
Borges y nuestra construcción sobre arena
Hay efectivamente muchos argentinos que no llegan a fin de mes y esa situación es resultado de décadas de errores y dislates populistas
6 minutos de lectura'

La revista The Economist, en su edición de la semana pasada, eligió esta frase de Jorge Luis Borges como cita de la semana: “Nada está construido sobre piedra; todo está construido sobre arena, pero debemos construir como si la arena fuera piedra” (“Fragmentos de un evangelio apócrifo”, 1969).
Si bien es un pensamiento filosófico, referido a la resiliencia humana a pesar de la fugacidad de la vida, la publicación británica consideró que es aplicable a la actual coyuntura mundial de espacios fragmentados, liderazgos cuestionados, guerras impensadas, cambios demográficos y crisis humanitarias. Así y todo, los pueblos deben seguir trabajando como ayer, soslayando esas realidades para no desmayar ante las oscuras perspectivas de un futuro incierto.
La metáfora también es aplicable a nuestro país. Se debate el crecimiento desigual y, aunque las provincias de la ruta 40, las zonas agropecuarias y hasta la avenida Corrientes reflejan prosperidad, hay otra Argentina donde no se llega a fin de mes y donde muchos se angustian por sus créditos morosos.
La pregunta es si Javier Milei ha incumplido una segunda promesa a sus votantes. Si además de reducir la inflación y eliminar el déficit fiscal ha desatendido la demanda de mejorar los ingresos luego de 32 meses de gobierno. Ese interrogante, ahora central, ignora que la gestión libertaria está intentando construir con piedra sobre suelo de arena. Pues la falta de solidez del piso, indispensable para tener moneda, expandir el crédito y el consumo, no puede resolverla ningún gobierno por más libertario que sea, ya que es resultado de décadas de triturar las bases pétreas sobre las cuales se construyó la República, convirtiéndolas en arena que el viento lleva.
Lo que faltaría a su gestión es en realidad una falencia que atañe a los argentinos como pueblo responsable de su destino, como nación que ha dañado su capital social. No es débito de un programa incompleto, sino una carencia de nuestra acción colectiva. Por ello la desconfianza inversora y el rechazo a la moneda como instrumento de ahorro; por eso la cifra astronómica de fondos en el exterior y la salida persistente de dólares, aunque ingresen a raudales por exportaciones. Por ello la falta de seguridad jurídica.
Los más jóvenes, que se quejan por las altas tasas de cuotas que no pueden atender, deben saber que la ausencia de crédito abundante y barato es resultado de errores de varias generaciones. Ahora están pagando el pato de un mundo al que ingresaron sin beneficio de inventario y cuya historia quizás no conozcan bien. Nacieron en uno de los mejores lugares de la tierra para vivir y por eso es imperdonable haberlo hipotecado durante ocho décadas de dislates populistas.
Quizás Borges hubiera hecho con la serie de eventos que enumeramos a continuación una página de la Biblioteca de Alejandría, un retazo del drama argentino abandonado en los peldaños de su escalera infinita. En ausencia del autor de Ficciones, los listamos en bruto para que aquellos sepan cómo el suelo firme de la Generación del 80 se convirtió en la gravilla inestable que hoy nos dificulta construir con piedra.
En la Argentina, granero del mundo, hubo que comer pan negro en 1952; pasar el invierno en 1959; sufrir la pesificación de depósitos en 1964; el “Rodrigazo” de 1975; la “tablita” de 1978; la estatización de deuda privada en 1982; la emergencia previsional y de la obra pública en 1986; el “ahorro forzoso” en 1987; el Plan Bonex y la emergencia económica de 1989; el “impuestazo” de Machinea y la emergencia económica de De la Rúa (2000); el “corralito”, el mayor “default” de la historia y los cinco presidentes (2001); la emergencia con pesificación asimétrica, la violación de marcos regulatorios y el congelamiento de tarifas (2002). Más tarde llegarían el corte del suministro de gas a Chile (2004); la carga de 3 millones de jubilados sin aportes (2005 y 2014), la estatización o robo de las AFJP (2008); el cepo cambiario (2011), la falsificación de índices oficiales (2007-2015); la confiscación de YPF (2012); el impuesto a la riqueza que castigó a quienes “blanquearon” en 2017; la emergencia de “solidaridad social y reactivación productiva” (2019) y la explosión del gasto público hasta 50% del PBI y del empleo estatal (3 millones en las provincias). Como resultado, un déficit del 15% del PBI, presión fiscal del 40%, inflación del 211% y pobreza del 50% en 2023. Sin olvidar los controles que diezmaron la producción de alimentos, el comercio exterior y el sector energético además de la estatización de empresas privatizadas defraudando a quienes habían invertido sumas millonarias a largo plazo.
En el área minera, la ley de estabilidad fiscal (1996) fue vulnerada con retenciones arbitrarias (2002, 2007 y 2008) aunque luego declaradas inconstitucionales por la Corte Suprema (caso Cerro Vanguardia).
No hubo crecimiento entre 2011 y 2024 y ello explica el malestar actual, pues sin desarrollo no es posible mejorar el nivel de vida de nadie, aunque se invoquen derechos y se traben cautelares. La clase media, que consume servicios (domésticos, salud, educación, esparcimiento) había aprovechado la inflación para vivir por encima de su realidad, al igual que las Pymes con costos subsidiados. Ahora todos sufren el ajuste al encarecerse estos en dólares. Solo con crecimiento a través de la inversión será posible la mejoría del conjunto, aunque la convergencia se demore.
La reconversión de la arena en cimientos de piedra depende de la política y no solamente de un presidente sin apoyo legislativo y frente a múltiples grupos organizados. No se le puede reclamar por falencias causadas por décadas de desconfianza en el país. La prosperidad llegará por las exportaciones de energía, agroindustriales, mineras y de servicios. Primero a unos, luego a otros. Entre tanto, las expectativas políticas le marcarán el ritmo a la recuperación del bolsillo en las urbes pobladas.
Son los gobernadores, legisladores, intendentes, jueces, sindicalistas, dirigentes empresarios y sociales quienes pueden consensuar apoyos al cambio en curso o bien, aprovechar los dolores de la transición para frenarlos, atribuyendo al gobierno nacional la demora en la recuperación, sabiendo que el “riesgo país” refleja –como su nombre lo indica– una contingencia propia de los valores que la sociedad profesa y del prontuario resultante de sus decisiones colectivas.
En términos borgianos, debemos seguir construyendo sobre arena, aun con dificultad, pues con persistencia y cambio cultural advendrá una Nación próspera cuya base se transformará en roca, siempre que no optemos por volver al pasado.



