Sin estrella. La historia del deslumbrante futbolista que se gambeteó a sí mismo
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El pequeño René se pasaba horas pateando la pelota contra un paredón, mientras gambeteaba la pobreza junto con su familia en una villa del Bajo Belgrano. René no es otro que el "Hueso" o el "Loco" Houseman, el electrizante futbolista que años después se ganó un lugar entre los cinco mejores punteros derechos que dio el fútbol argentino en su historia, pero que dejó apagar su estrella demasiado pronto.
René Orlando Houseman, tal su nombre completo, nació el 19 de julio de 1953, en La Banda, Santiago del Estero, pero cuando tenía cuatro años se mudó con sus padres y sus cuatro hermanos a la Capital Federal. Allí fue cuando empezó a levantarse a las seis de la mañana para pegarle con las dos piernas a la redonda y, ya un poco más grande, para recorrer las calles de tierra de su barrio en busca de un "picado" donde poder entreverarse.
El fútbol y el barrio fueron dos cosas que René llevó siempre en su corazón. Ambos se cruzaron siempre, como aquellas veces en las que, ya jugador de Primera División, lo tenían que ir a buscar de su club porque él se entretenía con sus amigos en esos potreros de la villa donde se había forjado como jugador.

Según cuenta su hijo, Diego Houseman, el "Hueso" hizo infantiles en Excursionistas hasta que, no se sabe por qué, un día dejó de ir y recién a los 16 se fue a probar a la contra: Defensores de Belgrano. Lo ficharon en el acto, al año ya jugó en Primera y ayudó a lograr el ascenso en 1972. Es ahí cuando lo vieron desde el equipo que lo catapultaría a lo más alto: el Club Atlético Huracán.
El Globo compró su pase en 1973 y René fue la figura explosiva en uno de los campeones más recordados del fútbol argentino: el Huracán del 73, que ganaba, goleaba y gustaba, y era dirigido por un tal César Luis Menotti, a quien el "Loco" siempre llamaría "mi papá".
Después de ganar el campeonato con El Globo, recuerda Diego, le llegó todo el combo: reconocimiento, fama, dinero y convocatoria para el Mundial 74 en Alemania, donde, pese al mal desempeño del seleccionado nacional, él sobresalió por su habilidad y quedó inmortalizado con el gol que le convirtió a Italia, entrando por izquierda y suspendido en el aire.

Su nivel era tan superlativo que se le perdonaba todo: que no se cuidara, que entrenara poco, que se escapara de las concentraciones y, sobre todo, que se entregara a la bebida, una adicción que arrastraba desde hacía años. "El día de mi bautismo, un domingo de 1975, llegó al partido contra River medio borracho, lo pusieron igual porque era un crack y así en curda y todo le metió un golazo a Fillol", cuenta su hijo.
Ese gol, que ningún hincha de Huracán se olvidará jamás, marcó el empate 1 a 1, en el Tomás Adolfo Ducó, cuando faltaban cuatro minutos para terminar el partido. Ese gol, que terminó festejando en el piso con una risa interminable, se lo convirtió nada menos que al que sería elegido el mejor arquero del campeonato.
Sin rumbo
Pero su adicción a la bebida lo seguiría persiguiendo. Años después, tras jugar unos pocos meses en Sudáfrica, el "Loco" se ufanaría de haber aprendido a decir solo tres cosas en inglés: one wine, one beer and one scotch (un vino, una cerveza y un whisky). Pero adentro de la cancha Houseman era de otro planeta: tenía una velocidad fulminante, una gambeta endiablada y un disparo preciso con las dos piernas. Su sello distintivo era el doble caño: pasaba la pelota por entre las piernas del defensor y, una vez que lo superaba, lo hacía de nuevo, pero para el otro lado.
Diego Houseman recuerda que siendo ya un exfutbolista su padre le hizo 34 caños a un defensor. "Lo más cómico es que ese defensor igual estaba contento, porque decía que había sido el que más caños le había podido frustrar. En ese partido, mi papá le había tirado más de 50", relata.
A nadie extrañó que ese loco lindo que mareaba a los defensores, con desbordes, gambetas y caños, fuera convocado para integrar la selección argentina en el Mundial 78. Así fue como, con el nueve en la espalda y bajo la batuta de su papá Menotti, el "Hueso" fue campeón del mundo, junto a Mario Kempes, Daniel Passarella, Daniel Bertoni y compañía.
La joya más buscada
Dicen los que saben que está entre los mejores punteros derechos que dio el fútbol argentino. En un momento, los clubes se mataban por tenerlo: lo querían Boca y River, pero también lo pedían los grandes equipos de Europa. Era la joya que garantizaba goles y espectáculo, con el mismo desparpajo con el que jugaba con sus amigos del barrio.
Aquel chico que se pasaba horas pateando solo contra un paredón era ahora una estrella del fútbol, su pase valía millones de dólares y su proyección no tenía techo. Estaba en su mejor momento. Tocando el Cielo con las manos. Pero... siempre hay un "pincelazo" que lo arruina todo.
Después del Mundial 78, sus excesos con la bebida y el cigarrillo, empezaron a pasarle factura y poco a poco su rendimiento decayó. Nunca más fue el de sus comienzos y, un poco por eso y otro poco porque él decía que iba a extrañar, jamás se concretó su pase a Europa, que habría sido su boleto de salvación.
Ya con un nivel muy bajo para lo que se esperaba de él, llegó a River en 1981, pero su paso por ahí no fue bueno ni para él ni para el club, por lo que pronto se marchó. Se fue apagando en Colo Colo de Chile y en un fugaz paso por Independiente, hasta que jugó su último partido en Excursionistas, club del que era hincha, en 1985.

Los compañeros que jugaron con él en el recordado Huracán del 73, dicen que René tenía potencial para haber llegado más lejos, para haber logrado un mayor éxito y, también, para haber embolsado un buen dinero. A él, en cambio, nunca le preocupó eso: siempre dijo que era feliz con tener una casa, una familia y muchos amigos.
Su hijo cuenta que un amigo de la infancia le decía siempre a René: "Tené cuidado con los amigos del campeón, porque son buitres que lo único que quieren es comerte la billetera". A lo que el "Hueso" le respondía: "¿Y qué me van a sacar? Me van a a dejar en el mismo lugar de donde vengo, no más de ahí".
Luego de varias caídas, sustos y complicaciones por culpa del alcohol, logró dejar la bebida. Pero en 2017 se le diagnosticó un cáncer en la lengua y murió el 22 de marzo de 2018. Se terminó así, a los 64 años, la vida de uno de los más deslumbrantes delanteros que dio el fútbol argentino en toda su historia.
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