Alexei Navalny, el inquebrantable líder opositor que expuso todo lo que Vladimir Putin quería tapar
El carismático abogado ruso denunció la corrupción, los contratos espurios y los abusos de poder; durante más de una década fue la cabeza del desafío popular al Kremlin a pesar del casi mortal envenenamiento y el encarcelamiento
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WASHINGTON.- Alexei Navalny, el inquebrantable abogado ruso que expuso la corrupción, los contratos espurios y los abusos de poder del presidente ruso, Vladimir Putin, y sus adláteres, y que durante más de una década fue el sostén del desafío popular al jefe del Kremlin a pesar de las presiones y de un casi mortal envenenamiento, murió este viernes en una colonia penitenciaria situada más allá del círculo polar ártico. Tenía 47 años.
Navalny fue emergiendo en la escena pública a lo largo de los años como bloguero, activista, y como un líder opositor a Putin singularmente exitoso en Rusia, donde llegaba a una audiencia masiva a través de videos online que detallaban la corrupción de la clase gobernante y sus excesos. Era buenmozo, buen orador y carismático: un político natural en un país donde prácticamente no existe la práctica política pública y competitiva.
Sus investigaciones sobre la corrupción recibieron decenas de millones de visitas en YouTube, desataron protestas callejeras masivas en Rusia y avergonzaron al Kremlin. El gobierno lo calificó de “antipatriótico”, lo señaló como herramienta de las agencias de inteligencia occidentales y trató de disminuir su popularidad entre los liberales y otros opositores difundiendo que al principio de su carrera política era aliado de los ultranacionalistas.
Si bien pasó semanas en prisión en varias ocasiones, Navalny permaneció mayormente en libertad, porque el gobierno no quería convertirlo en mártir. Pero esa lógica pareció modificarse en agosto de 2020, cuando Navalny enfermó gravemente y entró en coma. Los gobiernos de Occidente dijeron que había sido envenenado con un agente nervioso de la era soviética conocido como Novichok, que según las autoridades británicas también se utilizó en 2018 en el envenenamiento de Sergei Skripal, un exespía ruso radicado en Inglaterra.

Mientras se recuperaba en Alemania del intento de envenenamiento, Navalny se asoció con el grupo de periodismo de investigación Bellingcat para encontrar pruebas que vincularan al Servicio Federal de Seguridad Ruso (FSB) con el ataque en su contra. En un gesto de total osadía que aparece reflejado en la película Navalny, ganadora del Oscar al mejor documental en 2022, Navalny llamó por teléfono a uno de los ejecutores del FSB y se hizo pasar por su superior, y el oficial terminó revelando que la misión era “matar al Sr. Navalny” poniendo Novichok en su ropa interior. El oficial atribuyó el “fracaso” de la misión al rápido accionar del piloto del avión y de los paramédicos.
El Kremlin negó su participación y Putin bromeó sobre el atentado durante una conferencia de prensa. “¿Quién se tomaría el trabajo?”, dijo entre risas en referencia a Navalny.
Después del atentado en su contra, Navalny continuó incomodando al Kremlin. “Ahora su principal resentimiento contra mí es que pasará a la historia como un envenenador”, dijo sobre Putin. “Tuvimos a Alejandro el Libertador y Yaroslav el Sabio. Ahora se suma Vladimir el Envenenador de Calzoncillos”.
Aunque sabía que lo arrestarían ipso facto, en enero de 2021 abandonó la relativa tranquilidad de Alemania y regresó a Moscú. Fue detenido en el aeropuerto y sentenciado a más de dos años de prisión por haber violado las condiciones de libertad condicional en un caso viciado de tecnicismos legales.

“No hay manera de encerrar a cientos de miles de personas”, dijo en su alegato ante el tribunal. “Los que se den cuenta de todo esto serán cada vez más, y cuando eso ocurra, todo esto se vendrá abajo, porque no hay forma de encarcelar al país entero”.
Navalny fue enviado a una colonia penitenciaria al este de Moscú, donde inició una huelga de hambre de tres semanas como protesta por la atención médica inadecuada que recibía. En 2022, fue condenado a nueve años en una prisión de alta seguridad tras ser condenado en otro juicio, donde se lo acusaba de presunta malversación de las donaciones recibidas por su fundación anticorrupción. Navalny y su equipo dijeron que eran cargos fraguados para silenciarlo y que el juicio era una farsa. Posteriormente, fue condenado a 19 años más por “extremismo”.
“Sé perfectamente que, como todos los presos políticos, estoy condenado a prisión de por vida”, dijo en las redes sociales tras el veredicto. “Y de por vida significa hasta que yo muera o hasta que muera este régimen”.
Sus condenas y encarcelamiento cosecharon la amplia condena de Occidente, que consideró el castigo como una burda manera de amordazar a uno de los pocos críticos destacados del gobierno ruso. Cuando Putin invadió Ucrania, en 2022, Navalny se pronunció en contra la guerra con mensajes en las redes sociales que transmitía a través de sus abogados. Ese noviembre, tuiteó que lo habían puesto en régimen de aislamiento permanente, con acceso limitado solo a su familia. “Lo hacen para silenciarme”, dijo.
