Repartiendo el botín
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Enorme asombro provocó la noticia de que, desde su cercana creación durante el gobierno de Alberto Fernández, el Ministerio de la Mujer lleva nombrados más de mil empleados, con sueldos que llegan a los 400.000 pesos mensuales para los niveles más altos.
Dado el comprobado apetito de los miembros del partido gobernante por servirse de las arcas del Estado, razón de ser de la militancia que aspira a cargos que aseguren renta, no sorprenden las múltiples formas que la coalición kirchnerista encuentra para repartirse el botín. Siguen las enseñanzas de Néstor, que aconsejaba ir “por las cajas”.
En efecto, los cargos que nos ocupan fueron distribuidos entre integrantes del Movimiento Evita, de las huestes de Juan Grabois, de la organización barrial Garganta Poderosa y del partido Nuevo Encuentro, entre otros espacios.
Por solo mencionar otro ejemplo, durante la actual gestión presidencial, una mayoría de camporistas entre los 3000 nuevos empleados, de los cuales 1500 se sumaron directamente a la planta permanente, desembarcó en el PAMI, una de las “cajas” más codiciadas. La militancia política tiene sus premios en la escalera del poder. Recordemos que el diputado radical Rodrigo de Loredo expuso que el kirchnerismo duro y el camporismo controlan el 71% de los recursos del Estado y Alberto Fernández, solo el 23%
Además de la deleznable práctica de utilizar los dineros públicos para hacer proselitismo político con recompensas para la militancia, no puede soslayarse que esto implica una actitud claramente antidemocrática y de injusticia hacia las demás fuerzas políticas que deben financiar sus campañas desde el llano y con esfuerzo, mientras el partido gobernante lo hace con fondos públicos, repartiendo nombramientos que agravan el déficit estatal.
Esta descarada malversación de fondos, de por sí lamentable, confirma el grado de vacía irrealidad en la que se mueve el peronismo. Mientras funcione la máquina de imprimir billetes no faltará dinero para nuevos nombramientos; nada importa si el dinero tiene valor efímero. Solo cuenta que sirve para comprar lealtades, llenar bolsillos y seguir danzando en la cubierta del Titanic.
Nadie del Gobierno parece haber tomado nota de que somos un país en quiebra que gasta sin límite alguno, con altos niveles de pobreza e indigencia, dificultades para producir y una economía alimentada por una desmedida presión fiscal. Hablamos de un país en el que no se vislumbra intención alguna de poner coto a la fiesta del derroche permanente desde el poder.
Por cierto, esta crítica nada tiene contra la sana defensa y protección de la mujer, algo para la cual, dicho sea de paso, el ministerio de los mil empleados se revela notoriamente ineficaz.
Un poco de sobriedad en el gasto, de sentido común en la ejecución y de austeridad republicana serían más que bienvenidos por una ciudadanía harta del dispendio de su dinero.








