El Parlamento yugoslavo dio por terminada la guerra
BELGRADO.- Es el fin o, acaso, el comienzo: la Asamblea Federal Yugoslava (Parlamento) aprobó ayer el levantamiento del estado de guerra que regía desde que comenzaron los bombardeos de la OTAN, el 24 de marzo, pero ello no implica que el país, con graves daños, dificultades crediticias, problemas de desabastecimiento y un presidente cada vez más jaqueado en el exterior, vuelva a la normalidad. Prueba de ello es que seguirán los controles de precios hasta que haya un nuevo plan económico.
De la presentación del primer ministro de Yugoslavia, Momir Bulatovic, el punto más importante, de las puertas para afuera, fue el pedido, también formal, de que sean perdonadas las sanciones que pesan sobre el país y de que, al mismo tiempo, sea admitido en las Naciones Unidas (ONU) y en otros organismos internacionales.
"Nuestro país está preparado para recibir ayuda y espera que la Unión Europea y la comunidad internacional traten con respeto y en términos de igualdad a Yugoslavia -dijo Bulatovic-. El futuro está en los lazos de amistad y en la cooperación con nuestros países vecinos y con Europa, así como con las naciones del mundo."
El discurso de Bulatovic estuvo en la línea de posguerra de Slobodan Milosevic: mostrarse como amigo del mundo, con cara de perdonar al mundo, de modo de romper el aislamiento al cual se ve expuesto por la sola presencia del presidente en el poder. Es una pose de circunstancia, si se quiere.
El gobierno ya había pedido a la Asamblea que levantara las leyes de emergencia, pero hubo una impasse en la que, según confiaron a La Nación voceros de la oposición, se evaluó su costo: la posibilidad de que haya expresiones de protesta contra Milosevic, como a fines de 1996 y principios de 1997, con el agravante, ahora, de su condición de criminal de guerra, de sus cuentas bloqueadas en Suiza y del correlato de la guerra en sí. Estas, de hecho, ya se sintieron ayer en dos de las principales carreteras que sobrevivieron a los bombardeos, donde centenares de reservistas, furiosos por el desenlace de la guerra y por atrasos salariales, bloquearon el paso con tanques.
El Partido Radical, del ultranacionalista Vojislav Seselj, puso palos en la rueda, por más que, por ahora, forme parte de la coalición gubernamental. Sus reparos, según trascendió, se basaron sobre la posibilidad de que, sin el estado de guerra, las fuerzas de la OTAN ya estacionadas en Kosovo avancen hacia Belgrado.
En el gobierno, una conspiración contra Milosevic, presuntamente orquestada y financiada por los Estados Unidos, es el mayor temor en estos días, según observaron las fuentes, pero, a su vez, algunos partidos de la oposición desconfían tanto de la palabra de su presidente como de su par Bill Clinton.
Es más: sostuvieron que no sería imposible que, aquietadas las aguas de Kosovo, Milosevic reciba un guiño de Occidente para sentarse a una mesa de negociaciones. Sería, del otro lado del mostrador, una aceptación tácita de que no pudieron con él.
La vuelta a la normalidad, sin embargo, podría ser el comienzo de otra guerra. O, como dijo uno de ellos, de la real resistencia heroica. Varias especulaciones sembraron las reuniones que mantuvo Bob Gelbard, enviado especial de Washington para los Balcanes, con miembros de la oposición, en especial con el Partido de la Renovación Serbia, de Vuk Draskovic, impulsor del adelanto de las elecciones.
Lo concreto es que la ayuda del exterior para la reconstrucción del país, valuada en 29.600 millones de dólares por economistas independientes, sólo llegará a Belgrado si Milosevic no está en el poder. El diario Politika acusa en un editorial al presidente de Montenegro, Milo Djukanovic, y al ex primer ministro serbio Milan Panic, de conspirar contra él.
La presión se acrecentó con el precedente que sentó Suiza: nunca había congelado las cuentas de un jefe de Estado en ejercicio.
Horrorizados in situ
La presencia de los ministros de relaciones exteriores de Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia en Pristina, la capital de Kosovo, horrorizados por los crímenes que allí se cometieron, tuvo, a su vez, su propio efecto contra Milosevic. No por nada Robin Cook, el británico, expresó su indignación contra los que ordenaron la matanza de 30 personas, no contra sus autores. Ni fue casual que hayan visitado el escenario de una masacre que tiene carátula propia entre los casos que consideró el Tribunal Penal para pedir la captura de Milosevic.
En los Estados Unidos, según comentaban los voceros, está replanteándose la falta de previsiones de la guerra por no haberle dado espacio a Milosevic para que accediera a un compromiso que le permitiera salir con dignidad del enfrentamiento y por no haber definido un plan militar que reforzara, no reemplazara, la diplomacia de línea dura que emprendió la secretaria de Estado, Madeleine Albright. El cuestionamiento más severo es el uso exclusivo de aviones frente a un enemigo que estaba derrotado desde el primer día.
Esas hipótesis son interpretadas por los serbios como una forma de darles la razón en forma tardía, ya que insisten en que, a diferencia de Saddam Hussein, ellos no atacaron a nadie (como si los albaneses no fueran gente).
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