Alemania sigue siendo dos países en un mismo país
POSTDAM.- Dicen los alemanes del Oeste (llamados wessis ): "Somos un pueblo". Replican los alemanes del Este (llamados ossis ): "Nosotros también". Es un chiste alemán.
No es un chiste alemán, sin embargo, que los wessis piensen de los ossis que son lentos, faltos de iniciativa y quejosos, ni que los ossis , en algo así como un duelo entre provincianos y porteños, digan que los otros presumen de sabiondos y que son pedantes. O, en el peor de los casos, que también son especuladores, estafadores y aprovechados.
La unificación de Alemania, después de cuatro décadas de paredón y después, no es tan fácil como parece. En el Este, por lo pronto, acuñaron la palabra ostalgie (mezcla de Este con nostalgia), como modo de definir la añoranza de los tiempos en que la economía planificada no permitía que existiera un fenómeno novedoso y abrumador: el desempleo.
"El proceso de unificación es bastante complicado -explica Paul Schumacher, vocero del Ministerio de Asuntos Interiores del Estado de Brandenburgo, en una entrevista con La Nación -. La gente creía que la introducción del marco (moneda) del Oeste iba a llevarla al mismo nivel de vida, pero no ha sido así."
La próxima generación
La mayoría de los alemanes coincide en que la verdadera unificación no se verá en septiembre, con el traslado de la capital a Berlín. Demandará una generación. Será, dicen, cuando no se hable de los temas específicos del Este, ya sean sociales, económicos o culturales.
En el palacio de Cecilienhof, en las afueras de Postdam, los Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética rubricaron la división de Alemania después de 1945. Las diferencias subsisten. Tanto que, por ahora, nadie niega que son dos países dentro del mismo país.
Schumacher resume todo en la ostalgie : es posible que un profesor del Este, desencantado con el cambio, aún imparta loas hacia el comunismo. "Siempre hay gente que quiere levantar de nuevo el muro, pero, después de una década, ya no se puede volver atrás", dice.
Es el caso de Dieter Hildebrandt, vicealcalde de Fiedrichshain, uno de los distritos de Berlín oriental: "Aprendimos que no se puede vivir sólo con justicia social, sin libertad ni democracia, pero nosotros no estábamos habituados a no tener trabajo -confiesa a La Nación -. En estas circunstancias sentimos que dejamos de ser importantes para el sistema".
El sistema, según Schumacher, tiene una cuota de discriminación: los del Este no se sienten iguales a los del Oeste. O, con reminiscencias de "Rebelión en la granja", los alemanes son todos iguales, pero los del Oeste son más iguales que los otros.
La Constitución de Brandeburgo, uno de los cincos Estados reincorporados (más parte de Berlín), incluye el derecho al trabajo, pero el gobierno, despoblado de la burocracia comunista, no puede garantizarlo. El desempleo del Este ronda, en términos generales, entre el 17 y el 20 por ciento, mientras que en el Oeste no supera un dígito.
Hildebrandt tenía 33 años cuando cayó el muro: "De los 30.000 empleados de la empresa de bombillas Narva, de Berlín oriental, quedan 30", protesta. Es vicealcalde por el Partido del Socialismo Democrático (PDS), lo que quedó del Partido Unitario Socialista (SED), fusión del Partido Comunista Alemán (KPD) y del Partido Socialdemócrata (SPD), en 1946, que rigió los destinos del Este, cual emisario de Moscú, desde 1949.
La adhesión al PDS en las urnas ronda el 20 por ciento. "El SPD (al que pertenece el canciller, Gerhard Schroeder) dice sí, pero nosotros decimos sí o no", rubrica Hildebrandt.
La otra cara de la moneda es Klaus Kaetzel, vocero del Senado local, nacido hace 48 años en Berlín occidental. No siente ostalgie , como sus pares del Este, sino nostalgia de lo que llama buenos viejos tiempos. Y juzga que tantos cambios, en los últimos años, suben el stress, como la temperatura en este verano incipiente.
"Imagínese -exclama-. El Reichstag (sede del Parlamento), los edificios de los parlamentarios, los ministerios, las sedes de los partidos políticos, las embajadas... Todo reconstruyéndose, o construyéndose, al mismo tiempo. Uno vive en medio de una gran obra en construcción."
Las dos caras de Berlín
La expresión de la gente, no la moda, luce distinta de un lado y del otro de Berlín, por más que del muro sólo queden retazos, cual imagen oprobiosa de lo que nunca debió ser. Una línea bordó describe su derrotero.
Por las calles del Este continúan circulando los Trabbi (autos típicos de la era comunista). Algunos niestskaserne (viviendas o cuarteles de trabajadores) aún no han sido remozados y blanqueados como los edificios de la avenida Marx, antes Stalin.
Incluso las mujeres, veneradas por haber sido las primeras en recoger los ladrillos entre las pilas de escombros después de la Segunda Guerra, son ahora las más perjudicadas, ya que no consiguen empleo.
En el Ministerio de Justicia, aún en Bonn, la doctora Beate Czerwenka subraya a La Nación que quedan varios asuntos pendientes con el Este, como la devolución de casas y compañías expropiadas por el comunismo.
Pero también surgen desafíos nuevos. Hay grupos skinheads que traen pésimos recuerdos: el éxito de Hitler se debió, básicamente, al desempleo.
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