El hombre que vivió para contar la peor estampida

Miles murieron aplastados en La Meca en 2015; Riad nunca explicó las causas
Miles murieron aplastados en La Meca en 2015; Riad nunca explicó las causas
Sarah Almukhtar
D. Watkins
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8 de septiembre de 2016  

Los cuerpos de los fieles en peregrinación tras la estampida que provocó 717 muertes en el 2015 en las afueras de La Meca
Los cuerpos de los fieles en peregrinación tras la estampida que provocó 717 muertes en el 2015 en las afueras de La Meca Fuente: Reuters - Crédito: Archivo

ATLANTA.- "Me estoy muriendo. Me estoy muriendo. Necesito agua."

Ésas eran las palabras que Rashid Siddiqui escuchaba una y otra vez de sus compañeros musulmanes de peregrinación, que se retorcían en el piso bajo los 48 grados centígrados del calcinante sol saudita. Descalzo, en cueros y cegado por el sol, de alguna manera Siddiqui había logrado evitar ser aplastado por la estampida de la multitud.

Era 24 de septiembre de 2015, tercera mañana del hach, la peregrinación de cinco días hasta la ciudad de La Meca, en Arabia Saudita, que realizan anualmente los musulmanes de todo el mundo. Según algunas estimaciones, ése fue el día más trágico en la historia del hach y uno de los peores accidentes del mundo en varias décadas.

Estadounidense y oriundo de la ciudad de Atlanta, Siddiqui, de 42 años, estaba atravesando un amplio valle sembrado de decenas de miles de carpas de peregrinos. Su destino era el puente de Jamarat, donde los peregrinos arrojan piedras contra tres grandes pilares, un ritual que simboliza la lapidación del demonio. Cuando se desencadenó la estampida, Siddiqui estaba a apenas mil metros del puente.

Murieron cientos, probablemente miles, pero a casi un año de la tragedia las autoridades sauditas todavía no han explicado cómo se desencadenó el desastre. Tampoco han suministrado una cifra de muertos que pueda ser considerada precisa. Muchas de las víctimas eran de Irán, el gran enemigo de Arabia Saudita, así que la tragedia impulsó a Teherán a prohibir la asistencia de sus ciudadanos al hach de este año.

Antes, las estampidas fatales eran frecuentes durante el hach, especialmente en las inmediaciones del puente de Jamarat. Para prevenir esas calamidades, los sauditas ampliaron el puente tras los 360 muertos que dejó el hach de 2006.

El conteo de la agencia AP sobre la base de informes oficiales y medios de prensa estatales de 36 países con ciudadanos que peregrinaban a La Meca descubrió que en el fatídico hach del año pasado murieron al menos 2400 personas. Las autoridades sauditas, sin embargo, se aferran a la cifra de 769 víctimas.

Siddiqui se despertó antes del amanecer en el interior de una carpa y dijo que a pesar de la temprana hora se levantó fresco y con fuerzas.

Se colgó su identificación oficial del cuello y puso sus objetos de valor en la riñonera: billetera, celular local y un smartphone para llamar a su esposa, Farah, que se encontraba en Atlanta con los dos hijos. Alrededor de las 6.30 salió de su carpa listo para ir tras los pasos del profeta Mahoma hace más de mil años.

Iba en grupo, con su cuñado, la esposa de éste y algunos amigos, deteniéndose con frecuencia para sacarse fotos y luego postearlas en Facebook. El sendero se iba estrechando. Siddiqui se puso en fila detrás de sus compañeros, que se tomaron del hombro para no perderse. En ese momento sintió la presión de la multitud que crecía al amontonarse sobre el paso.

Siddiqui advirtió que más adelante los peregrinos se trepaban a las altas cercas que bordean el camino, como intentando escapar de algo. Y tuvo un instante para pensar si no debía hacer lo mismo. Pero no le dio tiempo. De pronto lo empujaron, cayó al piso y perdió al resto de su grupo. La gente que lo rodeaba ya entonaba sus plegarias finales a Dios.

