Dos países, dos democracias en juego
Israel y EE.UU. celebran elecciones de enorme trascendencia en las próximas semanas
8 minutos de lectura'
WASHINGTON.- El 27 de octubre y el 3 de noviembre de 2026 se perfilan como dos de las fechas más importantes en la historia de dos de las democracias más relevantes del mundo: Israel y Estados Unidos. Esos países celebrarán elecciones de enorme trascendencia en esas fechas, con apenas una semana de diferencia entre sí. ¿Por qué son tan importantes? Porque lo que está en juego en ambos lugares no es solo el futuro político del presidente Donald Trump y del primer ministro Benjamin Netanyahu. Lo que está en juego es el futuro de la democracia en ambos países.
Comencemos por las elecciones israelíes, que tendrán lugar primero. Netanyahu gobierna en coalición con supremacistas judíos a quienes un exjefe del Mossad describió alguna vez como peores que el Ku Klux Klan. Si son reelegidos, es muy probable que completen su proyecto de socavar a la fiscalía general independiente de Israel y a su Tribunal Supremo. Después vendrían la anexión de Cisjordania y la Franja de Gaza y la limpieza étnica de palestinos en ambos territorios. Y entonces, Israel como democracia dejaría de existir.
Desde hace varios años, Moshe Ya’alon, un reflexivo exministro de Defensa de centroderecha que sirvió bajo Netanyahu, viene expresando su alarma por el rumbo que tomó el gobierno israelí. Como informaron mis colegas de The New York Times en Israel, Ya’alon ha llevado recientemente sus advertencias a un nivel extraordinario, comparando la ideología de los colonos extremistas israelíes en Cisjordania con la de la Alemania nazi.
“¿Qué es la supremacía judía?”, preguntó recientemente Ya’alon en el portal israelí Ynet. “Ochenta años después del Holocausto, es ‘Mi lucha’ al revés. La raza superior somos nosotros”.
Se trata de una señal de alarma ensordecedora. La sociedad israelí sigue demasiado traumatizada por la guerra de Gaza como para lanzarse directamente a nuevas negociaciones de paz con los palestinos. Pero no tengo dudas de que, si la oposición a Netanyahu, encabezada hoy principalmente por el exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel Gadi Eisenkot, un hombre muy decente y con mucho en común con Yitzhak Rabin, logra imponerse el 27 de octubre, al menos se detendrá el vergonzoso pogromo que Netanyahu ha permitido que los colonos judíos perpetren en Cisjordania, y Trump tendrá un socio israelí dispuesto a hacer un esfuerzo sincero para aplicar su plan de paz para Gaza. Trump sería un completo necio si respaldara a Netanyahu, que ha hecho todo lo posible por frustrar su iniciativa para Gaza.
Para conservar a sus socios de coalición, mantenerse en el poder y dilatar su juicio por múltiples cargos de corrupción, Netanyahu ha estado dispuesto a sacrificar cualquier valor central de Israel y a bloquear cualquier plan de paz impulsado por Estados Unidos. Más recientemente, trabajó intensamente para eximir del servicio militar a miles de jóvenes ultraortodoxos y destinó millones de shekels a sus escuelas, que no enseñan habilidades para la vida moderna ni capacidades laborales, en un momento en que el ejército israelí enfrenta una escasez de soldados.
El presidente menos estadounidense
Aunque me preocupan las elecciones en Israel, me preocupan mucho más las de mi propio país. Trump es el presidente menos estadounidense de toda mi vida. Ningún mandatario ha hecho tanto, ni sigue haciendo tanto, para desmantelar las instituciones y alianzas creadas tras la Segunda Guerra Mundial por sus predecesores.
Hablamos de la OTAN, las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, el TLCAN, las estrechas relaciones con Canadá y México, y las alianzas militares con Corea del Sur y Japón, por nombrar apenas algunas. Todas estas relaciones e instituciones produjeron conjuntamente prosperidad global y estadounidense, así como paz entre grandes potencias durante generaciones.

Sin embargo, Trump y quienes lo respaldan están desmontándolas sistemáticamente en nombre del lema “Estados Unidos primero”, pero con el resultado de terminar dejando a Estados Unidos solo y, eventualmente, en declive.
Lo que me resulta particularmente repugnante es la complacencia de Trump con el dictador ruso Vladimir Putin, quien no solo ha intentado destruir a Ucrania como Estado soberano, sino que además ha trabajado para sabotear a la OTAN y a la Unión Europea, dos pilares fundamentales de la seguridad y prosperidad occidentales.
