Dichato, el pueblo que quedó "al revés"
Con viviendas bajo el agua y barcos en tierra firme, ya nada es lo que era en el pequeño sitio turístico costero tras el devastador tsunami
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DICHATO, Chile.- Hasta hace una semana, el pueblo costero de Dichato era uno de los destinos preferidos del turismo de la zona. Pero después del arrollador paso del tsunami, se convirtió en el reino del revés.
Todo aquí parece haber sido centrifugado por una fuerza incontenible y los restos desparramados al azar. Hay barcos en el campo y sobre los techos de las casas, lanchas encalladas en el pavimento al lado de autos abollados y cabañas hundidas en el mar.
Situado a menos de 100 kilómetros del epicentro del terremoto que el sábado pasado devastó la zona central de Chile, ya nada es lo mismo en Dichato, ya nada es reconocible. Más de 800 viviendas fueron destruidas por las olas asesinas y los habitantes de la región comenzaron a llevar víveres, agua y ropa para los damnificados, ante un plan de ayuda del gobierno que se demora.
"Somos todos iguales ahora, pobres y ricos, grandes y chicos. Con esto nos damos cuenta de que todos somos igual de vulnerables", dijo a LA NACION Alejandro Fuentealba, un vendedor de la ciudad vecina de Chillán, mientras caminaba sobre lo que alguna vez fue su casa de verano y ahora no es más que unos cuantos tablones de madera, un sillón desvencijado por el mar y algo que parece haber sido una biblioteca.
A medida que uno más se acerca a la costa, más fuerte es la destrucción y más surrealista el paisaje. En la pileta de una de las pocas casas que resistieron el embate del mar, corvinas que trajo la marejada nadan entre los escombros sumergidos. Al lado, un auto apoyado de canto hace de columna de una casa que, inexplicablemente, quedó montada a caballo de otra.
"Yo vivía en una cabaña a media cuadra del mar, y después del sismo [de la madrugada del sábado], me fui de inmediato al cerro, porque vi el agua recogerse y sabía que después viene un tsunami. Cuando volví, varias horas después, encontré mi casa a cuatro cuadras de la costa", contó Juan Pablo de La Sota, desconcertado y sin las coordenadas de su pueblo, que prácticamente desapareció.
A su alrededor, redes de pescadores, algas y algunos pescados en descomposición descansan junto a un horno, restos de comida y un reloj de pared que se detuvo a la hora del sismo: las 3.36.
Una pesadilla
"Estaba durmiendo cuando todo empezó a temblar. Al principio pensé que todo era un sueño, o más bien una pesadilla, hasta que me desperté, agarré ropa y me fui con mis padres a buscar el auto para subir al cerro", recordó Carlos Castillo, un estudiante de medicina de 18 años.
"El remezón fue fuerte, algo fuera de lo común en Dichato, y al cabo de una hora vimos desde lo alto cómo el mar empezó a subir. No fue una ola, fue una marea alta de 3 o 4 metros sobre el nivel del mar. Lo mismo se repitió cuatro veces, y recién volvimos a la casa a las 7 de la tarde del día siguiente", contó.
Al igual que la gran mayoría de los pueblitos costeros de la región, fue el arrollador ingreso del mar y no el sismo de 8,8 grados en la escala de Richter lo que destrozó todo. Dichato quedó dos días aislado tras la tragedia, sin comunicaciones ni accesos terrestres. Sin agua potable ni electricidad.
En esos primeros días después de la catástrofe, los ladrones eran quienes mandaban en este reino del revés. Con los bomberos locales sobrepasados y los carabineros inmovilizados tras haber perdido sus base de operaciones y casi todos sus vehículos, los saqueos se multiplicaron.
"Al día siguiente del tsunami me robaron mi casa. Se llevaron todo", contó Franco Reyes, un habitante de Dichato.
Con la instalación del toque de queda, que rige de las 18 hasta el mediodía del día siguiente, el pueblo recuperó la seguridad, pero las otras carencias son todavía demasiado graves.
"Recién ahora está empezando a llegar la ayuda, sobre todo gracias a particulares de Chillán. Nos traen alimentos, agua, ropa. El gobierno, todavía nada", afirmó Franco Reyes, parado frente a la parroquia de Dichato, convertida en base de operaciones de uno de los tantos grupos de voluntarios que se instalaron en la zona para administrar la ayuda.
En esta ciudad donde nada es lo que solía ser, el altar de la parroquia quedó sepultado por una enorme pila de ropa donada, al igual que sobre los bancos. En los costados del templo religioso, botellas de agua, paquetes de fideos, leche en polvo y pañales esperan ser distribuidos.
"Somos un grupo de amigos de aquí cerca, de la ciudad de Chillán, y pensamos que la mejor manera de solidarizarse con esta pobre gente es traer alimentos. Lo nuestro no es más que un pequeño grano de arena en esta enorme situación de necesidad", dijo a LA NACION Víctor Moyano, un profesor universitario que trajo en su camioneta manzanas, tomates, pañales y carpas para la gente que perdió su casa. Y que este fin de semana podría volver a padecer el agua, aunque esta vez de la lluvia que está pronosticada.
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