L a avalancha fue como ser revolcado por una ola. Sobre Siddiqui se amontonaban cuerpos que caían de todas direcciones.

Sólo podía moverse cuando la avalancha se movía: no había un milímetro de espacio libre.

En medio del aplastamiento, muchos peregrinos iban perdiendo la ropa y quedaban desnudos, intentando trepar los vallados.

"Estaba aterrado", dice Siddiqui, que en ese momento no pensaba más que en su familia.

A esos aplastamientos suele llamárselos estampidas, aunque en realidad la mayoría de las víctimas de esos desastres de masas mueren aplastadas, y no pisoteadas, por una presión que es tan fuerte que llega a doblar los vallados de acero.

En un aplastamiento, la marea de la multitud escapa al control de los individuos que la integran. Las oleadas de presión que recorren a la multitud son tan fuertes que algunas personas salen expulsadas por el aire y caen a más de 3 metros.

La principal causa de muerte en un aplastamiento masivo es la asfixia. La gente está tan apretada que se asfixia parada donde está.

Milagrosamente, unos 15 minutos después de que se inició la oleada, Siddiqui se vio empujado hacia atrás y hacia afuera de la multitud. Había perdido sus sandalias, su identificación y la parte superior de su ihram, la vestimenta religiosa que se usa durante la peregrinación.

Peregrinos de carpas cercanas arrojaban botellas de agua hacia el medio del gentío. Los sobrevivientes se abalanzaban sobre las botellas, bebían con desesperación y se las vaciaban sobre la cabeza y el cuerpo. Alguien abrió una manguera y ríos de agua corrieron por el camino.

Siddiqui estaba deshidratado y enceguecido por el sol, mientras otros caían muertos a su alrededor. "No sé cómo sobreviví", dice.

Siddiqui observó durante dos horas a la policía que se iba acercando en dirección a él. Ayudaban a los más gravemente heridos, pasando de largo ante los muertos y demás sobrevivientes. Cuando un policía llegó finalmente hasta donde estaba Siddiqui, le dijo que siguiera con su peregrinación.

Cuando logró regresar a su carpa, supo que sus familiares políticos estaban desaparecidos. Durante los próximos cuatro días, y mientras completaba los ritos finales del hach, Siddiqui también peregrinó durante horas por hospitales y clínicas. Nadie sabía nada.

Las autoridades sauditas no habilitaron un lugar centralizado donde asistir a quienes buscaban a sus seres queridos.

Siddiqui canceló su vuelo de regreso a Atlanta y siguió buscando tras la finalización del hach, con la ayuda de la familia de su cuñada. En total, dice Siddiqui, unos 20 miembros de su familia participaron de la búsqueda. Iban detrás de cada pista, para sólo encontrarse con rumores o información errónea.

El general Mansour al-Turki, vocero del Ministerio del Interior saudita, dijo que el aplastamiento al parecer se había originado cuando dos grandes columnas de peregrinos convergieron en la calle 204.

Irán, país de origen de la mayoría de los muertos, culpó a los sauditas de mal manejo y negligencia agravada. El líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Khamenei, dijo que las víctimas fueron "asesinadas" por los sauditas.

En junio, Arabia Saudita anunció que este año a los peregrinos se les entregarían brazaletes electrónicos para facilitar su identificación. Pero a pesar de la promesa de llevar a cabo una investigación sobre lo sucedido el año pasado, el ministerio no ha revelado ningún hallazgo conectado con la masacre.

Exhausto y ansioso por reunirse con su esposa e hijos, Siddiqui volvió a Riad unos diez días después de la tragedia y luego regresó a Atlanta, pero otros familiares continuaron con la búsqueda.

Dos semanas después de la tragedia, la morgue de Mina confirmó la muerte del cuñado de Siddiqui. Tras otras dos semanas también se confirmó la muerte de la esposa de su cuñado. Ya había sido enterrada por las autoridades sauditas.

Traducción de Jaime Arrambide

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