Tras los objetivos del desarrollo del milenio

Dani Rodrik
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16 de septiembre de 2012  

CAMBRIDGE.– En 2000, 189 países adoptaron la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas, más tarde elaborada en la forma de un conjunto de propósitos concretos llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Se espera que para fines de 2015 se cumplan estos ambiciosos propósitos, que incluyen, por ejemplo: reducir la pobreza extrema a la mitad y la mortalidad materna en tres cuartas partes; que todos los niños terminen la escuela primaria o detener la propagación del sida. La fecha se acerca, y los expertos se siguen haciendo otra pregunta: ¿qué hacer después?

Aunque es casi seguro que al terminar 2015 muchos de los ODM no se habrán alcanzado, hubo avances espectaculares. Es probable que la meta de reducir a la mitad la pobreza extrema (cantidad de personas que viven con menos de US$ 1,25 al día) se alcance antes de lo planeado, en gran medida gracias al crecimiento de China.

Los ODM fueron un éxito de relaciones públicas (sin pretender con esta afirmación subestimar su contribución). Sirvieron para crear conciencia, llamar la atención y mover a la acción, todo ello en pos de una buena causa. Intensificaron el diálogo internacional sobre el desarrollo y definieron sus términos, y hay elementos para probar que lograron que los países avanzados prestaran más atención a las naciones pobres.

En la práctica, es posible que el efecto más evidente de los ODM haya sido sobre los flujos de ayuda económica desde los países ricos a los pobres. Un estudio de Charles Kenny y Andy Sumner para el Centro para el Desarrollo Global, con sede en Washington indica que los ODM no sólo incentivaron las ayudas, sino que también las redirigieron hacia países más pequeños y más pobres y hacia áreas bien definidas, como la educación y la salud pública.

Los ODM abarcan ocho objetivos, 21 metas y 60 indicadores. El uso de metas e indicadores numéricos atrajo muchas críticas, ya que en opinión de los escépticos, están mal especificados, mal medidos y distraen la atención. Pero los críticos se olvidan de algo: cualquier iniciativa que pretenda ser concreta debe incluir alguna forma de seguimiento de los resultados, y la mejor manera de hacerlo es establecer metas numéricas claras.

Aun así, los ODM arrastran una contradicción. La Declaración del Milenio quiso ser un pacto entre países ricos y pobres. Estos se comprometían a reorientar sus iniciativas de desarrollo; los ricos, a darles apoyo financiero y tecnológico y abrirles el acceso a sus mercados. Pero de los ocho objetivos, sólo el último habla de fomentar una "alianza mundial". En este apartado, los ODM no incluyen metas numéricas respecto de los programas de ayuda financiera ni de ningún otro aspecto de la asistencia provista por los países ricos, lo que marca un claro contraste con las muy concretas metas de reducción de la pobreza fijadas para los países en desarrollo.

Cierto es que a menudo, los gobiernos de los países ricos persiguen otros objetivos, sea por razones políticas o militares. Pero pensar que para convencerlos de cambiar basta con emitir declaraciones internacionales sin mecanismos vinculantes es pura ilusión. Otro problema es que los ODM dan por sentado que se sabe cómo alcanzar el desarrollo y que sólo faltan recursos y voluntad política. Pero es dudoso que hasta los responsables de formulación de políticas mejor intencionados sepan cómo hacer para aumentar las tasas de finalización de la escuela secundaria en forma sostenible o reducir la mortalidad materna, por caso.

Es necesaria una reorientación para la próxima etapa. En primer lugar, se necesita otro pacto global que preste atención a las responsabilidades de los países ricos. En segundo lugar, debería hacer hincapié en otras políticas que incidan tanto o más, sobre las perspectivas de desarrollo de los países pobres. Se podría incluir: impuestos a las emisiones de dióxido de carbono y otras medidas para mitigar el cambio climático; visas de trabajo para permitir mayores flujos migratorios; controles a la venta de armas a países en desarrollo; reducción del apoyo a regímenes represivos y mejor intercambio de información financiera para reducir el lavado de dinero y la evasión.

La mayoría de estas medidas apuntan en realidad a reducir daños que, en cualquier caso, son consecuencia de las acciones de los países ricos. El principio de "no dañar" es tan válido aquí como en medicina.

Lograr esta reorientación no será fácil: es seguro que los países avanzados se resistirán a asumir más compromisos. Ya que la comunidad internacional va a invertir en una nueva supercampaña de relaciones públicas, ¿por qué no concentrarnos en las áreas con mejor rédito potencial?

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