
El dedazo, una historia de premios y castigos
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MEXICO, DF (De un enviado especial).- Porfirio Díaz no pudo con su genio. En 1871 se alzó en armas contra el presidente Benito Juárez. Su lema era: "Sufragio efectivo, no reelección". El lema duró poco, según cuenta José Ignacio García Hamilton, profesor de historia del derecho de la UBA, en su libro "El autoritarismo hispanoamericano y la improductividad".
En 1876, Díaz llegó a la presidencia, pero contradijo sus propias palabras. Gobernó hasta 1911, con un solo intervalo, entre 1880 y 1884, en el cual fue presidente su compadre Manuel González. Lo derrocó Francisco Madero, líder del Partido Nacional Antirreeleccionista. La Revolución Mexicana duraría una década.
Década que dio a México, en 1917, una de las constituciones más avanzadas para su época y que, en la siguiente, el 4 de marzo de 1929, derivó en la creación del Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana, luego Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Ya entonces, uno de sus dirigentes, Aarón Sánchez, se retiró de la convención nacional del PNR porque consideró que todo estaba armado para favorecer a Pascual Ortiz Rubio, el candidato designado a dedo por el jefe máximo, el general Plutarco Elías Calles. Hubo una rebelión militar, incluso, finalmente controlada.
Desde sus comienzos, el PRI estableció una estructura piramidal en la cual son decisivos los premios y los castigos. De ahí que muchos desestimen la posibilidad de que se quiebre después de las inéditas elecciones primarias de ayer, ya que, en principio, los perdedores serán recompensados.
Sólo en 1938, el presidente Lázaro Cárdenas, padre de Cuauhtémoc, fundador y líder del Partido de la Revolución Democrática (PRD) desde que disintió del dedazo en 1987, creó una estructura formal de partido, integrando organizaciones de trabajadores y campesinos con la burocracia y el ejército, según explica Enrique Krauze en la revista Time. Ocho años después, el ejército cedió su espacio a los líderes civiles. Diferencia notable, si se quiere, con la ola golpista que ya comenzaba a perfilar su cresta en América latina.
Disconformidad con el dedazo
Los primeros signos de disconformidad con el dedazo, por el cual fueron designados los últimos 11 presidentes mexicanos (con mandato a plazo fijo de seis años sin posibilidad de ser reelegidos), comenzaron en 1987. El movimiento, encabezado por Cárdenas y por Porfirio Muñoz Ledo, hoy también en el PRD, terminó con la expulsión de ellos.
En las elecciones de 1988, el candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari, ganó en forma curiosa, después de una no menos curiosa caída de toda la red de computación que contaba los votos y que, hasta ese momento, favorecía a Cárdenas.
Salinas, reivindicado como estadista hasta que comenzó su ostracismo, en 1994, puso a dedo a Luis Donaldo Colosio, asesinado en la campaña. Su sucesor, Ernesto Zedillo, renegó del poder imperial que caracterizó al partido en toda su existencia, pero, a la vez, reparó en las derrotas que sufrió el PRI en las últimas elecciones, de medio término, y en la cotización en baja que predecían hasta hace poco las encuestas para el 2000.
El orden de los factores no altera el producto: necesidad y convicción, como admitió el presidente del partido, José Antonio González Fernández, obraron en favor del cambio. O de la muerte del dedazo. ¿Habrá muerto, en realidad?






