Por qué, para los libertarios, el Estado no debería existir

Javier Milei
Javier Milei PARA LA NACION
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17 de diciembre de 2017  

La acometida central del pensamiento libertario es oponerse a todas y cada una de las agresiones a los derechos de propiedad individuales, a la persona y a los objetos que haya adquirido en forma voluntaria. Por supuesto que los criminales, sean tales en forma individual o en bandas, se oponen a esto, pero en este sentido no hay nada distintivo en el credo libertario, dado que todas las personas y escuelas de pensamiento rechazan el ejercicio aleatorio de la violencia contra el individuo y la propiedad.

La diferencia fundamental entre los libertarios y otras personas no está en el área del crimen privado, sino en su visión del rol del Estado, o sea, del gobierno. Para los libertarios, el Estado es el agresor supremo, el eterno, el mejor organizado contra las personas y las propiedades de los individuos, esto es, el Estado es una organización “criminal”. Lo son todos los Estados en todas partes, ya sean democráticos, dictatoriales o monárquicos y sin distinción alguna de color.

Para el libertario existe una diferencia crucial entre el gobierno y el resto de las instituciones de la sociedad. Por un lado, están las personas o grupos que reciben sus ingresos por pagos voluntarios: ya sea por una contribución voluntaria o por obsequio, o mediante la adquisición voluntaria de sus bienes o servicios en el mercado. Su éxito radica en servir al prójimo proveyendo el mejor bien/servicio al menor precio posible. A este método, Franz Oppenheimer lo llamó el medio económico.

Por el otro lado, está el método del “robo” mediante el uso de la violencia. Sólo el gobierno está facultado para obtener sus ingresos mediante la coerción, es decir, por amenaza directa de confiscación o prisión si no se realiza el pago. Este gravamen coercitivo es la recaudación de impuestos y es lo que Oppenheimer denominó el medio político.

Claramente se trata de un método parasitario, ya que requiere de una producción previa que el explotador pueda confiscar, y éste, en lugar de sumar su aporte a la producción total en la sociedad, sólo sustrae sus recursos.

Para el pensamiento de los libertarios la contribución es, pura y simplemente un “robo”, a grande y colosal escala, que ni los más grandes y conocidos delincuentes pueden soñar con igualar. Y como si ello fuera poco, sólo el gobierno puede utilizar sus fondos para cometer actos de violencia contra sus ciudadanos o contra otros. Por ello, cabe definir al Estado como la organización de los medios políticos que se basa en la sistematización del proceso predatorio sobre un área territorial dada. Una suerte de mafia con “respaldo legal”.

A su vez, mientras que en la esfera privada el crimen es esporádico e incierto, el parasitismo es efímero, no sistemático, y la vida parasitaria y coercitiva puede terminar en cualquier momento por la resistencia de la víctima. En el caso del Estado, él mismo provee un canal legal, ordenado y sistemático para la depredación de la propiedad de los productores, lo cual hace que la línea de vida de la casta parasitaria sea cierta, segura y hasta en cierto modo relativamente “pacífica”.

Así, en la sociedad, sólo el gobierno tiene el poder de agredir los derechos de propiedad de sus ciudadanos, sea para extraer rentas o para imponer su código moral. Además, todos y cada uno de los gobiernos, hasta los menos despóticos, han obtenido siempre la parte más importante de sus ingresos mediante la recaudación coercitiva de impuestos.

A lo largo de la historia ha sido el principal responsable de la esclavitud y la muerte de innumerables seres humanos. Y puesto que los libertarios rechazan de modo fundamental toda agresión contra los derechos de las personas y de la propiedad, se oponen a la institución del Estado por ser inherentemente el mayor enemigo de esos tan preciados derechos.

No importa cuán pequeño sea el poder del gobierno, no importa cuán baja sea la carga impositiva o cuán igualitaria su distribución. Igualmente se crean dos clases desiguales e inherentemente conflictivas en la sociedad: (i) aquellos que pagan en forma neta los impuestos (“los contribuyentes”) y (ii) los parásitos que viven en forma neta de los impuestos. Así, cuanto más grande sea el peso del Estado en la toma de decisiones y mayor sea la carga tributaria, mayor será la desigualdad artificial que se impone entre estas dos clases en la sociedad.

En definitiva, el Estado utiliza el monopolio de la fuerza para alzarse con el monopolio de lo que los libertarios llaman “crimen”, para controlar, regular y coaccionar a sus desventurados súbditos.

A veces, llega hasta controlar la moralidad y la existencia cotidiana de sus subordinados. El Estado utiliza sus rentas, conseguidas por medios coactivos, no sólo para monopolizar y proporcionar de forma incompetente servicios genuinos al público, sino también para construir sobre ellos su propio poder a expensas de sus explotados y acosados súbditos.

Redistribuye la renta y la riqueza desde el público hacia él mismo y sus aliados, para de este modo controlar, dominar y coaccionar a los habitantes del territorio. Por consiguiente, en una sociedad auténticamente libre en la cual se respeten todos los derechos individuales de la persona y de la propiedad, el Estado debería necesariamente dejar de existir.

El autor es economista

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