Recientemente, Putin se jactó de haber ayudado a Irán en su guerra con Estados Unidos en el Golfo Pérsico, suministrándole activamente equipamiento “necesario” y bienes esenciales. Putin no deja de escupir sobre Estados Unidos, y Trump sigue diciéndoles a los estadounidenses: “Tranquilos, amigos, solo está lloviendo”.
Trump nunca ha presentado honestamente la guerra en Ucrania. Lo que estamos presenciando es el intento de Putin de destruir una democracia europea vital. ¿Por qué? ¿Cómo se explica la inquebrantable afinidad de Trump con Putin? La verdad siempre estuvo a la vista: Trump, a diferencia de todos sus predecesores, no considera que la democracia sea un valor esencial. Prefiere la compañía de figuras como Putin y Kim Jong-un.

Es fácil entender por qué. Según un informe reciente de mi colega del Times Eric Lipton, “nunca antes en la historia estadounidense hubo algo como Donald J. Trump, un presidente que durante su primer año de regreso en la Casa Blanca obtuvo alrededor de 1400 millones de dólares en nuevos ingresos provenientes de negocios de criptomonedas que se beneficiaron directamente de sus acciones como presidente”, de acuerdo con una declaración financiera publicada el 30 de junio.
Si el partido de Trump prevalece en noviembre, su esfuerzo en múltiples frentes para debilitar las instituciones democráticas de Estados Unidos y el Estado de derecho casi con certeza entrará en una fase mucho más agresiva.
“En este momento, Trump es impopular y por lo tanto es débil”, dijo Ian Bassin, director ejecutivo de Protect Democracy, una organización sin fines de lucro que lucha por la integridad electoral. “Se asume que su proyecto ha fracasado políticamente, que ya es noticia vieja”. Pero si los republicanos ganan, “eso cambia los incentivos para todos”, sostuvo Bassin, desde los legisladores republicanos hasta los empresarios tecnológicos de Silicon Valley. Todos serán aún más sumisos, permitiendo que Trump actúe con todavía menos restricciones.
“Ese es para mí el peligro más grave”, afirmó Bassin.
En otras palabras, si logra un éxito en las elecciones de medio mandato, Trump se sentirá más fortalecido y respaldado que nunca, en un momento en que muestra un evidente deterioro físico y mental; cuando estamos en medio de lo que puede ser la mayor transformación tecnológica de la historia humana, con el surgimiento de agentes y robots de inteligencia artificial capaces de mejorarse a sí mismos; cuando el cambio climático, cuya existencia niega, vuelve el clima más cálido e inestable; cuando ha alienado prácticamente a todos los aliados históricos de Estados Unidos, incluso Canadá; cuando está atrapado en una guerra con Irán que consume recursos militares estadounidenses y que es conducida por un personaje al que considera un payaso, Pete Hegseth; y cuando China se adueña del mercado mundial de vehículos eléctricos mientras el presidente intenta apropiarse del petróleo de Venezuela.
Hace un año escuché a uno de nuestros expresidentes decir en privado que podríamos sobrevivir a un segundo mandato de Trump siempre y cuando nuestras instituciones permanecieran intactas. Pues bien, lamentablemente, ya no lo están. ¿Quién puede sostener hoy que el Departamento de Justicia, convertido en un arma legal personal del presidente, sigue intacto? ¿O que el Departamento de Salud y Servicios Humanos, el Pentágono, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades o la Comisión Federal de Comunicaciones continúan funcionando con normalidad?
Reparar estas instituciones y devolverles un mínimo de independencia, poniéndolas nuevamente en manos de verdaderos expertos, será mucho más difícil de lo que la gente imagina. Lo mismo ocurre en Israel, donde Netanyahu ha colocado a funcionarios dóciles y aliados personales en lo profundo de la burocracia estatal e incluso dentro de las instituciones de seguridad nacional.
Todos los estadounidenses y todos los israelíes deberían reflexionar sobre estas cuestiones al entrar al cuarto oscuro. Ningún enemigo extranjero es lo suficientemente poderoso como para destruir estas dos democracias, ni Irán, ni Rusia, ni nadie. Solo las fuerzas internas pueden hacerlo. Solo la autodestrucción puede lograrlo.
Y no tengan dudas: la autodestrucción está en la boleta electoral en ambos países.


