Armas nucleares, ciberdelitos y el sostén de Rusia y China: las cartas de Kim en una posible cumbre con Trump
El régimen norcoreano llega fortalecido por su mayor capacidad de disuasión, una economía clandestina que esquiva sanciones y el respaldo creciente de Moscú y Pekín
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Corea del Norte mantendrá sus armas nucleares “para siempre” y su condición de potencia nuclear es “irreversible”, afirmó el jueves pasado la canciller norcoreana, Choe Son-hui. Respondía así a la reunión trilateral de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur en Nueva York y al pedido del presidente surcoreano, Lee Jae Myung, ante la Asamblea General de la ONU, de una península libre de armas nucleares.
La declaración se produce en medio de la creciente preocupación internacional por el avance del programa nuclear de Pyongyang, que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) sigue de cerca.
Donald Trump, mientras tanto, sigue insistiendo en reunirse con Kim Jong-un para tratar la cuestión nuclear.

La singularidad de Corea del Norte es clave para entender qué está en juego. Un país aislado del mundo, sancionado por la ONU y con una economía mínima logró sostenerse y desarrollar armas nucleares. Su subsistencia se explica por tres vías. Hacia adentro, un gobierno que eliminó la competencia política y montó un gran dispositivo de control social. Hacia afuera, una diplomacia que explota la rivalidad entre China, Rusia y Estados Unidos. En el medio, una economía criminal. Y la militarización y las armas nucleares como cimientos del poder.
Un Estado construido sobre el control
Corea del Norte nació comunista en 1948 y se volvió dinástica. El actual líder supremo es nieto de Kim Il-sung, un capitán del Ejército Soviético que llegó al poder en 1945 y sentó las bases del régimen purgando todas las facciones del partido. Su legitimidad se apoyó primero en la promesa de prosperidad, pero se militarizó a medida que la economía empeoraba. La reforma constitucional de 1998 selló el proceso al declarar a Kim Il Sung “presidente eterno” y convertir a la Comisión de Defensa Nacional en el órgano supremo del Estado, algo que ningún Estado comunista había hecho. Es lo que hoy se conoce como sŏn’gun, “el ejército primero”.
Puertas adentro, la vida se ordena a partir de castas y el culto al líder. Desde 1957, el Songbun clasifica a los ciudadanos según su lealtad al régimen y determina el acceso a la educación, el empleo y el gobierno. La categoría se hereda por línea paterna y el castigo por desobediencia se transmite de generación a generación. Su expresión más radical son los kwanliso, campos para presos políticos cuya existencia el gobierno jamás admitió. Sin embargo, informes y testimonios de sobrevivientes y exguardias denuncian jornadas de más de 12 horas, adoctrinamiento y restricción alimentaria.

La vigilancia doméstica penetra a través del “Inminban”, una red de organizaciones vecinales que, aunque formalmente se ocupa de tareas comunitarias, controla quién vive en cada lugar, qué hace y quién lo visita. A eso se suma un bloqueo informativo casi total, sin libertad de expresión, prensa, religión, circulación ni asociación. El consumo de contenidos extranjeros, sobre todo surcoreanos, está penado.
Ese sistema tiene una lógica detrás. Según Luciano Lanare, presidente de la Asociación Argentina de Estudios Coreanos, la élite norcoreana leyó su propia historia como la de un país víctima del colonialismo japonés y construyó sobre esa lectura el “Juche”, la ideología oficial que predica la autosuficiencia. Ese modelo, dice, “con mayor o menor grado de represión interna, garantizó un alto grado de cohesión nacional”.
La bomba como garantía de supervivencia
En 2013, la Ley de Consolidación de la Posición de Estado con Armas Nucleares declaró a Corea del Norte “Estado nuclear pleno” y desde entonces esos supuestos se ampliaron hasta quedar incorporados a la Constitución. Para Lanare, esa convicción se construyó a partir de lo que la élite norcoreana vio en países como Afganistán, Irak y hasta Yugoslavia, donde interpretó las intervenciones de Estados Unidos y la OTAN como parte de una estrategia para ampliar su hegemonía. “La élite norcoreana entendió que el objetivo era la balcanización de los territorios y la generación de caos para utilizarlo como excusa de intervención. Ante eso, el antídoto era su programa nuclear”.

“La persistencia en exhibir y desarrollar su poder nuclear es su única y principal carta en el juego internacional de potencias”, agrega Mercedes Susana Giuffré, directora del Centro de Estudios de Corea y China y miembro del CARI.
Durante su anterior mandato, Trump se reunió tres veces con Kim. Antes del primer encuentro, en mayo de 2018, Kim destruyó parcialmente Punggye-ri, su complejo de pruebas nucleares, como gesto de confianza, aunque dejó intacta la zona subterránea.
Sin acuerdo, Pyongyang profundizó su programa nuclear. En 2022 reconstruyó el complejo y legalizó el uso preventivo de armas nucleares; en 2023 incorporó su estatus nuclear a la Constitución. En febrero, Kim declaró ante el Noveno Congreso del Partido de los Trabajadores que su estatus nuclear es “completa y absolutamente irreversible”. Aun así, dijo que no hay razón para no llevarse bien con Estados Unidos, siempre que Washington respete esa condición y abandone su política hostil.
Es difícil precisar cuántas armas tiene Corea del Norte desde que expulsó a los inspectores del OIEA en 2009. En agosto, Trump estimó 57 ojivas, frente a las 80-120 calculadas por el ministro de Defensa surcoreano, Ahn Gyu-back. El Sipri estimó unas 60 ensambladas en enero de 2026 y material fisible suficiente para producir al menos 30 más.
El 17 de septiembre, la Conferencia General del OIEA aprobó una resolución que expresa preocupación por el aumento de la actividad nuclear norcoreana. Obtuvo 103 votos a favor, 6 en contra y 14 abstenciones, con Rusia y China entre los países que votaron en contra. Su director general, Rafael Grossi, dijo que el organismo detectó indicios de que esa actividad sigue creciendo, aunque no tiene acceso directo y depende de imágenes satelitales e información pública.
Cómo sobrevive una economía aislada
Fruto del desarrollo de su programa nuclear y de misiles, Corea del Norte está bajo sanciones de la ONU que prohíben sus principales exportaciones y limitan sus importaciones de petróleo. Sin datos oficiales norcoreanos, el banco central surcoreano estimó que en 2025 el ingreso per cápita del Norte fue 28 veces inferior al del Sur y su comercio exterior, 429 veces más chico. Sin embargo, la economía creció 3,5%, tercer año consecutivo por encima del 3%, y el PBI real superó por primera vez el nivel de 2017, cuando se endurecieron las sanciones.

