Qué diferencia a los populismos ortodoxos de los heterodoxos

Marcos Buscaglia
Marcos Buscaglia PARA LA NACION
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24 de noviembre de 2019  

El inicio del gobierno de Alberto Fernández en pocos días marcará la vuelta del populismo al poder en la Argentina. Muchos confunden al populismo con políticas económicas irresponsables, que llevarían al país a una hiperinflación y default en poco tiempo. Sin embargo, las políticas macro irresponsables no son la principal característica de todos los populismos, aunque suelen estar presentes en la mayoría de sus versiones latinoamericanas. Algunos regímenes populistas han mantenido, al menos por un período, políticas fiscales sólidas, lo que les permitió mantenerse por mucho tiempo en el poder. Esto no implica que sus políticas no tengan efectos nocivos sobre la economía (y la sociedad), solo que los daños son más imperceptibles, aunque más duraderos. Pero lo cierto es que no todos los populismos son iguales y hay, llamémoslos así, populismos ortodoxos y populismos heterodoxos.

En la Argentina, Juan Manuel de Rosas se mantuvo en el poder en la Provincia de Buenos Aires durante 20 años (17 de ellos ininterrumpidos) en parte gracias a que manejaba la hacienda pública en forma muy ordenada. Mantuvo el equilibrio fiscal y no generó ni emisión de moneda ni de deuda excesivos. Por algo dicen que Eduardo Duhalde, el mayor ajustador fiscal de la Argentina moderna, tenía en su despacho el portarretratos de Rosas, en lugar del de San Martín como es el uso y costumbre en los despachos públicos. Aunque a él se le fue la mano con el ajuste, y no duró tanto.

En el mundo también sobran ejemplos de populismos ortodoxos. Evo Morales tuvo al inicio de su mandato una política fiscal relativamente prudente en Bolivia, lo que le permitió acumular elevadas reservas internacionales, que se fue consumiendo en estos últimos meses. Los gobiernos populistas de Hungría y de Rusia, países donde la democracia sufrió un fuerte deterioro en los últimos años, también se han mantenido en el poder durante largo tiempo gracias (en parte) a haber implementado políticas fiscales relativamente prudentes. Hungría tiene superávit primario (antes del pago de intereses) desde 2012 y Rusia lo recuperó en 2018. Al mismo tiempo, los gobiernos de esos países avanzaron sobre la prensa independiente, la justicia y sobre otras instituciones democráticas.

En su libro ¿Qué es el populismo?, Jan-Werner Müller -profesor de la Universidad de Princeton- argumenta que la característica fundamental del populismo no es una política económica irresponsable, sino el antipluralismo. Es erigirse en la verdadera voz del pueblo, ya sea en contra de las elites, los inmigrantes, algún grupo étnico o algún país extranjero. Es sostener que solo ellos representan los verdaderos intereses nacionales, quitando legitimidad a todo el que se les oponga. Según Müller, una vez en el poder, los gobiernos populistas implementan tres estrategias para perpetuarse: "capturan" el Estado, incluyendo tanto a la administración pública como la justicia; incurren en políticas clientelísticas; y atacan a la llamada sociedad civil, es decir, a todas las organizaciones que pueden ponerles freno, como por ejemplo la prensa independiente.

Una alternativa, entonces, es que nos encaminemos a tener un populismo ortodoxo, combinando prácticas populistas con ortodoxia fiscal. Algunos pensarán, ¿qué otra opción queda cuando no hay financiamiento para la Argentina? Siempre está, sin embargo, la posibilidad de creer que la restricción fiscal y de financiamiento no existen, no ajustar el desbalance fiscal y terminar rápidamente en una hiperinflación. Aunque no podemos descartar a esta altura ningún camino para el nuevo gobierno, parecería que el cambio del kirchnerismo al albertismo será uno de populismo heterodoxo a uno ortodoxo.

Varias declaraciones de Alberto Fernández y de su entorno parecen sugerir que podríamos encaminarnos hacia esta alternativa. Por un lado, se dejan entrever propuestas de subas de impuestos (retenciones y bienes personales) y cambios en la fórmula de indexación de las jubilaciones para reducir el déficit fiscal. Ortodoxia pura. Por otro lado, surgen indicios que apuntan a las tres estrategias mencionadas por Müller.

