
Casi mil años de rebeliones y odios
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"¡El Ulster luchará!" No es de ahora el grito de guerra lanzado por un gran político inglés, cuando el primer ministro Gladstone propuso la autonomía para Irlanda, en 1886. Aquel político era lord Randolph Churchill (1849-1895). Ese slogan, tomado por los orangistas de entonces, hacía juego con otro, pegadizo en inglés pero que pierde ritmo en castellano: "Home rule is Rome rule" (la autonomía es el gobierno de Roma), dando al enfrentamiento un carácter religioso entre católicos y protestantes que hace perder de vista la cuestión de fondo.
Cincuenta años después de muerto aquel Churchill, su hijo Winston, al terminar la Segunda Guerra Mundial, en su discurso de la victoria, en mayo de 1945, reprochó a Irlanda el no haber participado en aquella gesta. El presidente irlandés Eamon de Valera le replicó en un mensaje de gran dignidad, haciéndose eco de los sentimientos de su pueblo.
En realidad, la forzada convivencia de los irlandeses con sus conquistadores durante más de nueve siglos puso algo de manifiesto con claridad indiscutible: los ingleses son ingleses y los irlandeses, irlandeses. Se podrían glosar aquí las palabras de Rudyard Kipling: "Irlanda es Irlanda, Inglaterra es Inglaterra y nunca se podrán entender una y otra".
Durante mucho tiempo se pensó que, con una Irlanda independiente, el problema de la reunificación de la isla se resolvería por sí solo con el paso del tiempo, y recuerdo una discusión al respecto con mi amigo irlandés Juan Scanlan, en 1969, justo antes de que renaciera la violencia. Hace unos meses, la votación mayoritaria por una solución pacífica tanto en la república (26 condados) como en el Ulster (6 condados) abrió la puerta a un vuelco favorable y una ola de optimismo invadió al mundo entero, por no hablar de Irlanda misma. Fue prematuro.
Dos reyes y un mendigo
En 1155, ni el más imaginativo escritor de ciencia ficción hubiera podido concebir que Inglaterra sería importante alguna vez, pero la sagacidad del rey Enrique II viajó al futuro aprovechando el presente: la elección de Adriano IV (Nicholas Brokespeare), el único papa inglés (1154-1159), y le pidió que le concediera Irlanda. Adriano, hijo de un mendigo y mendigo él mismo en su juventud, dictó de inmediato la bula Laudabiliter, que legalizó las pretensiones del monarca. Todos eran católicos entonces, pero eso no tenía importancia. Con una rapidez digna de épocas más tecnológicas, todo salió en un año: elección, noticia y bula. Resulta grotesco que haya sido la decisión arbitraria de un papa patriota y de un rey audaz la endeble base jurídica de la presencia inglesa hasta hoy. Poco después se dio una de esas coincidencias que los buenos políticos nunca pasan por alto. El destronado rey Dermont de Leinster, el architraidor de la historia irlandesa, pidió la ayuda inglesa para recuperar su reino (1169). Ya en 1170 no sólo se había formado un ejército, sino que habían caído Dublín y otras ciudades. Inglaterra iniciaba, con un país vecino, su historia colonial.
El avance inglés fue lento y penoso. Los conquistadores eran pocos y rápidamente el medio los absorbió.Londres intentó impedirlo, a través de la prohibición de casarse con nativos, de hablar irlandés y de vestir ropas nacionales pero, de hecho, "se volvieron más irlandeses que los mismos irlandeses".
Por lo demás, la violencia de hoy no fue menor en la Edad Media, cuando los nativos se quejaron al papa de que en la zona inglesa no tenían seguras ni la vida ni la propiedad. No es de extrañar entonces que cada tanto se produjeran alzamientos. Enrique VIII intentó ganarlos. Fracasó. Fue su hija María, católica fanática, la que inició un nuevo sistema: confiscar las tierras y llevar colonos ingleses. El sistema duró un siglo. Jacobo I lo amplió con un plan más ambicioso.
Hasta entonces, el bastión de resistencia era el Ulster, la provincia más guerrera y más tradicionalista. La quebró confiscando la tierra y llevando colonos protestantes de Inglaterra y de Escocia. Los irlandeses quedaron como arrendatarios y peones (1609). Cromwell, protestante fanático, fue más allá. Expulsó a los irlandeses de tres de las cuatro provincias de la isla. Les dejó una, Connaught. Fue terminante: allá "o al infierno".
La Irlanda actual data de entonces. Los protestantes de hoy son los descendientes de aquellos colonos que recibieron las tierras confiscadas a los católicos y toda suerte de privilegios. La nación irlandesa pasó a ser un pueblo de mendigos y de campesinos miserables que cada tanto se alzaba en violentas rebeliones -todas vencidas-, hacía atentados y se aliaba con cualquier enemigo de sus amos.
El cine ha mostrado la dureza del trato dado a los nativos. Un ejemplo es el caso histórico de un juicio escandaloso reflejado en la película "En el nombre del padre".
Sin embargo, aunque a corto plazo se puede ser pesimista -ésta es la hipótesis-, hay, por primera vez en siglos, signos de cambio. La mayoría protestante votó por la paz. Eso fue mucho. No pueden cambiarse casi mil años de odio sólo con una elección.


