El papel de la ganadería en la calidad ambiental

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14 de noviembre de 2020  • 00:00

Por encima de las políticas gubernamentales que ajustan sus intereses a la interpretación y cumplimiento del Acuerdo de París sobre cambio climático, hay una conciencia mundial en marcha, con sostenido impulso juvenil, sobre la necesidad de mejorar la calidad ambiental del planeta.

Toda actividad humana, incluso la de estar leyendo esta columna en la pantalla o en el papel, tiene algún impacto ambiental. La complejidad de la evaluación de los datos científicos al respecto deja aún un amplio margen para discusiones que se van haciendo interminables.

Tomemos el caso de la contaminación del aire por la liberación del gas metano debido a las existencias de ganado bovino y la condición de animal rumiante. El tema ha sido abordado ya por la Mesa Argentina de Carne Sustentable, de la que participan productores ganaderos, la industria frigorífica y actores de la comercialización de ese bien de exportación, en el que nuestro país cumple un papel relevante. Con buen criterio, ese grupo de trabajo ha puesto especial foco en el balance de carbono. Frank Mitloehner, profesor de Calidad del Aire del Departamento de Ciencia Animal de la Universidad de California en Davis, ha hecho estudios que circulan a escala mundial, que indican que el metano es un gas de efecto invernadero cuya equivalencia con el CO2 es falsa: el metano está diez años en la atmósfera y luego se difumina. El CO2 proveniente de los diferentes fósiles-combustibles derivados del carbono puede acumularse, en cambio, en la atmósfera por siglos, por un milenio tal vez.

Esa precisión es controvertida por otros científicos, pero no en un punto esencial: el ganado participa de solo el 4% de esa polución general y las industrias en más del 80%, del cual un 40% proviene del transporte activado por el petróleo, el gas o el carbón.

Hay un carbono biogénico. Las plantas, a través del proceso de fotosíntesis debido al sol y la luz, y de trascendencia decisiva junto con los caudales apropiados de agua para la prosperidad de los cultivos, absorben carbono y liberan oxígeno. Esto ha sido explicado con lucidez por Ernesto Viglizzo, asesor ambiental del Grupo de Países Productores del Sur (GPPS), al hablar del balance que se produce entre el ganado y las pasturas en las cuestiones ambientales.

En un sistema bovino extensivo, ha documentado que, con una carga de 0,8 cabezas por hectárea, el balance de carbono termina siendo positivo en 0,24%. En un sistema con 4 cabezas por hectárea, el saldo es negativo en 0,98%. Por el lado de las gramíneas, el balance del maíz es levemente positivo: de 0,01% por hectárea. En el caso del trigo, es negativo en 0,03%, y en soja, en 0,04%.

Los burdos atropellos a la propiedad rural a los que hemos asistido por la acción de sujetos temerarios -que por sus delitos deberán ser sometidos a la Justicia- desconciertan todavía más por la insensibilidad de algunos funcionarios ante el hecho de que se ha estado atentando, en verdad, contra el sector de mayor productividad de la economía nacional. Para decirlo en los términos más simples: el campo es el que hace mejor las cosas en la Argentina, tanto por la tecnología de vanguardia que aplica como por la continuidad de políticas de sustentabilidad del suelo como pocas en el mundo. ¿En qué otro lugar del planeta, acaso, más del 90% de las tierras cultivables se hallan bajo el régimen de la siembra directa o labranza cero? Actividad que, junto a nuevas prácticas agronómicas, como la utilización de cultivos de servicios, ayudan también a disminuir el impacto ambiental de la agricultura.

Por vía comparativa, se destaca el país en el caso del ganado, cuyas emisiones contaminantes representan, según informes del Banco Mundial, el 0,1% del total mundial, mientras el conjunto de las emisiones argentinas no pasa de 0,6 puntos de aquel porcentaje.

Mejorar la calidad climática es un acto de responsabilidad ineludible. Se puede cumplir con este imperativo de muchas maneras. Por el ejemplo citado por Mitloehner se observa que una de las vías es justamente el perfeccionamiento de los índices de productividad, en los que ha sobresalido el campo argentino en los últimos 30 años. Mitloehner ha planteado el caso del stock lechero de los Estados Unidos. En 1950, contaba con más de la mitad de cabezas que en la actualidad, pero su producción es hoy superior a la de hace 70 años.

Por todos los antecedentes habidos, estamos seguros de que la producción agropecuaria argentina, como la utilización de cultivos de servicio o puentes verdes ya mencionados, irá en esa misma dirección, la del progreso en todos los órdenes, fenómeno que tanta admiración suscita entre sus homólogos del extranjero. No hay, como se sabe, juicio más riguroso y competente que el de los pares.

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