Nuestra relación con los EE.UU.
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Nuestro país inició contactos con la nueva administración demócrata de los Estados Unidos en busca de definir una nueva etapa en la relación entre ambos países. La tarea no será sencilla, en principio, por dos razones. La primera, por la sorprendente afirmación del presidente Alberto Fernández en el sentido de que "extraña" a Hugo Chávez, lo que supone toda una toma de posición política. La segunda, porque nuestro país pareciera tener un doble comando, con una influencia de poder decisiva en manos de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, que en el pasado mantuvo una áspera relación con el país del norte.
Por el momento, la atención inmediata del gobierno norteamericano sobre nuestra región apunta a contener la crisis humanitaria centroamericana, un problema ciertamente urgente.
El presidente Joe Biden conoce bien nuestra región y a sus principales actores. Por ello, sus primeros mensajes han sido de acercamiento. Probablemente su preocupación central respecto de América Latina se enfoque en la compleja situación de Venezuela. Sobre ello existe una primera coincidencia aparente, que es la visión compartida de que la crisis del país caribeño debe resolverse mediante elecciones libres y transparentes. El camino electoral, sin embargo, requiere la buena fe del autoritario Nicolás Maduro, quien direccionado claramente desde Cuba, que hoy vive de los recursos venezolanos, será un actor proclive a generar toda suerte de intranquilidades.
Mientras la flamante administración transita ya sus primeros pasos, en los Estados Unidos se percibe una cuota de desconfianza especialmente hacia nuestra vicepresidenta, tan proclive a anteponer cuestiones ideológicas al sano intercambio entre naciones. En ese contexto, como hemos expresado ya desde estas columnas, la actitud de nuestra Cancillería respecto de la visita al país –finalmente suspendida– del buque norteamericano especializado en el combate de la pesca ilegal tampoco ha de haber sido bien recibida por el gobierno norteamericano. Hay mucho en juego y la soberanía se afirma en un terreno mucho más amplio que el del acotado campo ideológico.









