
Cristina e Iñaki tuvieron una boda perfecta
El rey Juan Carlos se emocionó; la joven pareja fue aclamada
1 minuto de lectura'
BARCELONA, 4.- Nada falló. Ni el tiempo. El enlace entre la infanta Cristina (13 de junio de 1965, madrileña) e Iñaki Urdangarín (13 de enero de 1968, vasco), desde hoy duques de Palma de Mallorca, funcionó como una perfecta máquina aceitada.
Reyes y príncipes viajaron hasta los lugares de las ceremonias y las fiestas en autobuses desde el Hotel Arts, donde vivía la mayoría. Quienes se hospedaban en otros lugares iban hasta el hotel como en un tour organizado para japoneses, para tomar los medios colectivos, único método inteligente para evitar un caos en la ciudad si cada uno de los mil quinientos invitados hubiese utilizado un vehículo propio. Solamente la trayectoria de la pareja estuvo cerrada y era posible moverse con relativa soltura utilizando las calles adyacentes. O en subterráneo.
Anoche, para el espectáculo de fuegos artificiales y música romántica, algo difícil de contar y menos para un cronista que ama esa pirotecnia festiva, se congregó más de medio millón de personas. ¿Cuántas se situaron a lo largo del recorrido de los primero novios y desde las 12.05 esposos? Difícil una estimación.
Dos desmayos
Para una ceremonia nupcial que empezaría a las 11, los invitados comenzaron a llegar después de las 9.30 a la catedral gótica de Barcelona.
Al cabo de cierto tiempo, y ya casi lleno, el calor que afuera mitigaba cierta brisa convirtió al templo en un horno de pan. Las previsoras que habían llevado abanicos movían el aire tórrido estimulando alivios más psicológicos que reales.
Pilar Ibáñez Martín, esposa del ex presidente del gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, cuya tradicional impavidez parece hacerlo inmune a la temperatura, sufrió un desmayo y tuvo que abandonar el templo con su marido. Fernando Barbeito, sin duda más joven y más robusto, que juega en el equipo de handbol de Iñaki Urdangarín, también se sintió mal y salió ayudado por un amigo, aunque regresó al poco tiempo. No así la mujer de Calvo Sotelo. Ni él, obviamente.
La ceremonia la ofició el cardenal y arzobispo de Barcelona, Ricard María Carlés, que leyó una homilía muy previsible sobre las virtudes del matrimonio, el amor y el amor a Jesús y a su Iglesia. Todo transcurría como diseñado. Aunque hubo algunos momentos singulares.
La emoción del padre
Recordamos que hace dos años, cuando se casó la infanta Elena olvidó pedir autorización al rey para pronunciar el "sí".
No le sucedió a Cristina, que volviéndose hacia su padre le hizo una suelta y graciosa reverencia. Juan Carlos entonces movió la cabeza afirmativamente, pero su cara reveló el esfuerzo para contener las lágrimas. Lo consiguió parcialmente.
En otro momento, la televisión registró un instante brevísimo de ternura cómplice. Al decir el sacerdote que unieran sus manos, se vio que la de Urdangarín apretaba por dos veces, muy rápidamente, una de las de Cristina.
Ida y vuelta
Después de los invitados, y entre vítores de la gente que se apiñaba en torno del ingreso en la catedral, llegaron los miembros de la familia real, menos, por supuesto, la novia con el rey, que lo hicieron quince minutos después del novio.
El regreso, ya casados, fue el propicio para que la gente dejara ir sus entusiasmos. En un Rolls-Royce descapotable fueron primero a la basílica de la Mercé. Dedicada a la Virgen en el siglo XVII, cuando Barcelona sufrió una terrible invasión de langostas. Fue una fiesta popular y no era muy difícil acercarse a este pequeño templo donde esperaban no solamente los representantes del gobierno municipal, sino la banda municipal de Barcelona, que interpretó la sardana (baile popular catalán) La Santa Espina.
Pero luego de que la novia ofrendó su ramo de flores a la Virgen, al salir se encontraron con dos "castells", unas pirámides humanas cuya cúspide coronan chicos. De ahí volvieron al automóvil para ir al gran almuerzo en el Palacio de Pedralbes.
A marcha muy lenta, con cinco lanceros en caballos blancos delante y veinticuatro coraceros en caballos tordillos detrás, recorrieron primero Via Laietana, en los aledaños del Barri Gótic, y luego el Passeig de Grácia, ejemplo del modernismo catalán, pariente noble del art déco.
"Felicitats"
La gente arrojaba las flores a su paso, gritaba "felicitats" o "felicidades" o voceaba los nombres de ambos, que saludaban sin cansarse a la gente, ya más distendidos.
Era el contacto de los habitantes de una ciudad por índole poco inclinados a estas efusiones y sin embargo, en abrumadora mayoría, felices de que esta madrileña y este vasco hayan elegido Barcelona como residencia inmediata y donde viven desde hace cinco años ella y desde que tenía seis él.
Corta luna de miel: la infanta sólo tiene quince días de permiso en la Caixa donde trabaja e Iñaki tendrá que reunirse con su equipo en un tiempo parecido. Se ignora a dónde irán. Lo que es seguro es el viaje a Roma, donde los recibirá el Sumo Pontífice en audiencia privada.
La trastienda de la ceremonia
BARCELONA, 4 (De nuestro corresponsal).- Nos quedamos de una pieza cuando supimos (oralmente, por ahí no lo hemos escrito correctamente) que en el "convite" se sirvió "quinoa". Según parece, se trata de un cereal del altiplano de Bolivia, de origen antiquísimo. Participó este toque latinoamericano de un primer plato de verduras (ella es vegetariana) seguido de un lomo de lubina y de un soufflé de langostinos. Chocolate amargo como ingrediente fundamental del postre. La gran torta nupcial no fue cortada por los novios. Vinos de Rioja, tinto, y de Rueda, blanco. Y la correspondiente copa de cava para brindar.
***
El Rolls-Royce descapotable que usaron los novios se llama Phantom, un nombre que parece congenial porque fue Franco quien hizo comprar este modelo de 1948 y ha quedado para los jefes de Estado españoles. Por 1953 se le hizo una carrocería blindada. Sólo hay otros 17 en todo el mundo. Los novios se negaron, a pesar de que estaba previsto, al abandonar el Paseo de Gracia rumbo al Palacio de Pedralbes, a utilizar la capota.
***
La única en llegar con vestido largo (la indicación era el corto, como llevaba la reina) fue Claire Limbaert, la madre, belga, de Iñaki. Causó cierto mesurado estupor. De acuerdo con los especialistas, la mejor vestida fue la ex emperatriz Farah Diba. Se vio una sola mantilla española y, en cambio, capelinas para todos los gustos. Incluso una que superaba la anchura de sus hombros: los de la infanta Elena. Los hombres, todos de chaqué negro menos el príncipe Alberto de Mónaco, que llevaba uno gris perla. Causó algunas críticas el atuendo de la esposa del presidente del gobierno, José María Aznar, que es bajita y redondita. Decían que estaba pensado para una mujer alta y muy delgada. El color del vestido y la gran capelina de Ana Botella era... verde botella.
***
La infanta estaba de una desarmante sencillez. Sedas con diseños de flores, hombros apenas descubiertos y tul de Bruselas que Iñaki le acomodaba cada tanto. Las únicas joyas, una diadema de oro y plata y aros. Ambas, herencia familiar de Victoria Eugenia.