Existen signos que apuntan a una nueva captura del Estado y de la justicia por los gremios y la militancia. En un video grabado arriba de un avión de Aerolíneas Argentinas, con la intención de apoyar la lucha gremial de los pilotos, Alberto Fernández dijo que los cielos "abiertos" de la Argentina van a ser para Aerolíneas, sugiriendo así que quizás convierta al mercado aéreo en un nuevo coto de caza de los gremios aeronáuticos y de punteros políticos. Los movimientos recientes en la justicia y su postura sobre el llamado lawfare (guerra judicial) y sobre los funcionarios kirchneristas procesados y/o encarcelados podrían hacer prever que la lucha contra la corrupción se tomará un respiro.

Hay también indicios de que el clientelismo se profundizará. El proyectado "plan nacional contra el hambre", utilizando una tarjeta para alimentos, podría convertirse en un elemento más de la enorme estructura clientelar que existe en la Argentina. Por último, hay también señales de que no serían indiferentes ante la sociedad civil. En un tuit del 18 de noviembre Fernández desestimó notas publicadas en los medios, asociándolas con "obsesiones e intereses", lo que, junto a varias declaraciones más, sugeriría que la dicotomía amigo-enemigo podría ser parte del eje central comunicacional de su gobierno.

Lo paradójico es que lo más probable es que el mundo financiero y empresarial aplauda un vuelco hacia la ortodoxia macroeconómica. Un giro así, por cierto, no sería menor, ya que no solo permitiría evitar un default duro de la deuda y la transición hacia una hiperinflación, sino que, bien ejecutado, hasta podría hacer volver a crecer la economía. Después de todo, gran parte del ajuste de las cuentas fiscales, del tipo de cambio y del resultado externo ya se hizo durante el gobierno de Cambiemos.

Como ya vimos en el gobierno de Carlos Menem, la ortodoxia macro suele hacer pasar a segundo plano las demandas de justicia y de una democracia plena para gran parte de la población. Ni que hablar de la tropa propia, que ni se inmuta ante las acusaciones de corrupción de sus líderes. Según Müler, esto se debe a que para los seguidores de los líderes populistas "la corrupción y el amiguismo no son problemas genuinos mientras parezcan medidas destinadas a 'nosotros', los morales y trabajadores, y no a los 'otros', inmorales y hasta extranjeros". No llama la atención entonces que Fernández, la noche que ganó la elección presidencial, haya dicho que "el gobierno volvió a manos de los argentinos". Aunque Müller casi no habla de la Argentina en su libro, parece inspirado en la política criolla.

La profundización de un modelo populista tendría, además de un impacto negativo en la sociedad, grandes costos para la economía. Un reciente trabajo de investigadores del BID encuentra que el costo de la ineficiencia y la corrupción en las licitaciones públicas, la contratación de empleados públicos y el otorgamiento de subsidios llega al 7% del PBI en nuestro país, comparado con un 4,4% en promedio en la región, y un 1,8% del PBI en Chile. Este trabajo incluye solo el costo del despilfarro en el sector público y deja de lado el impacto negativo en el sector privado. En países con menor seguridad jurídica, más impuestos, más regulaciones, más corrupción y donde muchos mercados se reservan como cotos de caza, el dinamismo de la economía se resiente. Varios estudios muestran que los países con mejores índices de transparencia, respeto a los derechos de propiedad, competencia y otras variables, como la calidad de las regulaciones y de la burocracia, crecen significativamente más rápidamente.

Es por ello que la diferencia entre un populismo ortodoxo y uno heterodoxo termina siendo, al final de cuentas, una cuestión de tiempo. Los populismos ortodoxos tampoco pueden mantener disciplina fiscal y monetaria por mucho tiempo, porque terminan asfixiando la economía. Tarde o temprano caen en la indisciplina fiscal y monetaria, como ocurrió con los Kirchner en la Argentina o con Evo Morales en Bolivia. Cualquier lector aficionado de historia sabe que, cualquiera sea la modalidad del populismo, no solo es muy nociva para el país, sino también que no perdura en el tiempo.

*El autor es economista. PhD (Universidad de Pensilvania), fue economista jefe para América Latina de Bank of America Merrill Lynch y coautor de ¿Por qué fracasan todos los gobiernos? c/S.Berensztein

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