
Cuando el sonido es esperanza
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ESTAMBUL.- En estos días de pesadilla, para quienes han perdido a sus familiares en el terremoto que sacudió a Turquía el martes último, casi lo único que les devuelve la esperanza es el ladrido de los perros.
No el de los lobos y chacales, que llegan atraídos por el hedor de los cadáveres en descomposición -y que obligaron anoche a que la gente durmiera munida de piedras y cuchillos para ahuyentarlos-, sino el de los sabuesos de los socorristas.
Cada vez que ladran, lo más probable es que hayan encontrado vida bajo los escombros. Así sucedió ayer en Adapazari, donde cuatro personas aparecieron vivas en las ruinas de una casa. En Golcuk, ayudaron a encontrar a 22 personas vivas en las ruinas de la base naval.
Pero el milagro fue más impactante aún en esa ciudad cuando un perro aulló hasta que los socorristas lograron dar con un bebe de quince días, salvado tras ocho horas de esfuerzo.
Bruno, un perro alsaciano de las cuadrillas españolas de rescate, es uno de los que más "éxitos" ha obtenido. "El tiempo que permiten ahorrar es crucial", dijo su entrenador, Kaya Serdar, a la cabeza de un grupo de socorristas que ayer se ocupó de un edificio de 350 departamentos en Estambul.
Teléfonos celulares
Otro sonido que jamás volverá a molestar a Nazar Aleheri y su esposa, Seraff, de 30 años, es el del teléfono celular, que para ellos significó la diferencia entre la vida y la muerte cuando lograron llamar a la policía de Izmit y ser rescatados, en una ciudad donde muchas líneas están cortadas.
Algo similar le ocurrió a Asuman Toraman, que permaneció atrapada bajo las ruinas de su casa durante dos días, y que logró alcanzar su celular y llamar por teléfono a su hermano y le dijo: "Estoy bien, mi marido está junto a mí, vengan a buscarnos".
También fue el caso de una mujer enterrada bajo un edificio de cinco pisos, en Golcuk, que logró localizar a su hermano, que trabaja en un equipo de rescate.
Es que, en medio de la desesperación, todas las estrategias de supervivencia son válidas. Bahriye Capoglu, una mujer de 67 años, fue rescatada en Adapazari 61 horas después del sismo, cavando hacia abajo para hacerse espacio y gritando cada vez que escuchaba ruidos. Como explicó Nazar Aleheri, celular en mano, "en esos casos el silencio era lo peor: significaba la muerte".
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