
suicidio
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La sensación de que aquello que ocurre en la pantalla del celular es exactamente lo que buscamos y necesitamos es altamente adictiva. Cada vez más jóvenes interactúan con bots, prefiriéndolos a sus amigos y familiares, al punto de volverlos el centro de su vida afectiva. Ya no son simples auxiliares para resolver dudas estudiantiles, sino que se volvieron confidentes, amigos, novios, suplantando sus entornos sociales. Con disponibilidad las 24 horas, alimentan falsamente la sensación de familiaridad y conocimiento, una peligrosa ilusión de empatía con capacidad de respuesta al instante.
Los mecanismos que se activan en estos intercambios digitales no hacen más que deteriorar las habilidades sociales y de conversación, imponiendo distancia con quienes sí podrían contribuir al desarrollo real que debe transitar una persona. De hecho, estos reducen también la capacidad de tolerancia a la frustración ante quien nos contradiga o nos cuestione en el mundo real, entorpeciendo el aprendizaje social y emocional.
Un estudio del Benton Institute de Estados Unidos reveló que el 31% de los adolescentes encuentran más satisfacción en conversar con un compañero de IA que con un amigo de carne y hueso, especialmente sobre temas importantes. Este número creciente de adolescentes que recurren a la IA para hablar de su vida emocional no deja de preocupar por cuanto conversaciones y confesiones angustiosas que no trascienden no permiten encender las alarmas a tiempo. Desahogarse y escuchar lo que prefieren escuchar es siempre más sencillo con un bot que con un progenitor que, al decir de ellos, no los entiende. La ilusión de construir un vínculo con un sistema artificial es tan falsa como peligrosa. De acuerdo con cientos de denuncias, largos intercambios con bots han desembocado en suicidios.
Ese ha sido el caso de Jonathan Gavalas (36), un norteamericano que se quitó la vida en Florida en octubre pasado luego de semanas de interactuar con Gemini, convencido por la propia IA de que abandonar el cuerpo físico les permitiría reunirse. Cada vez más personas establecen dudosas relaciones con chatbots o sistemas de IA. Una oficinista de Okayana que intercambiaba la friolera de 100 mensajes diarios con su novio creado por ChatGPT decidió unirse simbólicamente a él, convertido en una proyección digital para una ceremonia que incluyó vestido de novia e invitados.
Un mundo hiperconectado fija las formas de vinculación que habrán de predominar. Cultores de la inmediatez, el atractivo que encierra una IA que responde al instante resulta difícil de resistir. Ya hablamos de vínculos afectivos sintéticos que pretenden incluso incluir romanticismo. Una vez más, solo el consejo y la presencia de los adultos acompañando a los jóvenes podrá intentar contrarrestar el bombardeo de mensajes y situaciones disfrazadas cuyo fin último no es neutral sino claramente comercial, entre muchos otros que convendrá seguir analizando.
