
Al rescate de las chicas de Kenya
Kakenya Ntaiya Evitó un matrimonio forzado y se transformó en la primera masai desu aldea en estudiar en EE.UU.; hoy lucha contra la mutilación femenina
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Entró al establo que estaba detrás de su casa. Una anciana la esperaba con un cuchillo oxidado. Se sentó, levantó su pollera y, sin anestesia, la mujer extirpó sus partes íntimas delante de varios miembros de su aldea. Era 1993, Kakenya Ntaiya tenía 14 años y no podía escapar del rito de iniciación obligatorio para todas las chicas de la etnia masai que alcanzaban la pubertad en Enoosaen, en el sur de Kenya. Pero la joven había hecho un trato con su padre: se sometería a la circuncisión femenina si él la ?dejaba ir a la secundaria.

"Yo quería seguir estudiando porque veía que las maestras tenían una vida mejor. Crecí en una comunidad donde las chicas se casaban después de ser circuncidadas y dejaban los estudios. A los cinco años ya me habían elegido un marido. Yo quería otro estilo de vida, y eso me lo inculcó mi mamá", cuenta Ntaiya a LA NACION desde Nairobi, la capital de Kenya.
Pero el sueño de Ntaiya era mucho más ambicioso que terminar al secundario, algo de por sí extraño entre los masai. Según el gobierno de Kenya, sólo el 11% de las chicas de esa etnia terminan la primaria, a pesar de que desde hace 11 años es obligatoria en el país.
Ntaiya se transformó en la primera mujer de su aldea en ganar una beca para estudiar en Estados Unidos. Ella, que creció sin luz y agua corriente y se ocupaba de juntar leña, hacer las tareas del hogar y bañar a sus siete hermanos menores, se graduó en el Randolph-Macon College (en Virginia), trabajó en la ONU y obtuvo un doctorado en Educación de la Universidad de Pittsburgh.
Y siguió soñando: en 2009, gracias a la ayuda de un grupo de colaboradores, creó Kakenya’s Dream (que significa "El sueño de Kakenya"), la primera escuela para chicas de Enoosaen.
En verdad es mucho más que una escuela, porque además de seguir la currícula oficial de Kenya, Kakenya’s Dream imparte cursos de salud, de derechos humanos y de liderazgo. La idea es que las 170 chicas que asisten aprendan sobre lo que es el matrimonio forzado, la importancia de la educación y que sepan que la mutilación genital es ilegal en el país.
La escuela también imparte cursos para chicas de 12 a 14 años en otras comunidades. En total, entrenó como a 1000 chicas en los últimos tres años.

"Cuando estuve afuera, aprendí un montón y quería ayudar a las chicas de mi comunidad para que tuvieran una educación y pudieran lograr sus sueños, para que no tuvieran que negociar, como tuve que hacerlo yo", dice Ntaiya. Antes de partir hacia Estados Unidos, la joven había prometido a los ancianos de su aldea regresar para ayudar. Ellos le habían dado permiso para viajar y organizaron un evento de recaudación de fondos para pagar su pasaje de avión.
La vida en Estados Unidos no fue fácil para Ntaiya, que tenía 21 años en ese entonces y nunca había visto una computadora. Además del shock cultural y el cambio de idioma, no podía hablar con su familia porque una carta tardaba seis meses en llegar a Enoosaen.
Desde 2011, Ntaiya vive en Nairobi junto con sus dos hijos y su marido, también kenyata, que conoció cuando estudiaba en Estados Unidos. Viaja seguido a Enoosaen y cuenta que las cosas cambiaron en su aldea: que es más normal que las chicas estudien, que ya no se casan a los 12 años y que disminuyó la mutilación femenina, gracias a una fuerte campaña que hizo el gobierno.
Pero hay cosas que siguen igual. "Los fines de semana las chicas se hacen cargo de todo: buscan agua y leña, cocinan, hacen las tareas domésticas, bañan a sus hermanos. Los chicos, en cambio, sólo se ocupan de cuidar a las vacas. Como las chicas no tienen tiempo para estudiar, es común que les vaya mal en la escuela. Entonces, los padres tienen tendencia a pensar que son menos inteligentes", sostiene.
Su objetivo es revertir esta situación y quiere además incrementar la cantidad de alumnas en su escuela para llegar a las 300, construir un secundario para que los chicos de la comunidad no tengan que viajar hacia otros colegios y expandir los cursos a otras escuelas.
Y su sueño sigue: espera que su escuela sirva como modelo de educación para las chicas de toda África.
"La educación es fundamental. Una vez que sabés las cosas, podés elegir lo que está bien y lo que está mal. Te da poder. Es la clave para salir de un montón de prácticas culturales. Las chicas aprenden, sus padres aprenden, la comunidad aprende", dice Ntaiya. Luego hace una pausa y sentencia: "La educación es liberadora".
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