
El regreso de los indios de América
Por Narciso Binayán Carmona
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"Sacáronle a degollar en una mula con gualdrapa de terciopelo negro: fueron tantos los indios que concurrieron a la muerte de su rey señor que no se podía sin grandísima dificultad romper por las calles y plazas y por no caber de pie se subían los indios a las paredes de las casas y tejados, y aún los cerros estaban llenos de indios." Cuando el emperador Túpac Amaru I (1571-1572) subió al patíbulo fue "motivo que atronasen los cielos y los hicieron resonar con gritos y vocerío". El soberano alzó la mano en gesto tradicional y les dijo en quechua: "Didme!" y al momento quedó todo en silencio "tal era el mando y sujeción que sobre sus súbditos tenían". Cortada la cabeza, se la expuso en la picota, pero fueron tales los "clamores y aullidos de doce o quince mil caciques e indios, que a los dos días el virrey Toledo mandó enterrarlas junto con el cuerpo". Ocurría esto en septiembre de 1572 en la plaza central del Cuzco.
Poco después, el mismo virrey mandó quemar las momias del padre y hermano del monarca, que habían reinado, como él, en Vilcabamba (Machu Picchu), para evitar su adoración. Habían pasado casi 40 años de la muerte de Atahualpa y, con más o menos fuerza, había proseguido desde entonces la resistencia india en diversos lados, siempre bajo la conducción de los incas en su reducto montañés o de sus generales.
Toledo intentó por todos los medios destruir a la familia imperial con detenciones y confiscaciones, ya que "comprendía, correctamente, que el mito de los incas serviría de inspiración a cualquier rebelión india por siglos, como efectivamente sucedió" (John Hemming, "La conquista de los incas", México, Fondo de Cultura Económica, 1982).
Ahora bien, han pasado desde entonces casi 428 años, y, por primera vez desde la revolución de la independencia ha aparecido un indio -o un mestizo que asume la herencia aborigen incluyendo la suya propia- Alejandro Toledo, y que tiene o tuvo una posibilidad concreta de llegar al poder a través de los mecanismos institucionales importados de Europa y de Estados Unidos: el sistema democrático occidental. No tiene importancia a esta altura si, en el caso concreto, es presidente él mismo o si continúa Fujimori. Lo que es novedoso o mucho más revolucionario que una revolución es la posibilidad del retorno del poder a un indio que se afirma como tal, no a uno que trata de insertarse en el tejido social como "blanco".
Reivindicaciones
Hasta ahora, y en los casi 470 años que han pasado desde que Pizarro mandó matar con garrote a Atahualpa en Cajamarca, las reivindicaciones indias tomaron como bandera la restauración del imperio incaico.
Las del siglo XVI fueron dirigidas por incas arrinconados por los españoles y las del siglo XVIII, las más violentas, replantearon la cuestión en los mismos términos. Llano Zapata, entonces, escribió refiriéndose al gran alzamiento de Juan Santos Atahualpa en 1742-1761: "De aquí muy grandes inquietudes en el Perú y de consecuencias bien perniciosas; ya las lloran Tarma y Jauja".
Mucho más grave fue la de José Gabriel Condorcanqui, cacique de Surimana, ya que había probado a la perfección, ante la justicia española, que era el heredero indiscutido de Túpac Amaru I como tataranieto de su hija y asumió así el nombre por el cual ha quedado en la historia: Túpac Amaru II (1780-1781). Logró reunir a casi cien mil hombres en su ejército y sitió el Cuzco, mientras un primo suyo hacía lo mismo con La Paz. Fue vencido, pero el eco de su botín fue tal que su hermano, preso en España durante alrededor de 40 años, habría sido el candidato más firme para la eventual restauración debatida durante el Congreso de Tucumán y el Sol Incaico ha quedado en nuestra bandera como recuerdo y testimonio de ese proyecto político.
Sugestivo
A esta altura debe analizarse cuál es la cantidad de indios en el Perú de hoy. Es más que sugestivo que, oficialmente, siempre se hable de un poco menos del 50 por ciento y que los censos unifiquen blancos y mestizos sin más precisión. En cuanto a lo que tengan de blancos los mestizos, hay que estudiarlo.
Es verdad que hasta ahora el nacionalismo indio en Perú no es tan fuerte como en Bolivia o entre los mayas, pero con Toledo ha mostrado el poder de su llamado. Reivindica los valores indios, la tradición inca, en especial el recuerdo del gran emperador Pachacútec (1438-1471), "el más grande hombre que la raza aborigen de América haya producido", como lo llamó el inglés Markham.
Toledo ha hecho realidad el vaticinio de la "reemergencia en las montañas andinas de un nacionalismo quechua en ropa moderna" (Frank Tannenbaum: "Agrarismo, indianismo y nacionalismo", artículo publicado en 1943). Toledo no es una anécdota. Los indios han vuelto. Habrá que repensar América (incluyendo Canadá y Estados Unidos).
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