
Una incógnita que se devela
Nacida en Luján y criada en Carlos Casares, la ministra de Economía es la primera mujer en acceder al cargo con mayor presión en todo el gabinete; fiel al Presidente, su estilo es amable y conciliador
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"Aspiro a ser una economista del campo nacional y popular." Con esta definición atípica para un banquero se presentó Felisa Miceli cuando estrenaba su cargo como presidenta del Banco Nación.
Con un perfil sorprendentemente bajo, llegó a ser la primera mujer en ocupar ese puesto. Ahora que dio otro gran paso para ocupar el sillón del Ministerio de Economía, ya no podrá pasar inadvertida. ¿Quién es esta mujer?
Felisa Josefina Miceli nació el 26 de septiembre de 1953 en Luján, aunque en su memoria siempre será una muchacha de Carlos Casares, el pueblo donde pasó su adolescencia. Cursó la escuela primaria en Suipacha, donde también vivían sus abuelos, y al promediar 1966 llegó a Carlos Casares con su familia para comenzar el primer año de la escuela secundaria.
Los Miceli eran siete. Su madre se llama Delia y fue modista; su padre, Rubén, ya fallecido, trabajaba en una firma consignataria de hacienda. Felisa es la mayor y tiene cuatro hermanos: María Delia (empleada), Adriana (arquitecta), Horacio (contador) y Rubén (empleado).
Felisa Josefina heredó sus nombres de sus dos abuelas y, de su padre, el apodo. El era el "Flaco" Miceli y ella es para todos, en Carlos Casares, la "Flaca". De carácter alegre y muy sociable, se integró rápidamente a sus compañeros del Colegio Nacional y se puso al día con las materias.
Susana Sigwald, su profesora de Historia y fundadora y directora de la Biblioteca Popular José Ingenieros, recuerda que Miceli estuvo entre los primeros socios de la institución casarense ya que era una gran lectora. "Contextualizaba muy bien la información; fue escolta y era muy responsable", dice.
En Carlos Casares, todos hablan de los Miceli y pronuncian el apellido con ce; nadie los llama "Micheli", como se la nombra en los noticieros. Del pueblo la ministra se llevó una leve tonada que se le escapa al hablar a veces, cuando está más relajada.
Cuando asumió como presidenta del Banco Nación, admitió ante LA NACION que los años más felices para ella fueron los que pasó en Casares, donde dejó muchos amigos con quienes se mantiene en contacto con frecuencia (ver página 4).
La última reunión con varios de ellos fue hace una semana, cuando Miceli ya sabía que sería ministra de Economía, pero no podía contárselo a nadie.
En 1970 egresó del colegio secundario y dejó el pueblo. Viajó a Buenos Aires, donde se hospedó con familiares, mientras comenzaba a estudiar en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Poco tiempo después su familia dejó Carlos Casares para mudarse también a Buenos Aires en busca de oportunidades laborales.
En la universidad la recuerdan como una estudiante normal, amante de los grupos e interesada en la política, militante de izquierda aunque sin hacer grandes discursos y admiradora de Ernesto “Che” Guevara. “La vi siempre interesada por los demás, en una ocasión recuerdo que participó de la firma de una solicitada reclamando la liberación de un compañero muy querido por todos, que había sido detenido”, recuerda un compañero de esos años.
El ex ministro Roberto Lavagna fue su profesor en la universidad y se hicieron amigos. Años más tarde trabajarían juntos en el Instituto para el Desarrollo Económico y Social (IDES) y, en los 90, él la contrataría en Ecolatina, su consultora económica.
Recibió su título de licenciada en economía a los 22 años y a los 26 se casó con un psicólogo llamado José Luis.
“Era increíble la pinta que tenía José Luis; era alto, morocho, de ojos claros, parecía un actor italiano”, recuerda un compañero de facultad que también compartió asados veraniegos con ellos.
Con su marido tuvo tres hijos: Hernán, Javier y Gabriela, que hoy son estudiantes de la UBA en las carreras de actuario, filosofía e ingeniería.
Profesional independiente durante muchos años y mujer de clase media, Miceli se acostumbró a llevar su casa ejerciendo las tareas típicas de un hogar porteño. “Sabe manejar y cocinar. Es una típica madre”, grafican en su entorno.
Su primer trabajo fue técnico en el Ministerio de Economía, en la Dirección Nacional de Presupuestos Provinciales, donde ingresó a mediados de los 70 y se quedó varios años. Allí hizo su primera experiencia de campo con los números y conoció varias provincias en las que auditaba las cuentas. Muchos de sus viajes los compartió con el senador electo por Recrear, Ricardo López Murphy. Sobre su ex compañera en la Secretaría de Hacienda, López Murphy comenta: “Fue hace 30 años, ella se ocupaba de los ajustes fiscales y yo de aumentar los impuestos”.
