
El caso Lewinsky, un episodio menor que frenó a un gobierno
Clinton dirá pasado mañana su verdad sobre el escándalo
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MIAMI.- Este verano con Monica ha sido muy diferente de aquel que Ingmar Bergman realizó en 1952, pero ambos son igualmente memorables. Ningún otro presidente ha debido someterse a la indignidad que aguarda a Bill Clinton, cuando deba responder pasado mañana -cámara de televisión de por medio- a las preguntas de la fiscalía especial y a las de las 23 personas del Gran Jurado, acerca de los detalles de su relación amorosa con la ex pasante Monica Lewinsky, en lo que constituye, sin duda, uno de los episodios más tórridos de la historia política norteamericana.
Y mientras los abogados siguen discutiendo la estrategia por seguir y algunos se animan a pronosticar que Clinton reconocerá que mantuvo "algún" tipo de relación sexual con Monica, a esta altura nadie, con la posible excepción del fiscal especial Kenneth Starr, piensa que esta feroz investigación valió la pena, ni mucho menos los 40 millones de dólares que insumió en sus cuatro años de existencia.
Cuando el último capítulo de este telenovelón se cierre (nadie descarta, por supuesto, que pueda haber una secuela) el pueblo norteamericano no habrá averiguado nada que no sepa y se habrá enterado de muchas cosas que nunca quiso saber.
La encrucijada
Cualquiera sea el camino que Clinton elija en su declaración del lunes, sus pecadillos han sido un asunto tan banal que ni siquiera son capaces de estimular la imaginación conspirativa, como cuando se descubrió que John Profumo, ministro de Guerra del gobierno británico de Harold Macmillan, en 1963, compartía a una prostituta llamada Christine Keeler con el agregado naval soviético; o cuando Judy Campbell dividía sus favores entre el presidente John Kennedy y el gángster Sam Giancana. (Campbell quedó embarazada de Kennedy y se sometió a un aborto con el consentimiento de Kennedy, lo cual en términos de moral religiosa -ambos eran católicos- resulta mucho más grave que lo que se haya hecho bajo el escritorio de la Oficina Oval).
Por qué los acontecimientos se despeñaron fuera de control debe atribuirse a una cadena de errores en los que Clinton y Starr son, en realidad, más víctimas que victimarios. Esta descomunal comedia de boulevard, que tiene al mundo tan azorado como fascinado, no hubiese pasado de no haber sido por las siguientes circunstancias:
- La traición de Linda Tripp
La ex empleada de la Casa Blanca que se dedicó a grabar subrepticiamente las confidencias de Monica Lewinsky convirtió en prueba material lo que de lo contrario no hubiera sido otra cosa que un rumor.
Tripp quería vengarse de la humillación que sufrió a manos de la Casa Blanca, cuando se ofreció a testimoniar que había visto a Kathleen Willey salir alterada y desarreglada del despacho de Clinton.
- El dilema de Janet Reno
Fue la decisión de la fiscal general, Janet Reno de autorizar la extensión de la jurisdicción de Starr, quien hasta entonces sólo se limitaba a investigar la posibilidad de defraudación en las inversiones de los Clinton en Whitewater, la que posibilitó que la Justicia, con ilimitado poder, se entrometiera en la vida íntima del presidente. Reno venía de ser criticada por negarse a designar un fiscal especial para investigar las denuncias de transgresiones en la recaudación de fondos para la campaña electoral y temió que si se oponía a Starr provocaría una reacción en el Congreso que la obligaría a renunciar.
- La ceguera de la Corte
La decisión unánime de la Corte Suprema, en mayo de 1997, de permitir que se someta a proceso a un presidente en ejercicio, permitió que el caso de Paula Jones llegara a los tribunales, donde Clinton debió dar testimonio bajo juramento y donde Lewinsky negó haber tenido relaciones sexuales con Clinton. Al rechazar el argumento de los abogados de Clinton de que un proceso interferiría con el cumplimiento de los deberes presidenciales, los jueces posibilitaron que un episodio menor paralizara en muchos casos la acción del gobierno.
- La caída de la prensa
Pocas instituciones han sido más perjudicadas por el sexgate que la prensa. La persecución, muchas veces indiscriminada de primicias, los dudosos métodos de reportaje y la constante dependencia de fuentes anónimas le han valido a la prensa norteamericana un descrédito mayúsculo. Pero más grave aún, la prensa magnificó la importancia del escándalo a espaldas de la opinión pública, que en toda ocasión no vaciló en expresar su indiferencia por un episodio al que consideraba perteneciente al ámbito de lo privado.
Cuando el verano con Monica se desvanezca, Washington ya no será el mismo lugar. Lo sucederá el invierno del descontento, donde instituciones como la del fiscal especial o fallos como el de la Corte Suprema en Clinton v. Jones serán erradicados por la sencilla razón de que nadie, ni en el Congreso ni en los partidos políticos, desea repetir otra experiencia alucinante, donde el líder de la mayor potencia mundial se vuelve rehén de una mancha de semen en un vestido.





