
Viajes en el tiempo, fotos desde el espacio y otras cuestiones económicas
"Houston, tenemos un problema", dijo el 13 de abril de 1970 el astronauta Jack Swigert, tripulante del Apolo 13, inmediatamente después de ver una luz de advertencia que siguió a un estallido en su nave. 44 años más tarde, también desde el espacio exterior, un economista no convencional podría asegurar lo contrario: "Houston: tenemos una solución". En este caso, para un problema de medición de producto y pobreza desde las cuentas nacionales que tiene encandilados (literalmente, por las luces de la tierra) a un grupo de académicos acostumbrados a lidiar con metodologías "fuera de la caja" del herramental económico tradicional.
La idea de utilizar fotos satelitales nocturnas de la Tierra desde el espacio para realizar mediciones económicas surgió, en realidad, hace cinco años, con un trabajo pionero de los economistas Vernon Henderson, Adam Storeygard y David Weil, y al año siguiente la línea de análisis fue retomada por William Nordhaus y Xi Chen en "El valor de los datos de luminosidad como un aproximador de estadísticas económicas".
Las investigaciones eran raras desde el vamos: en lugar de ecuaciones, en los estudios abundaban las fotos de superficies terrestres con varios nodos de luz (las ciudades a la noche) que, según los autores, resultan un muy buen estimador del PBI de los países desarrollados, y por lo tanto se pueden utilizar para medir el valor de economías más pobres, donde las oficinas de estadísticas son menos sofisticadas, como sucede por ejemplo en las naciones del África subsahariana.
La metodología no está exenta de críticas. Por ejemplo, hay economías que por su estructura tienen energía más barata, o cuyas poblaciones pueden ser más propensas a encender las luces de noche. Para "limpiar" estos sesgos culturales y diferencias de matriz energética, los economistas sugirieron enfocarse en las tasas de aumento de la iluminación nocturna como un "proxi" muy eficiente de las variaciones del PBI, más que en sus valores absolutos. La base de datos es muy grande: hay fotos de luminosidad en todo el planeta con un nivel de detalle de un kilómetro cuadrado para todos los días desde 1992, a las que se puede acceder fácilmente.
El mes pasado, los economistas Maxim Pinkovskiy y Xavier Sala-i-Martin (ex directivo del Barcelona FC) aplicaron esta metodología para resolver una discusión que se viene dando entre quienes se dedican al análisis de la pobreza. El dilema es el siguiente: un grupo de académicos (entre ellos, los del Banco Mundial) sostiene que la pobreza en el mundo alcanza a un cuarto de la población, que vive con menos de 1,25 dólares por día.
Esta visión se basa en encuestas de ingreso, más que en las cuentas nacionales de los países, que por lo general arrojan conclusiones de pobreza menos graves. Pinkovskiy y Sala-i-Martín se dieron cuenta de que podían usar las fotos nocturnas como "árbitro" para dirimir la discusión, dado que son datos independientes, que no están relacionados con los errores de medición que se cometen en la Tierra.
El foco sobre la pobreza
¿Cuál fue el resultado? Los economistas argumentan que "se hizo la luz" sobre la conclusión que defienden quienes utilizan las cuentas nacionales: que los niveles de pobreza no son tan altos como asegura el Banco Mundial. Toman el ejemplo de Angola, que entre 2000 y 2009 registró una baja del 5% en ingresos según las encuestas de esta variable, al mismo tiempo que creció el PBI: en 2009 se notaron más luces desde el espacio. Una historia similar sucedió en la India. En contraste, en Zimbabwe, en el mismo período, cayó la luminosidad, lo cual reflejó los efectos desastrosos de la política hiperinflacionaria del dictador Robert Mugabe. "Creemos que las cuentas nacionales hacen un trabajo para estimar la pobreza que las encuestas de ingreso", concluyeron los académicos.