“Era una chica muy seria y responsable, que aprendió rápidamente”, recuerda uno de sus jefes. “En los puestos en los que estuvo aprendió mucho, porque estaban muy vinculados con la cuestión técnica”, explica otra fuente que trabajó en Hacienda en aquellos años.
Con la vuelta de la democracia y hasta fines de 1987 fue directora del Banco Provincia. Allí la llevó el economista Aldo Ferrer, que había sido su profesor en la universidad.
“Era simpática, tranqui, y no puedo decir mucho más porque la verdad, lo que hacemos los directores de banco no queda para la historia”, cuenta un ex integrante del directorio que compartió espacios con Miceli.
Ya divorciada, a fines de los 90 reencontró a Ricardo “Pacha” Velasco, a quien conocía desde los 70, cuando él militaba en la Juventud Universitaria Peronista, y formó pareja con él. Por esos años comenzó su amistad con Ricardo Lospinnato, el flamante presidente del Banco Nación, que ya era amigo de Velasco. Con él y otras parejas continuó con la tradición que se había arraigado en ella en su adolescencia: la de armar vacaciones comunitarias. Casi todos los años Miceli, su pareja y al menos una decena de amigos alquilan juntos una quinta con pileta en la zona norte –en una época, con su primer marido eligieron Del Viso y, últimamente, Los Cardales– para pasar los veranos.
En los 90 también se vinculó con la cordobesa Estela Palomeque, que la acompañó al Banco Nación y que ahora la sigue al Palacio de Hacienda en el cargo de secretaria legal y administrativa. Palomeque fue socia de Miceli como consultora económica.
Juntas trabajaron para gobiernos provinciales y nacionales y obtuvieron un contrato de asesoría con el Banco Mundial.
En sus días casarenses, Miceli escuchaba música internacional, incluyendo a los Beatles y a Credence Clearwater Revival. Hoy elige a Silvio Rodríguez, León Gieco y Mercedes Sosa. También disfruta de la música brasileña: su preferido es uno de los CD que grabaron juntos Vinicius, Maria Bethania y Toquinho. Si de folkloristas se trata, Peteco Carabajal y Atahualpa Yupanqui encabezan su lista.
Ultimamente amplió aún más sus conocimientos y gustos musicales, acompañando a sus hijos a recitales de Los Piojos y de Divididos.
Volviendo a su carrera, a mediados de los 90 Miceli ingresó en la consultora Ecolatina y afianzó su vínculo con Roberto Lavagna, quien luego la incluiría en su equipo cuando fue designado ministro de Economía de Eduardo Duhalde. Entonces era representante del Ministerio de Economía ante el Banco Central.
A fines de 2001 participó de las asambleas barriales que se realizaban en las plazas. Y también se unió a la actividad solidaria que realizaba su pareja en un comedor de Tigre.
Hay lugar para otros intereses en la vida de Miceli. Las veladas artísticas de Gallery Nights, por ejemplo, la contaron entre su multitudinaria asistencia, al igual que varios conciertos del Teatro Colón, de los que suele disfrutar.
Como su padre, es hincha de Racing y en materia de deportes, si bien no disfruta especialmente de la actividad física, hace gimnasia en su casa un par de veces por semana.
En el Nación
También estuvo de la mano de Lavagna cuando dio su primer gran paso al entrar al Banco Nación como la primera mujer presidenta de la entidad, en junio de 2003. En ese momento disparó una de sus recordadas frases –que atrajo especialmente la atención del Presidente– en las que aseguraba que el Nación dejaría de ser el socio bobo, primero en la fila para prestar dinero y último para cobrar sus acreencias. En su paso por la entidad, signada por las dificultades para el crédito, logró revertir los números rojos de los balances.
También allí comenzó a desplegar sus contactos políticos personales y, lentamente, a apartarse de la sombra de Lavagna.
Gracias a las vinculaciones de su pareja, comenzó a acercarse al ministro de Planificación, Julio De Vido, y a participar de las informales reuniones semanales que éste organizaba con varios funcionarios en las que se discutía de política y se hacía un seguimiento fino de la economía.
También se ganó la confianza del habitualmente reticente Néstor Kirchner. Fuentes cercanas de la ministra dicen que la sintonía fue posible gracias a la flexibilidad de Miceli, siempre dispuesta a escuchar y a proponer varias alternativas para solucionar cada problema.
Cuentan que ella se reunía al menos una vez por semana a solas con Kirchner y que ese hecho habría despertado los celos de algunos funcionarios que aspiran a ingresar al casi blindado círculo íntimo de jefe de Estado.
“Yo estoy para trabajar en su proyecto, Presidente”, dicen que fueron sus palabras al aceptar el cargo de ministra de Economía. Después, se despediría de los empleados del Nación con algunas lágrimas, las únicas que se permitió en público.
Con la colaboración de Diego Cabot