Buena parte de sus divisas proviene de los ciberdelitos. El régimen de Kim desarrolló un aparato para financiarse a través de criptomonedas que, entre otros mecanismos, infiltra trabajadores informáticos en empresas y suplanta identidades. Según Chainalysis, solo en 2025 robó 2020 millones de dólares, con un acumulado histórico de 6750 millones.
Este circuito empezó a investigarse con el Panel de Expertos de la ONU sobre Corea del Norte, que en marzo de 2024 estimó que los hackeos representan alrededor del 50% de los ingresos en divisas del país.
Rusia y China, la red que sostiene a Pyongyang
La guerra entre Rusia y Ucrania es un “muy buen negocio para los norcoreanos”, según Lanare. Tres meses después del veto ruso, Moscú y Pyongyang firmaron firmaron el Tratado de Asociación Estratégica Integral, que incluye asistencia militar mutua en caso de agresión externa.
El Equipo Multilateral de Monitoreo de Sanciones estima que el régimen de Kim le transfirió a Rusia más de 20.000 contenedores de municiones y al menos 100 misiles lanzados sobre Ucrania. Además, envió más de 14.000 soldados entre 2024 y comienzos de 2025. A cambio recibió sistemas de defensa aérea, equipos para bloquear comunicaciones y petróleo muy por encima del tope que fija la ONU. Lo más relevante para su programa nuclear es la retroalimentación sobre el desempeño de sus misiles, que mejoró su precisión.
China es otro sostén clave. Según Kotra, concentra el 98,2% del comercio exterior norcoreano, que el año pasado creció 16%. En junio, Xi Jinping viajó a Pyongyang por primera vez en siete años y ambos gobiernos anunciaron un “nuevo capítulo” en sus relaciones. Para Pekín, Corea del Norte es un Estado tapón y su colapso podría provocar un flujo de refugiados y acercar tropas estadounidenses a su frontera.
“China necesita ahora la cooperación de una Corea del Norte cuyo poder de negociación internacional aumentó gracias a Rusia”, explica Giuffré.

“Hay una simbiosis entre estos tres países para lograr beneficios mutuos y garantizar la estabilidad, o por lo menos un empate estratégico, en el Este de Asia”, sostiene Lanare. “Todo esto convierte a los norcoreanos en un actor relevante del nuevo mundo multipolar”.
La percepción de ese alineamiento está generando consecuencias en el Sur, donde el 80% de los surcoreanos cree que hay que desarrollar un arsenal nuclear propio. Para Bárbara Bavoleo, investigadora del Conicet y coordinadora del Centro de Estudios Coreanos de la Universidad Nacional de La Plata, “Corea del Sur viene invirtiendo en la mejora de su defensa, incluyendo la construcción de un submarino de propulsión nuclear”. Además, Seúl negocia pasar a dirigir los ejercicios conjuntos que hasta ahora conduce Estados Unidos. Pyongyang lo registra y lo usa como argumento.
El precio de volver a sentarse con Trump
Si la cumbre se concreta, el antecedente de las últimas tres décadas ofrece un patrón. Corea del Norte dialoga, hay intercambios y gestos, sube el optimismo, aparecen condiciones inaceptables y la conversación termina.
“Durante décadas, la estrategia de Pyongyang consistió en transformar su debilidad económica en capacidad de disuasión. Hoy Estados Unidos ya no negocia con una Corea del Norte que está simplemente intentando evitar el colapso, sino con un Estado que posee un instrumento nuclear consolidado”, explica Giuffré.
En paralelo, el presidente surcoreano, Lee Jae Myung, planteó un giro en una entrevista con The New York Times. Propuso aliviar o levantar las sanciones a Corea del Norte a cambio de que congele su programa nuclear, y dejar la desnuclearización como un objetivo de largo plazo. Según el diario, ya le presentó la idea a Trump. Para Lee, insistir en la presión máxima mientras se exige un desarme total no lleva a ninguna parte: hoy, dijo, “ambas partes mantienen objetivos inalcanzables y no hacen nada”.
Desde Pyongyang, la vara es mucho más alta. Lanare enumera lo que haría falta para que el régimen tuviera un incentivo real. “Primero, la salida de las tropas estadounidenses de Corea del Sur. Segundo, que la llamada comunidad internacional garantice la no modificación del artículo 9 de la Constitución japonesa de posguerra, obturando cualquier intento de rearme nipón. Tercero, el levantamiento de todas las sanciones de la ONU. Y cuarto, que se garantice a la élite norcoreana su supervivencia política.” Son condiciones que Washington, Seúl y Tokio hoy consideran inaceptables.