Este tipo de mediciones alternativas surgen en momentos en el que la validez de las estadísticas económicas está siendo cuestionada en todo el mundo. El ataque proviene de varios frentes. Entre los nuevos obstáculos están el mayor peso de los servicios (que son más difíciles de medir) por sobre los productos, el avance de Internet y del comercio electrónico, y la liberalización del comercio entre países que se manejan con criterios heterogéneos para los cálculos.
Por alguna extraña razón, el espacio exterior y la ciencia ficción tienen puntos de contacto con los economistas. El más famoso de los trabajos sobre este tema fue escrito en 1978 por el Nobel Paul Krugman, un fanático del género que comenzó a estudiar economía influenciado por los trabajos de Isaac Asimov y su saga "La Fundación". En 1978, Krugman era un asistente de cátedra en Yale, pero empezaba a hacerse notar con sus trabajos sobre comercio internacional. "La teoría del comercio interestelar" es el título de un breve ensayo de julio de ese año, en el que se preguntaba cómo deberían computarse las tasas de interés a bienes en tránsito que viajan a una velocidad cercana a la de la luz. "Una solución se deriva de la teoría económica, y dos teoremas inútiles pero verdaderos son probados", contaba el académico.
En su informe sobre el comercio interestelar aparecen ecuaciones referidas a bienes del planeta Trantor, capital del imperio intergaláctico creado por Asimov. El estudio "va derecho al problema del comercio en distancias estelares, y deja de lado aquellas cuestiones que atañen al comercio en el sistema solar", agrega Krugman, en un guiño a un trabajo de 1978, publicado por el entonces economista del FMI y profesor de la Universidad de Michigan Jeffrey Frankel: "¿Hay comercio con otros planetas?" Frankel partía de un dato que se verifica en la realidad: cuando se suman los resultados comerciales de todos los países del planeta, el neto, que debería ser cero -lo que importa una nación lo exporta otra- tiende a ser negativo. Lo que parece un rojo comercial interplanetario se explica por problemas de estadísticas: las dificultades para contabilizar el comercio de servicios, el contrabando, la subdeclaración de exportaciones y sobredeclaración de exportaciones en países con tipo de cambio regulado, etcétera.
Lo más bizarro de este subgénero de "estudios al filo de la realidad" es una reciente investigación que utilizó análisis de datos a gran escala en redes sociales para corroborar hipótesis sobre "viajeros en el tiempo". El paper tuvo un protagonista argentino: involucró al papa Francisco, que en los últimos días cumplió un año en su cargo.
En un experimento realizado en la Universidad Michigan Tech, los físicos Robert Nemiroff y Teresa Wilson idearon una estrategia basada en la "precognición". La idea fue la siguiente: si se encontrara alguna mención en Internet a algo antes de que la gente supiera de su existencia, esto podría ser una pista de que existen los viajeros temporales. Ese "algo" debía de cumplir tres condiciones para que pudiera servir de marcador temporal: por un lado, tendría que haber recibido su nombre en el período en el que realizaron la búsqueda (entre enero de 2006 y septiembre de 2013). Además, debía ser un vocablo unívoco, que no se prestara a confusión. Y tercero, el término debía referirse a un fenómeno que siguiera siendo relevante en el futuro.
Por eso, y porque Nemiroff es el corresponsable de la web de la NASA, eligieron el descubrimiento del cometa ISON. Localizado por la International Scientific Optical Network (ISON) el 21 de septiembre de 2012, cumplía las tres condiciones. Los investigadores definieron otra pista para localizar a los viajeros temporales: el papa Francisco. El 16 de marzo del año pasado, Jorge Mario Bergoglio optó por ese nombre para iniciar su papado. Es la primera vez que un jefe de la iglesia católica se llama así, por lo que no habría problemas de confusión. Con los dos términos elegidos, los investigadores realizaron una búsqueda exhaustiva de menciones al cometa ISON y al papa Francisco antes de que ambos fueran nombrados. Los resultados fueron decepcionantes para los fanáticos de la ciencia ficción: los viajeros en el tiempo no existen. O, al menos, a este tipo de seres no les interesan las cuestiones de astronomía o eclesiásticas.




