¿Sirve dar pequeños pasos en la dirección correcta? ¿O puede ser peor que no hacer nada?

Crédito: Luis Agote
Sebastián Campanario
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3 de noviembre de 2019  

El científico de datos y tecnólogo Marcelo Rinesi inventó una regla que sirve para una multiplicidad de dimensiones: desde el cambio climático hasta hacer ejercicio, pasando por el gradualismo en las políticas públicas, las dietas o la discusión por las "micro-intervenciones" en materia de pobreza, tema que estuvo en el eje del último premio Nobel de Economía y que se analizó en esta columna la semana pasada.

Rinesi cree que dar "pequeños pasos" en la dirección correcta es peores que no dar ningún paso en absoluto. ¿Cuál es la lógica de este razonamiento? Que tenemos (a nivel individual y social) un presupuesto muy limitado (en plata, en tiempo, en energía, en fuerza de voluntad) para "gastar" en intentos de cambio. Entonces, mejor elegir los tiros que valen la pena para un cambio sistémico. Todo lo demás implica seguir corriendo a los problemas desde atrás.

Rinesi es un especialista en detectar "meta-tendencias" en la discusión sobre el futuro. El concepto del primer párrafo se relaciona con otro fenómeno que está observando: "Que problemas que anticipábamos para un futuro relativamente lejano ya están empezando a afectarnos (y se están anticipando, respecto de lo pensado, los impactos más fuertes), mientras que las herramientas con las que suponíamos poder enfrentarlos todavía no están", explica a LA NACION.

El caso paradigmático en urgencia y escala es el cambio climático: ya estamos empezando a lidiar con los primeros efectos directos (huracanes más frecuentes y dañinos, extremos de frío y calor peores y más frecuentes, más y peores incendios), mientras que la escala y la velocidad de la de-carbonificación de la economía mundial van tan por detrás de lo mínimo necesario para prevenir problemas enormes en las próximas décadas, que es el equivalente a seguir fumando dos paquetes al día pero empezar a comer ensalada los lunes".

Rinesi habla del drama de los cambios que son "lentos y rápidos al mismo tiempo", como la crisis climática o la transformación de la pirámide demográfica (envejecimiento de la población): son demasiado lentos como para generar incentivos políticos para un ataque a fondo, pero demasiado rápidos como para poder resolverlos si se sigue con esta inercia. "El problema no es tecnológico en el sentido de que nos falta la tecnología necesaria; de hecho, la tecnología en paneles solares, baterías, etcétera, ha avanzado mucho más rápido de lo esperado. El problema pasa por la escala necesaria y la rapidez de su aplicación y, en última instancia, por la falta de consenso político. La transición a una economía neutral en carbono no es algo que pueda hacerse con una suma de pequeños cambios de comportamiento de consumo. No estamos diezmando la habitabilidad humana del planeta con el uso de bolsas no reciclables, sino con la infraestructura completa de generación de energía, transporte, industria, y agricultura. Estamos hablando de décadas de inversiones masivas. No 'masivas' al estilo 'últimos meses antes de una elección'. Masivas al estilo Segunda Guerra Mundial", explica.

Esta dinámica de futuro excede al cambio climático: el mismo patrón se advierte en cuestiones como la inteligencia artificial, la medicina avanzada o los métodos eficientes de gerenciamiento privado y público. Muchas cosas ocurren antes de lo que se esperaba. "Lo que parece que falta es el contexto social, político, institucional, y hasta cultural para su aplicación intensiva para objetivos sociales positivos. En general, estamos muy por detrás de lo que podríamos y el cuello de botella no es el capital financiero o tecnológico, sino el institucional", agrega Rinesi.

Días atrás se realizó en Tecnópolis la versión 2019 de TEDxRiodelaPlata, que convocó a unas 20.000 personas. El líder del equipo organizador, Gerry Garbulsky, vio en los últimos meses decenas de charlas TED de todo el mundo, como parte del armado del evento local. El principal punto en común de este tipo de conversaciones para 2019 es lo que Garbulsky bautizó como un "pesimismo fractal" (un tono que lo cubre todo y a diferentes escalas). "Aparecen en las charlas algunas soluciones interesantes, pero parecen ser gotas de agua en el océano de problemas que se describen", dice Garbulsky.

En el mismo ámbito donde expuso su visión Rinesi (el Instituto Baikal), habló dos meses atrás el fundador y dueño de Satellogic, Emiliano Kargieman. Él llamó la atención sobre dos fenómenos recientes que alientan la visión del pesimismo fractal. Uno es la proliferación de decisiones de líderes globales y multimillonarios que hablan de escenarios en los que no llegan a salvarse todos: refugios de magnates en zonas menos expuestas al cambio climático; el intento de Donald Trump de comprar Groenlandia, etcétera. El otro es su convicción de que la inteligencia artificial no va a hacer que el consumo sea más eficiente (y sustentable, como los tecno-utópicos sueñan), sino todo lo contrario: va a intensificar la tendencia natural al consumo. Para Kargieman el cambio climático no es el problema de raíz, sino un síntoma de algo más profundo de nuestra condición humana.

En Esto va a cambiarlo todo, una compilación de más de 125 ensayos que publicó el editor de Edge John Brockman en 2012 (y que tiene una increíble actualidad), pensadores como Richard Dawkins, Freeman Dyson o Steven Pinker especulan sobre un único evento con el potencial de cambiar por completo la historia de la humanidad en el corto o mediano plazo.

Entre los ensayistas invitados a aportar al libro estaba el artista, músico y compositor Brian Eno, quien produjo además discos de U2, Talking Heads y Coldplay. La respuesta de Eno a "¿qué lo cambiará todo?" fue "la sensación de que las cosas empeorarán". "Lo que lo cambiará todo no es un pensamiento, sino un sentimiento", arriesgó el músico y productor.

Para Eno, "el desarrollo de la humanidad hasta ahora fue motorizado por la idea de que las cosas, con una probabilidad alta, serán mejores en el futuro. En un momento el mundo era rico en relación a su cantidad de población, había nuevas tierras por conquistar, nuevos pensamientos para descubrir y nuevos recursos para aprovechar. Las grandes migraciones de la historia se concretaron a partir de la proyección de que existía un mejor lugar. ¿Pero qué pasaría si este sentimiento cambia?".

¿Qué pasaría -se pregunta Eno-, si comenzáramos a vivir como si no hubiera un "largo plazo", como si en lugar de sentirnos parados en el borde de un continente nuevo e inexplorado nos sintiéramos, en cambio, en un bote con gente de más, en aguas hostiles, con pasajeros peleando por mantenerse a bordo y dispuestos a matarse por el agua y la comida que queda?

¿Hay alguna parte del vaso medio llena en toda esta historia? Una podría ser el sesgo de occidente que hay en esta conversación: el pensamiento que consumimos es de Estados Unidos, Europa, América Latina, con economías estancadas o serios problemas de desigualdad. China, Asia en general, la India o África, con economías más dinámicas, tienen otro sentimiento prevalente. El otro indicador que podría considerarse como alentador es que finalmente hay conciencia generalizada sobre la gravedad de los problemas que se enfrentan (primera condición para tener chances de resolverlos). Como sostiene un estudio de matemática y teoría de los juegos comentado tiempo atrás en esta columna, tal vez algunas cosas deban tocar fondo para empezar a mejorar y romper con la inconsistencia intertemporal (los problemas lentos y rápidos a la vez) sobre la que advierte Rinesi.

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