Sin inversión, cartoneros sin cartón

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21 de febrero de 2021  • 00:46

Seguir tirando lo poco que nos queda por la alcantarilla del despilfarro nos convertirá a todos en excluidos y a las empresas, en recuperadas

En la Argentina, el movimiento de cartoneros y trabajadores excluidos se expande en forma simétrica a la reducción del empleo formal en el sector privado. En ausencia de inversiones, es una profecía autocumplida. Nadie quiere arriesgar capital en el país para perderlo con cepos cambiarios, controles de precios o extorsiones laborales. En ausencia de inversiones, alguna vez todos seremos "excluidos" y las empresas, "recuperadas". Al final de la historia, los cartoneros dejarán de levantar cartones, pues la carestía general implicará falta de cartón en los supermercados, autoservicios y contenedores urbanos.

En Venezuela, la principal fábrica de cartón corrugado, una multinacional irlandesa, fue confiscada hace cuatro años por no entregar productos a pérdida como lo ordenaba la Revolución. Sus directivos fueron presos y ahora opera en la órbita del Ministerio del Poder Popular para el Proceso Social del Trabajo, cumpliendo con la Agenda Económica Bolivariana. Muchos discursos y disciplina militar, pero sin capital de trabajo ni inversiones. Ante la miseria de los vivos, prospera el mercado de los difuntos. Son los "eco cofres" o ataúdes de cartón reciclado.

El populismo repudia la inversión. Como la zorra frente a las uvas, prefiere despreciar lo que no puede alcanzar. El consumo es para la gente, la inversión es especulación. El consumo llena la mesa de los argentinos; la inversión la vacía, con ahorro. El consumo es expansión, la inversión es ajuste. Para el consumo, basta emitir, para invertir hay que endeudarse. El consumo es liberación, la inversión es dependencia.

La palabra fue vedada del discurso oficial y el riesgo país de la Argentina es el más alto de América Latina, con excepción de Venezuela. Todo un logro. Y se invierte tan poco, que esos pesos no alcanzan para mantener en buen estado lo que ya existe: las máquinas, las rutas, las líneas eléctricas, los transformadores, las cloacas, las vías de tren, los hospitales, las escuelas, los móviles policiales, los ascensores de tribunales.

En forma simétrica, también se ha destruido el capital social. Ya hay una nueva generación de jóvenes que se han criado en familias pobres, sin acceso a una educación que les permita insertarse en el mundo del trabajo por sus propias capacidades. Familias pobres por ausencia de empleos formales en el sector privado.

Aunque el populismo quiera ignorarlo, la Naturaleza no descansa. Los metales se oxidan, las maderas se pudren, los plásticos decaen, los cables se cortan, los pavimentos se hunden, los vidrios se opacan, los bulones se aflojan, los cimientos ceden, los muros se resquebrajan. De eso, la gente entiende. En la vida diaria, todos trabajamos para reparar, limpiar, pintar y ordenar lo que la naturaleza desgasta y desordena, como lo enseña la segunda ley de la termodinámica.

A nivel colectivo, los desafíos son los mismos. Cuando el riesgo país es intolerable, el costo de invertir supera el beneficio esperado, se bajan los brazos y se abandona el esfuerzo de mantener lo que el tiempo hace decaer. Por ello, la Argentina invierte solo el 12% del PBI, cuando se necesitaría el doble para reponer lo que se amortiza. Para crecer de verdad se requiere alcanzar el 30%. Los dueños prefieren realizar arreglos precarios, no modernizar equipos, ni cambiar nada hasta que se recupere la confianza. Aplican un sabio precepto de los negocios: "nunca enterrar dinero bueno para sostener dinero ya perdido".

Ni qué hablar de nuevos emprendimientos, industrias u otras fuentes de empleo regular que darían seguridad y dignidad a las familias. Salvo, claro está, en negocios de oportunidad a través de contactos políticos que aseguren ganancias por cambios de regulaciones o contratos exclusivos.

La falta de inversión se origina en la subordinación de toda la gestión de gobierno al proyecto de impunidad de la vicepresidenta Cristina Kirchner. En primer lugar, mediante el avasallamiento del Poder Judicial, como hemos tratado reiteradamente en estas columnas. Luego, con medidas depredatorias para atacar las consecuencias de sus propios desatinos. Toda la capacidad prestable de los bancos se encuentra absorbida por el Banco Central y la Anses liquida bonos a precios de remate, aumentando el riesgo país.

Se persigue a quienes aún producen o ahorran en el país. Controles de precios, cierre de importaciones, cepo cambiario, doble indemnización, default compulsivo del sector privado, impuesto a la riqueza, presión sobre el campo, servicio público para internet, cable y celulares, congelación de cuotas de las empresas de medicina prepaga, entre muchas otras formas de intentar ganar votos a costa de la confianza. Pero un país que emula el modelo bolivariano no puede tener otro destino que la pobreza y la exclusión. Sin expansión del sector privado, no habrá recursos genuinos para sostener la enorme estructura de empleo público, subsidios y planes sociales. Ocultar la emisión mediante el atraso cambiario para llegar a las elecciones sin sobresaltos es una ficción de consecuencias nefastas.

Sin inversión, no solo los cartoneros no encontrarán cartón. Celestino Rodrigo, Lorenzo Sigaut o Jorge Remes Lenicov ya lo vivieron. La Argentina pareciera no aprender nunca.

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