El Plan Marshall de Pekín para sumar aliados en Occidente

Ian Bremmer
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16 de mayo de 2015  

NUEVA YORK.- Desde 1980, ha habido una sola constante en la política internacional: el ascenso de China. Pero la expansión de su influencia económica es bastante distinta de la expansión de su rol militar.

El presidente Xi Jinping no desafiará la supremacía militar de Estados Unidos en un futuro vislumbrable. Fuera del este de Asia, a China le viene bien el predominio militar norteamericano convencional, porque limita el riesgo de un conflicto de escala global que socavaría el desarrollo económico chino. Allí donde Washington evitó entrar en conflicto, particularmente en Medio Oriente, los líderes de China siguen reacios a aceptar nuevos costos y nuevos riesgos. A Moscú le gusta ejercitar sus músculos, pero Pekín prefiere construir calladamente su poderío, sobre los sólidos cimientos que le garantiza su creciente dinamismo económico.

Incluso en Asia, Xi considera que una China más enérgica alentó a sus vecinos, incluida la India, a estrechar sus vínculos con Washington. Y como en China la reforma está ralentizando la economía, Pekín trabajará para evitar cualquier deterioro innecesario de sus relaciones comerciales con Japón, que sigue siendo la tercera economía del mundo.

China elegirá el conflicto con sus vecinos menores, particularmente con los que no son aliados de Estados Unidos, como es el caso de Vietnam. Impulsará el desarrollo de la ciberguerra, en parte porque beneficia a las empresas chinas. Hacia fines de este año, Pekín endurecerá su postura con Taiwán, pero los líderes chinos lo consideran un conflicto doméstico y no de relaciones exteriores. En pocas palabras, Pekín no provocará deliberadamente una crisis de seguridad en ningún lugar que pueda resultar perjudicial para los negocios en un momento sensible para su crecimiento y reforma económica.

Sin embargo, el auge de la influencia económica de China es otro cantar. Pekín lanzó un ataque completo y frontal contra el orden económico mundial conducido por Washington, ofreciéndole al mundo nuevas instituciones y nuevas alternativas frente a los estándares tecnológicos y de inversión que ofrece Washington. (Además, la moneda china está cada vez más disponible en todas partes.) De hecho, ningún otro país del mundo puede usar el poder de una economía dirigida por el Estado para extender su influencia a gran escala.

Hace 70 años, Estados Unidos invirtió miles de millones de dólares (alrededor del 4% de su PBI) en una apuesta para reconstruir las economías europeas de la posguerra. De altruista, el Plan Marshall no tenía nada: fue un plan de inversiones estratégicamente planeado para reactivar el crecimiento en el territorio de los mayores socios comerciales de Estados Unidos, y para construir un orden mundial liderado por Washington para detener el potencial avance del comunismo sobre Occidente. Luego vinieron instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Después de las largas y costosas guerras en Irak y Afganistán, la opinión pública norteamericana quiere que su dinero se gaste en casa, y no aceptará otro gasto de política exterior de semejante envergadura. En cambio, el gobierno de Obama apostará cada vez más al "armamentismo financiero", al permiso de acceso a los mercados de capitales (zanahorias) y a las sanciones económicas cuidadosamente dirigidas (garrotes) para forzar ciertas acciones sin necesidad de enviar tropas y dólares de los contribuyentes a nuevas zonas de conflicto. Pero lejos de expandir la influencia norteamericana, esta estrategia complica las relaciones con países aliados que suelen ver cómo sus propias empresas, bancos e inversores quedan en medio de ese fuego cruzado.

China también tiene urgentes gastos internos pendientes. Debe construir la red de seguridad social más grande del mundo, invertir en infraestructura y sostener el crecimiento, y limpiar las contaminadas aguas y cielos del país. Pero en China, la inversión pública no está sujeta a controles y balances democráticos. Ni siquiera al escrutinio de la opinión pública. Xi parece creer que las rivalidades en el interior del Partido Comunista son manejables y que la reforma goza de amplio consenso social. Las descomunales reservas en moneda extranjera de China pueden ser invertidas sin mayores resistencias políticas.

Para el así llamado "Consenso de Washington", las implicancias de esto son cada vez más obvias. A diferencia del Plan Marshall, China no está invirtiendo para expandir la democracia liberal y para hacer reformas conducentes al libre mercado, condiciones exigidas a quienes recibieron ayuda de Estados Unidos en la posguerra. Los acuerdos que firma China son negociados casi exclusivamente de manera individual con el gobierno de cada país, para maximizar la ventaja de Pekín al negociar, y el objetivo principal de esos acuerdos no es asegurar el suministro de materias primas a largo plazo y crear oportunidades para las empresas y los trabajadores chinos en países extranjeros.

Hoy, China invierte para promover el alineamiento de la mayor cantidad de gobiernos extranjeros posible con las políticas industriales chinas en sectores estratégicos, en los estándares en telecomunicaciones y de Internet, en las regulaciones y la arquitectura financiera, y para extender el uso del yuan.

El éxito de Pekín en reclutar a aliados tradicionales de Estados Unidos, como Gran Bretaña (y tal vez Japón) para sumarse como miembros del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por su sigla en inglés), marca un momento bisagra en la influencia internacional de China. La inclusión de tantas economías desarrolladas es señal de que China va ganando reconocimiento mundial como "prestamista de primera elección" para una lista cada vez más larga de gobiernos necesitados de fondos.

Muchos norteamericanos dieron por sentado que tarde o temprano China se adaptaría a los estándares políticos y económicos de Occidente, o se arriesgaría a una implosión como la de la Unión Soviética. Esa presunción nunca fue más miope que ahora. Lo más probable es que Estados Unidos y China compitan globalmente por el predominio económico, forzando al resto de los países a una opción económica difícil.

Traducción de Jaime Arrambide

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