De Estado benefactor a Estado innovador

Dani Rodrik
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25 de enero de 2015  

Un espectro está acechando a la economía mundial -el de la tecnología que mata el empleo-. La manera en que se enfrente este desafío determinará el destino de las economías de mercado y las políticas democráticas del mundo, de la misma manera que la respuesta de Europa al ascenso del movimiento socialista a fines del siglo XIX y principios del siglo XX dio forma al curso de la historia subsiguiente.

Cuando la nueva clase trabajadora industrial comenzó a organizarse, los gobiernos apaciguaron la amenaza de la revolución desde abajo que Karl Marx había vaticinado expandiendo los derechos políticos y sociales, regulando los mercados, erigiendo un estado benefactor que proveyera amplias concesiones y seguro social y aliviando los altibajos de la macroeconomía. En efecto, reinventaron el capitalismo para hacerlo más inclusivo y darles a los trabajadores una participación en el sistema.

Las revoluciones tecnológicas de hoy exigen una reinvención igualmente integral. Los potenciales beneficios de los descubrimientos y las nuevas aplicaciones en la robótica, la biotecnología, las tecnologías digitales y otras áreas nos rodean y son fáciles de ver. Por cierto, muchos creen que la economía mundial puede estar en el umbral de otra explosión de nuevas tecnologías.

El problema es que la mayor parte de estas nuevas tecnologías trae aparejado un ahorro de mano de obra. Conllevan la sustitución de trabajadores con una calificación baja o mediana por máquinas operadas por una cantidad menor de trabajadores altamente calificados. Un mundo en el que robots y máquinas hagan el trabajo de los seres humanos no tiene por qué ser un mundo con un alto nivel de desempleo. Pero ciertamente es un mundo en el que una parte importante de las alzas de la productividad queda en manos de los dueños de las nuevas tecnologías y las máquinas que las encarnan. El grueso de la fuerza laboral está condenado al desempleo o a salarios bajos.

Todo indica que esta tendencia probablemente continuará, produciendo niveles sin precedentes de desigualdad y la amenaza de un conflicto social y político generalizado. No tiene por qué ser así. Con una dosis de pensamiento positivo y de ingeniería institucional, podemos salvar al capitalismo de sí mismo -una vez más-. La clave es reconocer que las nuevas tecnologías disruptivas producen grandes beneficios sociales y, simultáneamente, pérdidas privadas. Estas ganancias y pérdidas se pueden reconfigurar de manera que todos resulten beneficiados. De la misma manera que con la anterior reinvención del capitalismo, el Estado debe desempeñar un papel importante.

Consideremos cómo se desarrollan las nuevas tecnologías. Cada potencial innovador enfrenta una gran ventaja, pero también un alto grado de riesgo. Si la innovación es exitosa, su pionero obtiene un gran beneficio, al igual que la sociedad en general. Pero si no lo es, el innovador es desafortunado.

Estos riesgos son especialmente altos en los albores de una nueva era de innovación. Así las cosas, alcanzar el nivel socialmente deseable de esfuerzo innovador requiere de emprendedores osados o una cuota suficiente de capital de riesgo. Los mercados financieros en las economías avanzadas ofrecen capital de riesgo a través de diferentes tipos de acuerdos. Pero no hay ninguna razón por la cual el Estado no debería desempeñar este rol en una escala mucho mayor.

Imaginemos que un gobierno estableciera una cantidad de fondos de riesgo públicos gestionados profesionalmente, que asumieran participaciones de capital en un corte transversal de nuevas tecnologías, recaudando los fondos necesarios mediante la emisión de bonos en los mercados financieros. Estos fondos operarían sobre la base de principios de mercado y tendrían que ofrecer un reporte periódico a las autoridades políticas, pero fuera de eso serían autónomos.

Diseñar las instituciones correctas para el capital de riesgo público puede ser difícil. Pero los bancos centrales ofrecen un modelo de cómo esos fondos podrían operar con independencia de la presión política cotidiana. La sociedad, a través de su agente -el gobierno- entonces terminaría siendo el copropietario de la nueva generación de tecnologías y máquinas.

El porcentaje de las ganancias de los fondos de riesgo públicos obtenido a partir de la comercialización de nuevas tecnologías sería devuelto a los ciudadanos comunes traducido en un dividendo por "innovación social". También permitiría reducir las horas de trabajo. El Estado benefactor fue la innovación que democratizó -y, por ende, estabilizó- al capitalismo en el siglo XX. El siglo XXI requiere un cambio análogo hacia el "Estado innovador". El talón de Aquiles del Estado benefactor era que exigía un alto nivel de impuestos sin estimular una inversión compensatoria en capacidad innovadora. Un Estado innovador, establecido según los lineamientos planteados más arriba, reconciliaría el capital con los incentivos que exige esa inversión.

El autor es profesor de Ciencias Socialesen Princeton, Nueva Jersey

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