
El enigma de la joven que vivió 18 años en la selva
Reapareció misteriosamente cerca de su aldea, en Camboya
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OYADAO, Camboya.– Algunas noches Rocham Phoeung espera a que todos se hayan dormido, se quita la ropa y gatea desnuda, buscando la salida de la pequeña cabaña en la que su familia vive hacinada en este rincón perdido del nordeste de Camboya. Quiere regresar a la jungla.
Para los habitantes de la aldea de Oyadao, su insistencia en huir prueba que los mismos espíritus que la raptaron hace cerca de dos décadas han vuelto para llevársela de nuevo. Han decidido evitarlo adentrándose en las selvas de Ratanakiri y entregando a varios de sus animales en sacrificio.
“¿No la han tenido ya suficiente tiempo con ustedes?”, pregunta Sar Yo, el padre de Phoeung, atravesando con su machete las entrañas de uno de sus mejores cerdos.
Oyadao queda al final de una carretera de arena y piedras. Pero ni la dureza del trayecto ni las 14 horas de camino desde la capital, Phnom Penh, han hecho desistir a los curiosos. Todos queremos conocer a la hija de la jungla.
Un lunes por la mañana, una veintena de curiosos se asoma a la mísera choza de la familia de Phoeung. La joven permanece inmóvil, tumbada en el suelo, ausente, sumida en el silencio en el que ha guardado los interrogantes de su sorprendente reaparición el pasado 13 de enero. Han pasado 18 años desde que se perdió mientras les daba de comer a los búfalos en el linde con la selva, y aquella niña de nueve años ha regresado convertida en una mujer de 27.
Los leñadores que la encontraron aseguran que la joven caminaba en cuatro patas, gruñía y tenía el aspecto de un mono. Hoy, una vez que su madre le haya cepillado el pelo y la haya vestido con un pijama rosa, la mujer de la jungla será una chica de campo.
La joven ha pasado los primeros días asustada, recogiéndose en un rincón de la casa y rehuyendo del contacto visual con los curiosos que se acercaban a fotografiarla. La escena, que se repite a diario, parece sacada de un zoológico, con niños y mayores que contemplan lo que los diarios han anunciado como la "niña mono" y el "ser medio humano, medio animal".
Una de las primeras decisiones del único psicólogo que hasta ahora ha podido estudiar a Phoeung, el español Héctor Rifá, fue tratar de devolver la tranquilidad a un entorno que estaba adquiriendo una atmósfera circense. No más trasiego de curiosos, demostraciones públicas o cámaras fotográficas, que el especialista de la Universidad de Oviedo cree que son para la joven camboyana "máquinas que echan fuego".
Rifá, miembro de la organización Psicólogos sin Fronteras, realizaba en Camboya una investigación sobre la comunicación no verbal de las comunidades tribales cuando se conoció el descubrimiento de la mujer de la selva. Su llegada coincidió con los primeros signos de mejoría de Phoeung. La ayudó a reconocerse mirándose en un espejo y logró que jugara con muñecos e interactuara brevemente. Phoeung ha recuperado el apetito y ha dado sus primeros paseos. Suele permanecer tranquila durante el día; se altera por algún motivo al anochecer, cuando comienza a emitir sonidos que su padre ha recogido en una vieja grabadora.
Al escuchar la cinta, se aprecia que no son los gruñidos que se le atribuían al principio, sino palabras que la joven balbucea sin sentido aparente. Las únicas palabras inteligibles que Phoeung ha pronunciado hasta ahora en su lengua natal -la familia pertenece a la minoría étnica de los Phnong- han sido "papá", "mamá" y "me duele". Lo que no ha podido hacer todavía -quizá no lo haga nunca- es responder a las dudas sobre su desaparición.
Algunas conductas de su comportamiento confirman que Phoeung ha vivido largo tiempo en la jungla. Escarba en el suelo de forma intuitiva buscando gusanos o insectos. Tiene los sentidos del olfato y de la vista extraordinariamente desarrollados. Antes de comer, olfatea la comida. Siempre está alerta, vigilando lo que ocurre a su alrededor. Sus pies, machacados y encallados, son los de alguien que nunca se calzó. Sin embargo, Rifá asegura haber detectado también conductas que indicarían que ha tenido contacto con otras personas.
Ha utilizado la cuchara para comer sin que nadie le hubiera indicado cómo hacerlo. Duerme boca arriba, con las piernas flexionadas, cuando lo normal entre los salvajes es hacerlo en posición fetal. "Tiene ciertas habilidades culturales. No es una mujer mono, sino una persona que ha vivido en la jungla durante un largo período y que probablemente en algún momento ha tenido contacto con otras personas", asegura Rifá.
La posibilidad de que Phoeung haya permanecido cautiva se ve reforzada por la doble cicatriz que tiene alrededor de la muñeca izquierda, idéntica a las que producen las trampas de alambres que se utilizan para cazar. Los habitantes de Oyadao se han dividido entre quienes consideran posible la supervivencia de la niña en la jungla y quienes recuerdan que la selva camboyana está habitada por tigres, leopardos, osos y algunas de las serpientes más venenosas del mundo. Es, además, una zona donde la malaria mata cada año a cientos de personas, sobre todo a niños.
Otro caso
La gente del lugar todavía recuerda al grupo de 34 personas que emergió de la selva en diciembre de 2004 tras haber pasado 25 años sin contacto alguno con otras personas. Se trataba de los habitantes de una aldea del nordeste de Camboya que fue invadida en 1979 por las tropas vietnamitas que habían ocupado el país para acabar con el régimen de Pol Pot. Las familias huyeron hacia el bosque y durante el siguiente cuarto de siglo permanecieron escondidas creyendo que la guerra continuaba, sin saber que en realidad había terminado días después del asalto a su poblado. Todos ellos sobrevivieron a la vida en la selva.
La reeducación de Phoeung es vista por la mayoría de los expertos como un objetivo imposible. Rifá, en cambio, ha tomado el caso con entusiasmo y cree que todavía es pronto para saber con certeza si la joven camboyana se recuperará algún día. "Hay que ver cuáles son los progresos en estas semanas. Quizás algún día nos pueda contar qué le ha ocurrido todos estos años."
Al caer el sol en Oyadao, Sar Yo se prepara para otra noche en vela, para vigilar a su hija.
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