Basta de "cháchara", gobernador

Sergio Ziliotto, gobernador de La Pampa
Sergio Ziliotto, gobernador de La Pampa
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6 de junio de 2020  • 23:19

El gobernador de La Pampa, Sergio Ziliotto, consiguió el consabido cuarto de hora de gloria publicitaria, si así pudiera llamársele, con su inesperado e inaceptable insulto a los vecinos de la ciudad de Buenos Aires en el contexto de las manifestaciones anticuarentena: "Lamentablemente -dijo-, a la Argentina que trabaja le sobran muchos porteños".

¿Qué habrá querido decir este gobernador casi desconocido en la política nacional? ¿Que los porteños son vagos? ¿Puede decir eso quien gobierna una provincia habitada por el 0,8% de la población total del país y recibe del poder central, como se le ha hecho notar, el 95% más de los recursos que por sí misma genera? ¿No es demasiado alto ese porcentaje en relación con lo percibido por participación de ingresos federales por la ciudad de Buenos Aires, a la que se le transfiere el 70 por ciento menos de lo producido por el vecindario, el comercio, los servicios y los establecimientos fabriles?

Ziliotto conoce a fondo la burocracia pampeana, en la que se ha mecido. En los casi treinta últimos años ha ocupado una sucesión de puestos provinciales ascendentes, desde el nivel de director y ministro hasta el que hoy ocupa, con excepción de un período como diputado nacional. Llegó al último cargo por declinación de Carlos Verna, líder de la línea interna en la que ha actuado por largo tiempo. Verna adujo razones de salud para que no se insistiera en su propia candidatura.

Las coincidencias del actual gobernador con el viejo caudillo han sido matizadas últimamente por las críticas de Verna a la paralización, por decisión del presidente Alberto Fernández, de las obras para la represa Portezuelo del Viento. Ziliotto no se ha atrevido a tanto frente al jefe del Estado, pero en terrenos más delicados, como el del derecho de cualquier ciudadano a ejercer la crítica contra la política oficial respecto de la pandemia, fue más lejos que otros. Eso de que "lamentablemente, a la Argentina que trabaja le sobran porteños" lo enrostró a una sociedad más habituada que otras a sacudirse de encima el pie tantas veces arbitrario de la prepotencia oficial. Ziliotto ha negado a esa sociedad el derecho de protestar por el confinamiento compulsivo al que ha sido sometida. Quienes protestan están lejos de desdeñar las precauciones básicas por la pandemia: piden libertad para caminar, para desplazarse con cautela de un lado a otro y a fin de que el retorno al trabajo evite una mayor degradación todavía del tejido social del que somos todos responsables.

Por haber sido inmediatamente posteriores a la declaración de 300 intelectuales, científicos y periodistas sobre lo que dieron en llamar"infectadura", bien o mal, pero asistidos por el derecho a la libertad de expresión, las declaraciones del gobernador tuvieron el tono de respuesta despectiva contra los firmantes de aquel documento. Ha sido curiosa esta injerencia del jefe de la administración pampeana en asuntos de relevancia nacional. Su provincia está en la fase 5 de la cuarentena, con restaurantes y bares abiertos y la actividad ordinaria recuperada en no menos de un 95 por ciento.

Es cierto que el gobernador Ziliotto no ha podido con el genio y ha advertido a los pampeanos, en lenguaje compadrón ajeno a la jerarquía de su condición de servidor de sus comprovincianos, que ante un relajamiento de la vida social provincial -relajamiento sobre cuyo grado es él quien se reserva opinar- "no tendrá contemplaciones" ni le "temblará el pulso" a la hora de aplicar sanciones o dar marcha atrás con lo resuelto. Ha usado un lenguaje demasiado vulgar incluso para políticos típicos de la escuela estatista que ha sumido a la Argentina en la decadencia antológica por la que se la conoce hoy entre la constelación de naciones. Ziliotto hasta se ha permitido días atrás afirmar que "en las malas, es al Estado al que se acude". ¿A quién, si no, gobernador?

Al Estado le compete primariamente la defensa nacional, de la que poco o nada se ha ocupado desde la instauración del kirchnerato en 2003. Al Estado le compete la Justicia, tan degradada cuando se procura sustraerle el deber de resolución de casos de corrupción sistémica en los negocios públicos. Al Estado le compete en primer lugar la atención de la salud y de la educación públicas. ¿Puede acaso decir el mandatario pampeano que, después de haber gobernado el peronismo en sus diversas y antagónicas variantes en 23 de los últimos 37 años, ambas categorías estratégicas para el bienestar y el desarrollo de la población tienen la calidad apropiada a lo que fue en tiempos ahora remotos la Argentina?

Lo que al Estado no compete si no subsidiariamente es intervenir en las actividades de cuño privado, perturbarlas en la capacidad de producir, crear e innovar con regulaciones que alteran el comportamiento del mercado interno y lesionan las posibilidades de competir de nuestros servicios, de la agricultura y la ganadería, el comercio y la industria nacional en los mercados internacionales.

Basta de "chácharas", gobernador, como decía uno de sus antecesores en el movimiento que usted integra y que ha causado excesivos padecimientos al desarrollo del país desde hace setenta años.Haga de La Pampa una provincia más próspera de lo que es y deje en paz a los porteños, en cuya casa común mucha gente cruza a diario la avenida General Paz para hallar aquí respuesta, entre otros, a problemas de la salud y la educación de los hijos. Enhorabuena que sea así, si no fuera por el atraso que campea en otras partes.

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