Ineludible reflejo populista
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Las recorridas de políticos y funcionarios por los territorios siempre deparan sorpresas. La semana pasada, la nota la dio Jorge Capitanich, gobernador del Chaco que apuesta a luchar por un cuarto mandato, cuando tras inaugurar un tramo de pavimento visitó la octava edición del Encuentro Internacional de Escultores en Villa San Juan, Resistencia.
Desde el escenario protagonizó la apertura del que calificó de “evento extraordinario”. Siempre en campaña, su afán proselitista lo llevó a recorrer junto a un grupo de colaboradores los puestos montados. Las imágenes grabadas por uno de los presentes lo mostraron saludando a los expositores mientras avanzaba por los stands y deteniéndose para tomar afectuosamente con sus dos manos una cabeza enfundada en un gorro a la que besa, pensando que por su escasa estatura seguramente era la de un niño. Solo que se trataba de un maniquí que, al perder el equilibrio, puso en evidencia el error de percepción del exjefe de Gabinete de Cristina Kirchner y su reflejo populista. Ya era tarde. Las imágenes registradas se viralizaron.
El descrédito en el que viene cayendo la política ante los ojos ciudadanos asume también estas formas grotescas, más allá de la humorada. La crisis de representación se expresa cuando quienes buscan ganarse el favor de los electores asumen actitudes burdamente demagógicas y populistas. Todo esto, sin más capital que su verborragia, tantas veces vacía, y sus trayectorias, mayormente inconsistentes cuando no verdaderos prontuarios. Distribuyen abrazos y besos, regalan bolsones, zapatillas o heladeras, se sacan sonrientes fotos o prometen cielos y fantasías para asegurarse votantes. Manipulan, aparentan, simulan y fingen en lugar de comprometerse con las necesidades de sus comunidades, acercándoles propuestas valederas y electoralmente competitivas en un juego democrático serio. Mucho menos promueven la educación del soberano. A la hora de votar, siempre prefieren que las cabezas sean huecas.






