Qué ganamos y qué perdemos al depender cada vez más del teléfono celular
La “comodidad” que brinda la convergencia de todas las funciones en el dispositivo móvil no es gratuita ni está exenta de consecuencias para cualquier persona; contar con más información, ¿lleva a mejores decisiones económicas?
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Hubo una época en la que cuando perdíamos o nos robaban la billetera con tarjetas de crédito y débito, todo lo que teníamos que hacer, que ya nos parecía mucho, era llamar a los bancos, anularlas y recibir nuevas. Si queríamos diversificar el riesgo, llevábamos sólo algunas tarjetas, y las otras quedaban en casa.
Hubo una época en la que nos acordábamos muchos o muchísimos números de teléfono de memoria, especialmente los de la gente querida. Pero también tomábamos nota de muchas cosas, dado que no había un chat al que recurrir…
Hubo una época en la que el documento nacional de identidad era prueba suficiente de quiénes somos, y no era necesario que una empresa de comunicaciones hiciera pruebas biométricas para entregarnos un chip que nos restituyera nuestra línea.
Hubo un tiempo en el que las empresas de medicina prepaga otorgaban un carnet físico, y la persona de 98 años no tenía que ir a la farmacia con la angustia de obtener el token de la app.
Hoy, no hay semana en la que no tengamos que sumar en nuestro celular apps, y acceder con usuarios, PIN(es), tokens, claves que deben ser modificadas regularmente, sin repetir ninguna de las 12 anteriores, Captchas, identificaciones de semáforos en 9 cuadrados borrosos….
¿Estamos más seguros ? ¿Estamos más tranquilos? ¿Se nos ha simplificado la existencia? En parte sí, todo está en el mismo lugar, accesible 24/7. El celular nos permite, además de comunicarnos (con múltiples formatos, uno de los cuales es el monólogo), informarnos, operar los bancos, comprar, pedir comida, ver películas, jugar, mandar mensajes, autenticar quiénes somos para acceder a ciertas plataformas y trabajar, hacer cálculos, acumular fotos y recuerdos, ubicarnos espacialmente cuando estamos perdidos…. Pero esta “comodidad” que nos brinda la convergencia funcional propia del celular no es gratuita ni exenta de consecuencias y externalidades.
La primera más evidente es la concentración del riesgo. Perder o que nos sustraigan el celular, o que tenga alguna falla, es una pesadilla. Tantas cosas están condensadas allí… Si bien la respuesta es que “todo está en la nube”, el rearmar los circuitos no es simple. Las telefónicas, a pesar de ser empresas del sector comunicaciones, no hacen fácil la comunicación humana, tratando de entender y solucionar el problema del otro, con la premura del caso.
La segunda es el progresivo deterioro de funciones cognitivas básicas. Sorprende la cantidad de gente que usa el celular para hacer operaciones matemáticas simples, para orientarse en una ciudad que conoce bien, o que no recuerda el número de teléfono del hijo. Eso nos hace más dependientes, más vulnerables, nos quita autonomía.
La tercera es el impacto en la atención y la ansiedad. Notificaciones constantes, estímulos permanentes, la sensación de estar siempre perdiéndonos de algo. Todo es urgente, la impaciencia nos va ganando y nos cuesta cada vez más concentrarnos o leer literatura durante dos horas sin interrupciones. Nos levantamos con el despertador del celular y mucha gente se duerme mirando alguna app que en 5 minutos mezcla novedades de las monarquías, recetas de cocina, consejos para conseguir trabajo y noticias de cuya veracidad somos (y debemos ser) cada vez más escépticos.
Pero, ¿qué lectura podemos hacer desde la economía?
Herbert Simon (Premio Nobel en Economía 1978 por sus aportes al entendimiento de los procesos de toma de decisiones) rompió con la idea de plena racionalidad de los agentes económicos e introdujo el concepto de racionalidad limitada. Sostuvo que las personas no maximizaban la utilidad (como estipulaba la teoría clásica) sino que satisfacían sus necesidades a partir de sus limitaciones cognitivas, de tiempo y atención. Consideraba que en un mundo saturado de información, el recurso escaso era la atención, postulando que “la abundancia de información crea pobreza de atención”. Dicho de otra manera, la mayor cantidad de información no se traduce automáticamente en una mejor toma de decisiones. Décadas después, la atención pasó a considerarse un factor productivo escaso, que puede ser capturado, dirigido y monetizado. Y hoy, no hay objeto que acapare tanto la atención como el celular.
El celular no es solo un bien, es un instrumento que nos habilita el ingreso a una organización económica diferente: la economía de plataforma. El modelo clásico, caracterizado por la relación empresa-cliente, es sustituido por un espacio en el que confluyen anunciantes, influencers, empresas, desarrolladores, comercios, financiadores. Esta coordinación genera valor para el usuario y al mismo tiempo un activo sumamente codiciado por las empresas y los gobiernos: datos.
El valor de la plataforma aumenta al incrementarse el número de usuarios. Al sumar usuarios se multiplican los datos, que permiten generar algoritmos más precisos. Y cuanto mejores son los algoritmos, más fácil es “capturar” más usuarios.
Uno de los problemas típicos de la economía “tradicional”, que es el incremento de los costos marginales a partir de cierta escala, no está presente en esta configuración. Una vez creada la plataforma, sumar un usuario adicional cuesta casi cero pero genera un valor creciente. Esto explica la alta escalabilidad, la tendencia a la concentración de mercado y las rentas extraordinarias.
En su libro Platform Capitalism, Nick Srnicek aporta su mirada acerca del rol de las plataformas en una nueva fase del capitalismo, en la que el insumo central son los datos que cada uno de los usuarios aporta, incluso cuando duerme.
A su vez, Shoshana Zuboff, en su libro The Age of Surveillance Capitalism introduce el concepto de capitalismo de vigilancia, un sistema en el que, a partir de la entrega “voluntaria” de nuestros datos y preferencias, las empresas tienen la posibilidad de predecir e incluso modificar progresivamente nuestros comportamientos. Su mirada crítica alerta sobre la necesidad de protegernos a nosotros mismos y a nuestras comunidades.
A través del celular accedemos a un entorno de decisión siempre disponible en el que la oferta (a veces completamente espontánea) no es simplemente la tradicional función entre las variables precio y cantidad, sino también jerarquización de alternativas, calificación reputacional y simplificación transaccional. Nuestras decisiones y elecciones son datos que permiten que los algoritmos se nutran y funcionen cada vez mejor, para “leernos” de manera más certera.
En síntesis, todo cambia. Y bienvenido el progreso. Sólo que debemos ser conscientes, y alertar desde la más tierna infancia, de todo lo que implica un sistema en el que cada cosa que hacemos o dejamos de hacer, que miramos, buscamos o ignoramos, es un insumo que es procesado y monetizado por otros. Que la publicidad se ha vuelto sutil, tomando la forma de personas que, mientras hablan de los avatares (reales o no) de su vida, “influencian” acerca de productos y servicios cobrando por ello. No es criticable, simplemente no debe ser confundido con un consejo de amigo. Y sepamos que, en la medida en que deleguemos paulatinamente más funciones cognitivas en el celular, menos autónomos seremos. Como una vez me dijo un colega: “Desde que el teléfono perdió el cable, cada vez me siento más atado…”.
La autora es doctora en Economía
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