
Drama de un granjero blanco en el Africa
Por Bert Roughton Jr. De The New York Times
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LONDRES.- A fines de febrero me senté un día con Iain Kay en la galería de su casa, en la granja Chipesa, en el sur de Zimbabwe.
Hacía calor. Bebimos cerveza fría y nos sentamos a contemplar la fértil tierra africana. Chipesa es una propiedad rica, de unas 2000 hectáreas, en su mayor parte dedicadas a la explotación ganadera y al cultivo de tabaco, maíz y paprika, situada a unos 70 kilómetros de Harare, la capital.
Kay tiene 51 años, es un hombre alto, delgado, con barba. Es también un líder de la oposición al presidente Robert Mugabe. Mientras contemplaba sus tierras, sus ojos reflejaban una expresión de amor y de tristeza. Si tenía alguna premonición de lo que estaba por ocurrir, no dio se- ñales de ello. Yo estaba en Zimbabwe para escribir acerca del drama de los niños africanos cuyos padres han sido víctimas del SIDA. Su esposa, Kerry, es una luchadora contra ese flagelo y era la razón principal de mi visita a la granja.
Mugabe está impulsando leyes para exigir a los granjeros blancos que entreguen sus tierras al gobierno sin compensación, para que así la tierra pueda ser redistribuida a los negros.
Los habitantes locales ven a Kay como alguien importante y generoso que se ha preocupado por el cuidado y la educación de los trabajadores y de sus hijos. Y Kay parecía estar atormentado por el estado de su país. Me confesó aborrecer la política. La considera una parte sucia y, sin embargo, inevitable de su vida. Detesta a Mugabe, quien conquistó su reputación de líder durante la guerra de su país en la década de 1970 para poner fin al régimen blanco de Rhodesia. Como muchos en Zimbabwe -blancos y negros-, Kay cree que ha llegado el momento en que Mugabe ponga fin a su reinado de 20 años.
En su opinión, Mugabe es un líder deficiente que desperdició los vastos recursos de la nación debido a su mala administración y a una aventura militar sin sentido contra el Congo.
Los herederos
La familia de Kay provenía de Escocia. Pero él es de Zimbabwe y opina que éste es tanto su país como lo es de Mugabe. Pese a ello, el presidente y sus seguidores lo tratan como un invasor extranjero. Unos 75.000 blancos viven entre los 11 millones de habitantes del país. Son gente que heredó gran parte de lo que poseían los antiguos habitantes coloniales, como las grandes granjas y negocios. Unos 4500 granjeros blancos poseen más o menos una tercera parte de la tierra productiva de Zimbabwe.
Mugabe describe a los blancos como enemigos del Estado que rehúsan abandonar sus antiguas costumbres y conspiran con Gran Bretaña para conservar el control sobre el país a expensas de los negros. Los blancos se han convertido en los chivos expiatorios del presidente para explicar la legión de problemas que acosan al país, donde más de la mitad de los habitantes están desempleados y una cuarta parte están infectados de SIDA.
Los periódicos dirigidos por el gobierno publican aterradoras crónicas de las maldades causadas por los blancos. Si se sustituyera la palabra "blancos" por "judíos", se tendría un inquietante recordatorio de otro país en el que una minoría extranjera fue satanizada por un gobierno nacional.
Irónicamente, Kay está de acuerdo con el principio general de la redistribución de las tierras: simplemente opina que el gobierno debe reconocer que los derechos de los granjeros no estén discriminados por su raza.
Un mensaje desesperado
Hace pocos días, recibí un correo electrónico de Kerry, su esposa: " Te escribo de prisa. Situación bastante crítica. Tuvimos que evaporarnos porque hay un precio en la cabeza de Iain. Afortunadamente, nuestra comunidad se mantiene alerta de lo que ocurre en la granja. No podrías imaginar la violencia y brutalidad que se está desatando contra la población en general... Oramos por que esta locura cese pronto".
Hace dos semanas, Iain Kay se aventuró a ir a una escuela cercana, que había construido para los hijos de sus 120 empleados. Súbitamente, 25 hombres empezaron a golpearlo con palos. Lo lastimaron en la espalda, piernas y cabeza, abriéndole una herida en la cara. Lo ataron con un alambre de púas y lo arrastraron a la maleza. Kay dijo después a sus amigos que pensó que iba a ser ejecutado. Justo a tiempo, el hijo de Kay, de 20 años, se acercó, distrayendo a los hombres. Su padre logró escapar y sus atacantes huyeron.
Al día siguiente, un joven policía negro fue asesinado cuando acudió a la granja de Kay para arrestar a los atacantes, que son parte de una invasión, apoyada por Mugabe, de cerca de un millar de granjas de blancos por parte de unos 3000 hombres que se autodescriben como veteranos de la guerra de la independencia. En marzo, invadieron la granja de Kay, construyeron chozas y se asentaron allí.
Los granjeros consideran que la invasión es un intento de provocar la violencia y darle a Mugabe una excusa para postergar unas elecciones nacionales en las que podría ser derrotado.
Hasta ahora, once hombres han sido asesinados, siete de ellos negros. Todos eran oponentes de Mugabe.
Debo confesar que tengo cierta ambivalencia acerca de lo que está ocurriendo en Zimbabwe. Por honorable que parezca ser Kay, él heredó su tierra de un sistema malvado. Me ha preocupado que yo admire a un hombre que bien podría ser una versión moderna del benevolente dueño de esclavos, un personaje frecuentemente citado para argumentar que el Viejo Sur de Estados Unidos realmente no era tan malo.
No obstante, veo a este hombre y reconozco el amor que siente por esta tierra y esta gente. Y sé que destruir a un hombre como Iain Kay nunca compensará por los males del colonialismo.



