Puerta 8, una tragedia con complicidades
Las numerosas muertes ocurridas en la provincia de Buenos Aires por consumo de drogas desnudan con dolor e impudicia la irresponsabilidad gubernamental
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Iniciarse en la droga es encender una mecha de efectos devastadores que puede terminar con la vida de una persona. Lentamente. Cada vez más presente en nuestra realidad cotidiana, denunciada pero nunca debidamente combatida, como no nos cansaremos de insistir desde estas columnas, nadie quiere ponerle el cascabel al gato. Para muchos, de eso no se habla.
Sin embargo, hoy todos hablamos del veneno de la droga. Ya no en sentido figurado, sino literal, no más de acción lenta sino fulminante. Paro cardíaco, shock, dificultad respiratoria y psicomotriz. Veneno al cuadrado, muertes potenciadas, triste metáfora de una nueva tragedia que se monta sobre una tan obscena como dramática escena que, desde hace demasiado tiempo, muchas personas sufren y otras prefieren no mirar.
Esta vez la alarma sonó en el Hospital Municipal San Bernardino de Hurlingham cuando se detectó que cuatro pacientes, consumidores de cocaína, fallecían por la misma causa. Con el transcurso de las horas, 24 personas perdieron la vida y más de 80 resultaron hospitalizadas, mientras funcionarios del gobierno bonaerense advertían a la población que debía descartar la droga comprada en las últimas 24 horas. No hay peor constancia de haber llegado tarde a paliar un mal tan grave cuando son las mismas autoridades las que asumen que vienen perdiendo la batalla con el narcomenudeo.
No hablamos de leche vencida, ni de alimentos en mal estado. El análisis toxicológico determinará precisamente cuál fue la letal sustancia adicionada; podría ser fentanilo, un opiáceo cien veces más potente que la heroína y capaz de matar mucho más rápido.
La investigación por el trágico hecho registrado en la provincia de Buenos Aires condujo al búnker de la Puerta 8, un asentamiento del partido de Tres de Febrero, punto habitual de venta de droga al por menor regenteado por una organización que opera en las villas Loyola, Sarmiento y S18, en San Martín. Unas 15.000 dosis de cocaína de similar condición se secuestraron en varios allanamientos, con siete sospechosos detenidos, uno de ellos, Joaquín Aquino, de nacionalidad paraguaya, que venía siendo investigado por liderar una de las bandas narco que pelean por territorialidad en ese distrito, organizando a vendedores, satélites y porteros de las distintas bocas de expendio. El Gobierno, siempre dispuesto a “relatarnos” los hechos, dice que sería apresurado afirmar que todo haya sido producto de las guerras narco, la hipótesis más firme hasta el momento.
El gobernador bonaerense, Axel Kiciloff, enfrenta severas críticas. En primer lugar, la situación lo encuentra de viaje en Rusia y nadie advierte que planifique anticipar su regreso habida cuenta de la gravedad de lo que acontece en su jurisdicción. En segundo término, se lo cuestiona por su inacción frente al consumo y el alarmante incremento del narcomenudeo en la provincia. En cambio, Kiciloff destina recursos públicos del Ministerio de Salud a financiar una campaña titulada “Recreo”, que promueve un #ConsumoCuidado, disfrazándolo de práctica saludable. Inconcebible.
Miles de madres y padres desesperados por las adicciones de sus hijos explican que no hay centros de rehabilitación, que les niegan las internaciones, que el Estado no ofrece respuestas, que solo conseguir un turno con un psiquiatra por una emergencia puede llevar más de cinco meses. Denuncian que tampoco hay campañas intensivas y efectivas en prevención de adicciones con incrementos en el consumo de alcohol, que también preocupa. Los jóvenes tienen dificultades en la escolarización o directamente carecen de ella. Están faltos de proyectos, sin redes de contención ni posibilidades laborales, miembros de muchas familias que, inmersas en índices de pobreza sin precedentes, ven en el consumo de drogas y en su comercialización una alternativa para el dinero fácil, sumergiéndose en un flagelo que podría terminar con sus vidas, como lamentablemente lo comprueban los acontecimientos de los últimos días.
Ante la hipocresía de una sociedad de la que los adictos son solo un emergente, el Estado se revela incapaz de controlar el desmadre narco; sin firme voluntad política, el combate será siempre claramente desigual. Lejos de circunscribirse a Rosario, el problema se extiende ya por todo el territorio nacional, muy agravado en la provincia de Buenos Aires, con complicidades y negocios asociados a distintos estratos del poder y de las fuerzas de seguridad. La droga nos roba la vida y el futuro de nuestros jóvenes, sin distinción de clases. Hoy llama nuestra atención y nos estremece. Que no sea solo una emoción pasajera. Exijamos que se combata al narcotráfico con firmeza, se lo prevenga debidamente y se atienda a sus víctimas sin más demoras.





