A un año del crimen de Khashoggi, Mohammed aún mantiene su poder en la monarquía saudita

Mohammed ben Salman
Mohammed ben Salman Fuente: Archivo
El caso impactó en el hijo del rey, pero sigue como príncipe heredero y hombre fuerte
Ricard González
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2 de octubre de 2019  

TÚNEZ.- El día que ordenó el asesinato del periodista crítico Jamal Khashoggi, poco se podía imaginar el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed ben Salman (MBS), que un año después todavía el asunto estaría en el candelero de la prensa internacional. Su error de cálculo no le permitió imaginar que la desaparición del disidente en el consulado de Estambul se convertiría en un escándalo a nivel internacional que dañaría seriamente su reputación y la del reino.

Sin embargo, aunque la factura que pagaron Mohammed y el régimen saudita fue elevada en todos los sentidos -económico, político, moral-, las voces que auguraban un colapso de la monarquía, o al menos la caída en desgracia del joven príncipe, resultaron ser exageradas. En la opaca corte de los Al-Saud es difícil evaluar si el influjo de MBS sobre su padre disminuyó. Pero, en todo caso, Mohammed mantuvo su condición de príncipe heredero, primero en la línea de sucesión al trono del reino que fundó su abuelo Abdelaziz.

El brutal asesinato de Khashoggi, que habría pasado más inadvertido sin la astuta explotación que hizo el líder turco, Recep Tayyip Erdogan, sirvió para que el mundo entero sometiera a un mayor escrutinio a la petromonarquía saudita. Y lo que buena parte de la opinión pública internacional descubrió no fue precisamente favorable: la implacable represión de los disidentes, incluidas las torturas a activistas feministas, el trato discriminatorio a la minoría chiita, el bombardeo de infraestructuras en Yemen, el fracaso del bloqueo contra el vecino Qatar.

Las críticas contra el régimen, y especialmente contra el joven Mohammed, arreciaron en medios de comunicación de todo el mundo. Sin duda, la "crisis Khashoggi" fue la peor para la imagen de Arabia Saudita desde el 11-S, cuando se supo que 15 de los 19 terroristas que atacaron eran de nacionalidad saudita. Quizá las voces más estridentes por inesperadas fueron las de numerosos senadores y congresistas estadounidenses. De forma reiterada, el Capitolio intentó bloquear la venta de armas a Riad por su uso criminal en la guerra de Yemen.

El presidente Donald Trump, el principal aval internacional del príncipe, utilizó su poder de veto para proteger los astronómicos y letales acuerdos, pero esta situación podría cambiar si accediera a la Casa Blanca un demócrata en noviembre del próximo año. Lejos quedan los años en los que había un apoyo bipartidista a la tradicional alianza entre Washington y Riad, sellada por el presidente Roosevelt tras la Segunda Guerra Mundial.

Un año después del escándalo, más allá de una ingente dosis de mala prensa y de los reparos de las cancillerías europeas a tratar públicamente con Mohammed, las consecuencias para Riad fueron más bien limitadas. La inversión extranjera en el reino del desierto no se ha desplomado, sino que más bien mostró una ligera tendencia al alza. La conspicua ausencia de diversos CEO de compañías multinacionales en una conferencia de inversión celebrada en Arabia Saudita pocos días después del asesinato fue un simple gesto de cara a la galería. Para la edición de este año, la "Davos del desierto" volverá a contar con la flor y nata del capitalismo mundial, sobre todo el financiero.

Y ello a pesar de que poco se sabe del juicio en Arabia Saudita a los 11 sospechosos de haber participado en el secuestro y probable desmembramiento de Khashoggi. Sus sesiones se celebran a puertas cerradas, lejos de las curiosas miradas de la prensa internacional. Una vez más se evidencia que tanto para empresas como para la mayoría de gobiernos business are business. MBS lo sabía y se dedicó a mantener un perfil bajo los meses siguientes, esperar que pasara la tormenta y ofrecer ciertas dosis de contrición sin aceptar nunca su rol directo en la planificación del crimen.

En paralelo continuó con su política de combinar una apertura económica y social con un cierre completo del espacio político. En el último año se eliminaron algunas de las más retrógradas leyes contra los más básicos derechos de la libertad de la mujer, como la que les prohibía conducir o viajar sin el permiso del padre o marido.

Asimismo, recientemente, el gobierno anunció la creación de un visado turístico para abrir el país a la visita de extranjeros y dinamizar así una economía excesivamente dependiente de la renta petrolera.

Con estas medidas, MBS mata dos pájaros de un tiro: proyecta una imagen de modernidad y reforma en Occidente y satisface algunas demandas de cambio de la juventud, la generación que debe ganarse si quiere que su reinado sea longevo.

A pesar de haber capeado el temporal Khashoggi, no son poco los desafíos inmediatos que debe afrontar el régimen saudita, que padeció hace un par de semanas el peor ataque contra su infraestructura petrolífera y no vislumbra un final a la costosa aventura en Yemen.

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