Cómo se construyó el nuevo milagro italiano
Motores: el saneamiento fiscal y la exitosa lucha contra la corrupción fueron las bases para el crecimiento económico.
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BERGAMO.- Para tener una idea del ritmo económico italiano y de la vocación europea de este país, pocas evidencias son tan impresionantes como la de pararse un rato al borde de la autopista Milán-Venecia, por donde fluye a raudales la savia de la vitalidad industrial de este corazón europeo.
Camiones, fábricas, depósitos y oficinas de todo tipo explican gráficamente por qué esta pequeña región del norte de Italia -Lombardía, Veneto y Piamonte- genera un producto bruto superior al de la Argentina. Entre grandes y pequeñas empresas, resueltamente orientadas a colocar sus productos en todos los mercados del mundo, la bonanza italiana de estos días se mide allí mejor que en ninguna otra parte.
Muchas cosas han cambiado para mejor, en los últimos dos años, en Italia. En todos los niveles empresariales se escuchan loas a la gestión político-económica del trío clave del saneamiento de las cuentas públicas: el jefe del gobierno, Romano Prodi; el superministro de Economía, Carlo Azeglio Ciampi, y el canciller, Lamberto Dini.
Los tres provienen del ámbito económico. Prodi fue un hombre de la siderurgia y titular del Instituto de la Reconstrucción Industrial;Ciampi y Dini trajeron, en complemento, sus reputadas carreras como hombres de las finanzas públicas.
En sólo dos años lograron reducir drásticamente el déficit público y ajustarse así a las normas que exigía el Tratado de Maastricht para el lanzamiento de la moneda común europea.
El efecto económico del saneamiento fiscal ha sido espectacular. Todos los indicadores italianos se encuentran hoy en muy buena posición y explican la notoria reducción del desempleo en el Norte industrial, aunque aún se midan niveles altos de desocupación en el crónico problema del sur italiano.
Nueva situación
Pero hay algo más, de extrema importancia, que los simples indicadores económicos. La recuperación italiana de estos días es también el positivo efecto de largo plazo de lo que significó todo el período de lo que se llamó aquí mani pulite (manos limpias), o sea, la reacción conjunta de la sociedad contra la corrupción en el Estado y sus ramificaciones en las empresas y los contratos públicos.
Nos lo explica, por ejemplo, en la mayor empresa industrial de este rincón lombardo, el titular de la siderúrgica Dalmine, Alberto Valsecchi: "El gran impacto del mani pulite en Italia fue que se frenaron todas las obras públicas porque ninguna empresa privada quería ya estar bajo sospecha por tener contratos con el Estado".
"Así, gran parte de la actividad privada italiana se reorientó más que nunca hacia el mercado internacional, y el resultado es que hoy tenemos una economía mucho más activa y genuina que en los tiempos en que se establecían los contratos con el Estado. Aumentó la exportación pero, sobre todo, la eficiencia de la economía."
El ejemplo italiano
Valsecchi representa un caso de especial interés en Italia, pero también para la Argentina. Nacido en esta ciudad, pero radicado en la Argentina desde su infancia, volvió a su país de origen para hacerse cargo de la dirección de esta ex empresa estatal, privatizada en 1996 y adquirida por el grupo argentino Techint.
La privatización de Dalmine -un gigante con más de 4000 empleados en su planta de Bérgamo- fue un símbolo de la voluntad de saneamiento en Italia, pero también el primer gran caso (junto con el de YPF al adquirir Maxxoil) de una empresa argentina que compra un grupo extranjero de dimensión mundial.
Desde la privatización, Dalmine ha incrementado significativamente su producción y sus resultados financieros positivos.
En conjunto con la producción de acero de la Argentina y México, el grupo representa el 12 por ciento del mercado mundial de tubos de acero. Y la actividad en Italia marcha viento en popa.
Casi un 20 por ciento de aumento en un año, y con una perspectiva de recuperación sólida en Italia y en toda Europa occidental, según estima Valsecchi.
Como empresario de formación argentina, Valsecchi ofrece además dos importantes experiencias para nuestro país: "La primera es advertir hasta qué punto una empresa italiana piensa siempre en el mercado mundial, algo que a una empresa argentina todavía le cuesta.
Y en segundo lugar, lo asombroso de Italia es la vitalidad de todas sus pequeñas empresas, que actúan en todo el mundo".
"Hace pocos días fui a visitar a un pequeño proveedor de válvulas para garrafas. Son dos hermanos y una fábrica con 10 empleados, y resulta que son líderes mundiales en esa especialidad".
Esos ejemplos abundan en toda Italia.En Treviso, una pequeña empresa especializada en controlar plagas de topos ganó una licitación para combatir las ratas en Nueva York.
Otra pequeña empresa familiar, especialista en cerramientos, obtuvo recientemente una licitación rusa para renovar todos los ventanales del Kremlin. Y la lista puede seguir infinitamente.
Los efectos de la prosperidad italiana también se notan en el consumo. En Padua, uno de los directores de la representación de Porsche en Italia, Mauro Gentile, nos explica que las ventas de los poderosos autos alemanes son el mejor indicador de la economía de Italia: "Vendimos 800 Porsche en 1996, 1400 en 1997 y superaremos esa cifra en 1998".
La confianza de los italianos en su economía se apoya también fuertemente en la pertenencia al conjunto europeo.
Según observa Valsecchi, "el italiano en general tiene poca confianza en el gobierno y por lo tanto ha visto con optimismo que las reglas de seguridad y saneamiento económico provengan desde afuera, como una obligación para la Europa integrada. Por eso, el calendario del euro es lo que más ayudó a Prodi para el saneamiento que pudo hacer".
El apoyo de la opinión pública italiana a la construcción europea es un dato de importancia. La última encuesta realizada por la consultora Eurobarometer demostró que Italia es el país que más apoya la puesta en marcha de la moneda común: 80 por ciento de respuestas positivas contra sólo el 16 por ciento de rechazo.
Detrás de Italia, Irlanda, Luxemburgo, España, Grecia y Francia son los que siguen en la lista, con la mayoría a favor del euro.
En el otro extremo, en cambio, figura el Reino Unido, con un 60 por ciento de opiniones en contra de la moneda común. No es casual, entonces, que los británicos se mantengan, por ahora, fuera del euro.


