El insólito coletazo de la crisis: caen los robos por la falta de efectivo

Los delincuentes tienen sus escenarios delictivos cada vez más reducidos por el caos económico
Los delincuentes tienen sus escenarios delictivos cada vez más reducidos por el caos económico Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sábat
Rachelle Krygier
Beth Sheridan
Mariana Zuñiga
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9 de marzo de 2019  

CARACAS.- Una de las consecuencias más extrañas del colapso de la economía de Venezuela es la virtual desaparición del dinero en efectivo. Con la inflación por las nubes, el gobierno no da abasto a imprimir billetes, así que muchos se han volcado a las tarjetas de débito, aunque no tengan demasiado en sus cuentas.

De repente, todo un sector de la población ya no lleva nada en los bolsillos, y los punguistas están de malas. "Aunque te roben la billetera, adentro no encuentran nada", dice Yordin Ruíz, un zapatero de 58 años.

La economía venezolana va en caída libre y las oportunidades están desapareciendo incluso para los ladrones, en uno de los países con una de las tasas delincuenciales más altas del mundo. Los motochorros que solían recorrer Caracas apuntándole a los conductores por la ventanilla para robarles la billetera ahora andan a pie, por el simple hecho de que faltan repuestos para las motos. Antes solían arrebatarles los celulares a los pasajeros de los abarrotados colectivos de Caracas . Pero el transporte público ya casi no funciona.

También descendieron los robos a bancos, ya que no guardan demasiado efectivo. ¿Qué venezolano podría ahorrar en este contexto? En las calles tampoco hay tantos autos para robar: como el precio de los repuestos importados se fue a las nubes, muchos ya no salen del garaje.

Según un informe del Observatorio Venezolano de Violencia, hasta los delincuentes están migrando, para sumarse a ese éxodo de más de 3 millones de venezolanos que buscaron oportunidades en el extranjero.

"En Venezuela, el robo ya no rinde", dice Roberto Briceño-León, sociólogo y coordinador del observatorio.

El descenso en la cantidad de robos refleja un fenómeno peculiar. Un visitante que regrese a Caracas después de muchos años esperaría encontrar una cuidad devastada. La economía del país, después de todo, se achicó a la mitad en apenas 5 años. Pero la ciudad no está devastada: está desapareciendo. Las calles están llenas de comercios, pero con las persianas bajas: ya no les conviene abrir. Se ven menos autos, menos gente a la noche y poco y nada en las góndolas.

Felicita Blanco, periodista de 70 años, cubre noticias policiales para el diario El Carabobeño. Hasta hace un tiempo, el robo a camiones de caudales y a sucursales bancarias era cosa de todos los días. Ya no. "Como la moneda no vale nada, robar un banco no tiene sentido", dice Blanco.

Mario Roja es un taxista de 59 años que hace tres décadas recorre la ciudad y exhibe su coche con orgullo: una cupé Dodge modelo 72 toda oxidada que ahora duerme estacionada en el barrio de clase trabajadora donde vive Mario, en las colinas que rodean la ciudad. "Hace un par de años me asaltaron", cuenta Mario. "El año pasado no gané un peso, casi nada".

Dice que ya casi no hay clientes, sobre todo de noche. ¿Quién va a salir a comer, cuando hay muchos que ni siquiera comen todos los días? Esto no implica que Venezuela sea un lugar seguro. La tasa de homicidios sigue entre las más altas del mundo: 81,4 cada 100.000 habitantes.

Pero después de años en los que Caracas era un mundo delincuencial distópico estilo Mad Max, ahora hasta los asaltantes, secuestradores y ladrones de autos tienen problemas.

Yender Batista, un limpiavidrios de 27 años, pasó más de un año en la cárcel por robo. Dice que ya no roba. Y no es el único: en su barrio de clase baja, El Valle, cada vez operan menos delincuentes. Algunos emigraron y otros fueron abatidos por la policía. Muchos, dice Yender, ya no tienen para comprar un arma, porque al igual que todo lo importado, son cada vez más caras y rondan los US$1200 o 20 años de trabajo con salario mínimo.

"Para conseguir un arma, ahora tenés que matar a un policía", dice Yender.

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

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