este contexto, estamos a años luz para llegar a ese punto", concluye Caamaño.

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