¿Rusofobia?
4 minutos de lectura'

El gobierno ruso y sus aliados llevan años de denunciar una supuesta rusofobia por parte de las elites occidentales, sentimientos que pueden remontarse también a la época soviética pero de absoluta vigencia ante el despliegue de la invasión perpetrada sobre territorio ucraniano hace ya más de un año. Hablamos en este caso de mucho más que sentimientos hostiles o discriminatorios cuando lo que se ha planteado es un enfrentamiento diplomático de Rusia con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) por la guerra desatada.
Esta descripción de ninguna manera pretende avalar ninguna expresión de odio o xenofobia entre nosotros como las que llevaron a vandalizar la Iglesia Ortodoxa Rusa del Patriarcado de Moscú y la plaza de la Federación Rusa en Buenos Aires hace ya un año. Muy por el contrario, deben ser repudiadas al igual que las afirmaciones respecto de que los sentimientos de odio se instalaron merced a operaciones de prensa.
No pueden soslayarse tampoco los reiterados acercamientos del actual gobierno argentino al régimen ruso, con los vaivenes propios de una política exterior tan endeble como inestable, y con más carga ideológica que profesionalismo. Acuerdos pseudo estratégicos, incluida la provisión masiva de la Sputnik V, que nos convirtió en el primer país sudamericano en probar una vacuna que nunca reunió los avales científicos necesarios, con incumplimientos de entrega de la prometida segunda dosis. Sumamos también las comunicaciones y las reuniones entre el presidente Alberto Fernández y Vladimir Putin en el seno mismo del Kremlin y la invitación a que la Argentina fuera la puerta de entrada de Rusia a América Latina en un declamado afán por romper con la dependencia del FMI y los Estados Unidos.
A mediados del año pasado, la agencia de noticias rusa Sputnik planteaba que “la traición de Alberto Fernández a Putin no tiene límites” en relación con la condena a la invasión a Ucrania que nuestro lábil presidente hizo en su gira europea. Y reconocía algo de lo que los argentinos podemos dar fe: “la memoria selectiva” del presidente argentino.
Más recientemente, desde este espacio también nos ocupamos de la cantidad de codiciados pasaportes argentinos extendidos a migrantes rusos, muchos a mujeres embarazadas, favorecidos por una ley que les abre las puertas a muchos países sin necesidad de contar con visas. El eventual cierre de fronteras y el temor a ser reclutados impulsó las migraciones. La situación condujo a allanamientos, investigaciones y peritajes en una causa iniciada en diciembre pasado que a la fecha tiene en estudio unos 1200 casos de los que surgiría la existencia de más de una organización que facilita irregulares trámites exprés como parte de un paquete de servicios a cambio de importantes sumas. Una segunda causa investiga los supuestos domicilios falsos dado por 8 rusas para el trámite de residencia.
El propio gobierno norteamericano había expresado su preocupación dado que la visa que otorgan a argentinos contempla una duración de diez años.
Es en este contexto que el embajador de la Federación Rusa en Buenos Aires, Dmitry Feoktistov, reclamó a nuestro país que “no se desvíe de sus estándares de derechos humanos y no se rebaje a la rusofobia barata”, si bien reconoció que en la Argentina los sentimientos rusofóbicos son menos comunes que en otros países en los que se les niegan servicios educativos, médicos o bancarios. En el documento difundido, denunció que los ciudadanos de su país sufren aquí actos discriminatorios y acusó a la Dirección Nacional de Migraciones de montar “una novela policíaca” y de “espionaje”, una “exageración artificial”.
Por su parte, el jefe del departamento consular en Buenos Aires se quejó de las restricciones migratorias impuestas recientemente por nuestro gobierno ante la cantidad de rusos llegados a la Argentina, unos 22 mil.
Que el embajador de un régimen autocrático que cercena libertades, clausura medios críticos, encarcela o envenena a opositores y persigue sostenerse indefinidamente en el poder hable de respeto a los derechos humanos suena al menos risueño. “Queremos ver en la Argentina un país amigo, libre de rusofobia”, expresaba.
Más allá del sano espíritu receptivo que siempre primó en la Argentina y que supo hacerla grande, que desde Rusia se pretenda hoy intervenir en las decisiones autónomas que le corresponden a nuestra nación a la hora de fijar las condiciones para el otorgamiento de pasaportes es abusivo y propio de un estilo que solo puede ejercer dentro de sus fronteras. Los compromisos asumidos públicamente por este gobierno con el país más extenso del mundo, sumados a aquellos convenientemente silenciados, habrán abonado seguramente la confusión. La realidad suele superar a la ficción con lo cual claramente no se trataría solo de exageraciones artificiales habida cuenta de que se aguarda confirmación sobre la validez de los pasaportes argentinos de un matrimonio ruso de supuestos agentes de elite “ilegales” detenidos en Eslovenia.