Aunque la Constitución rusa de 1993 estableció un sistema democrático que garantiza los derechos individuales, a partir del año 2000, tras asumir su cargo, Putin empezó a estrangular lentamente a la oposición política. Y lo hizo con una combinación de subterfugios, dinero en efectivo y coerción, para silenciar a los oligarcas, a los medios de comunicación y a cualquier adversario político que asomara la cabeza, poniendo a sus amigos en posiciones de poder e instalando un sistema de control personalizado que no admite la existencia de rivales. Y más de uno que lo desafío terminó envenenado o baleado en una zanja.
El principal líder opositor
Navalny tenía una extraordinaria intuición política y fue incansable en su lucha contra la indiferencia y el pesimismo de los rusos, convirtiéndose en los últimos años en el único opositor conocido en toda Rusia, a pesar de que la televisión estatal prácticamente lo ignoraba.
Las investigaciones realizadas a través de su organización, la Fundación Anticorrupción, sacaron a la luz la cara oculta de la era Putin. Una investigación de 2017 reveló que el primer ministro Dmitry Medvedev había acumulado más de 1000 millones de dólares en propiedades.
El año siguiente, Navalny transmitió un informe de 25 minutos sobre los turbios vínculos entre un alto asesor de Putin y uno de los oligarcas más ricos de Rusia, que incluía el detallado relato de una cita secreta en un yate de lujo con una prostituta.
Su investigación más explosiva se dio a conocer justo después de su regreso a Moscú, en 2021. En un videoinforme de dos horas de duración titulado “El Palacio de Putin”, Navalny reveló la construcción de un palacio a la escala de Versalles a orillas del mar Negro, con casino propio y pista de hockey sobre hielo subterránea. Navalny denunció que el palacio era construido para Putin a través de una opaca red secreta de financiamiento.
Ese video de YouTube tuvo más de 100 millones de visualizaciones y fogoneó protestas en todo el país, que se desataron cuando unos cientos de miles de partidarios de Navalny salieron a manifestarse en toda Rusia para protestar por su arresto, desafiando temperaturas bajo cero y los palazos de la policía antidisturbios.
Cada vez que abrió la boca, Navalny lo pagó muy caro, al igual que los miembros de su familia. En 2014, él y su hermano menor, Oleg, fueron condenados en un juicio por fraude cuya motivación era exclusivamente política, según los críticos del Kremlin. Su hermano estuvo preso hasta 2018, mientras que Navalny recibió una sentencia en suspenso de tres años y medio.
Más tarde el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que Navalny y su hermano habían sido condenados injustamente y que los tribunales rusos dictaban fallos que eran “arbitrarios y manifiestamente irrazonables”.
Navalny quería postularse para presidente en las elecciones de 2018, pero se lo prohibieron, y al año siguiente le impusieron una pena de cárcel de 30 días por convocar a protestas no autorizadas contra la inhabilitación de candidatos independientes para las elecciones de la legislatura de Moscú. Durante esa estadía en la cárcel, se enfermó y pensó que lo habían envenenado. En 2017 también sufrió una grave quemadura química en el ojo derecho, tras el ataque de personas desconocidas que le arrojaron yodo en la cara en plena calle, frente a sus oficinas.
A pesar de sus sucesivos encarcelamientos, Navalny siguió manifestándose, incluso a través de sus alegatos ante los tribunales o en cartas a sus abogados que luego se publicaban en las redes sociales. En su condena a la guerra en Ucrania, dijo que el conflicto fue iniciado por “un grupo de viejos locos que no entienden nada y tampoco quieren entender”.
Pero en 2021 sus esfuerzos se vieron frenados cuando la Fundación Anticorrupción y una agrupación política vinculada quedaron desmanteladas por el fallo de un tribunal ruso que los clasificó como “extremistas”. En octubre de ese año, una comisión penitenciaria catalogó al propio Navalny como “extremista” y “terrorista”. Ese mismo mes recibió el premio anual de derechos humanos del Parlamento Europeo, que lleva el nombre del físico y activista de derechos humanos soviético Andrei Sakharov.
En diciembre, la familia y los amigos de Navalny estuvieron desesperados durante varias semanas, tras no poder localizarlo en la prisión de la región de Vladimir donde cumplía su condena. El 25 de diciembre, su vocera, Kira Yarmysh, anunció que lo habían encontrado en la colonia penitenciaria del extremo norte, que había recibido la visita de un abogado y que estaba bien. Pero durante sus años en prisión Navalny se había quejado reiteradamente de que le negaban tratamiento médico para los problemas de salud que padecía. Y en esas condiciones estuvo recluido durante meses en régimen de aislamiento.
Su espíritu de protesta no se apagó. En enero, hace pocos días, publicó un largo hilo en las redes sociales proponiéndoles a los votantes que en las próximas elecciones fueran todos a votar a la misma hora, al mediodía, como una forma de protesta contra Putin. “Será una protesta a nivel nacional, y es cerca de donde cada uno vive”, escribió Navalny. “Es algo que pueden hacer todos, estén donde esté. Millones de personas podrán participar. Y decenas de millones de personas más podrán verlo y atestiguarlo”.
Por David E. Hoffman y Harrison Smith
The Washington Post
(Traducción de Jaime Arrambide)
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