
El siglo XXI empezó hace diez años
La discusión entre aquellos que sostienen que el siglo XXI empezará pasado mañana y los que dicen que sólo empezará el 1º de enero del 2001 parte de una idea común a ambos bandos: que los siglos se definen de cien en cien años, cronológicamente.
Pero la historia es indócil a esta reducción "pitagórica". Cuando hablamos del "siglo de Pericles", por ejemplo, lo medimos desde el año 490 antes de Cristo, cuando Atenas venció a los persas, y el año 404, cuando la madre de la democracia fue derrotada por la oligárquica Esparta. El siglo de Pericles duró sólo 86 años.
El siglo XIX nació sólo en 1815, con la derrota de Napoleón en Waterloo a consecuencia de la cual surgió el Imperio Británico, y murió en 1914, cuando la Primera Guerra Mundial echó por tierra casi cien años de paz y progreso. El siglo XIX nació y murió con retraso.
El siglo XX se inició con la Primera Guerra Mundial de 1914, que marcaría el comienzo del fin del Imperio Británico y de la supremacía europea en dirección de dos grandes potencias emergentes, los Estados Unidos y la Unión Soviética, y terminó en 1989, cuando el derrumbe del Muro de Berlín y del poderío soviético abrió paso al imperio norteamericano. Fue un siglo "corto": sólo 75 años.
Agua y aire
Si entendemos por "imperio" el dominio de un vasto territorio continuo dentro de un centro militar (imperator , en latín, significa "general"), Roma fue un imperio. ¿Lo fue Gran Bretaña? Cabe dudarlo. El Imperio Británico no tenía continuidad territorial. Era como un rosario de pueblos dispersos cuyas cuencas enhebraba una flota invencible. Britannia rules the waves : Gran Bretaña dominaba las olas. Por eso se habló también del "imperialismo" británico. El imperialismo es un imperio discontinuo.
El siglo XX fue testigo del crecimiento norteamericano que culminaría en imperio hace diez años, en los albores del siglo XXI donde nos encontramos.
¿En imperio o en imperialismo? Al igual que Gran Bretaña, los Estados Unidos son una isla. Al igual que su madre patria, no dominan a la manera romana sino en forma discontinua. Pero a la inversa del imperialismo inglés, el norteamericano domina el aire. Desde el aire venció al Japón destruyendo a Hiroshima y Nagasaki en 1945. Desde el aire contuvo al iraquí Saddam Hussein y al serbio Milosevic. Su presencia abrumadora en Internet la obtiene a través del aire. Más que las olas, los Estados Unidos dominan las ondas.
Pero, dedicado al aire, el nuevo imperio no quiere que sus muchachos mueran en tierra. Empató la guerra de Corea en los años cincuenta y perdió la guerra de Vietnam en los setenta porque bajó del aire a la tierra. Aprendió su lección. Por eso Saddam y Milosevic, derrotados, siguen gobernando: el nuevo imperio rehúye la infantería, que es la única fuerza capaz de ocupar la tierra.
La "democracia imperial"
La formación de los imperios ha seguido el mismo método a través de la historia. Lo que hay primero es una gran batalla entre dos finalistas imperiales. Atenas venció a los persas. Roma, a Cartago. Gran Bretaña derrotó a Napoleón. Los Estados Unidos, a la Unión Soviética. Sólo después sobrevino el imperio.
En estas cuatro grandes batallas siempre venció el candidato más liberal. Lo cual generó una inmediata contradicción: siendo el imperio un hecho autoritario, ¿cómo haría el vencedor para resguardar la libertad que proclamaba?
Atenas, pese a la victoria, siguió fiel a la democracia. La asamblea popular conducía hasta las tácticas militares contra Esparta. Esto era ineficaz. Al fin, por preservar la democracia, Atenas perdió el imperio. Roma hizo lo contrario: por preservar el imperio, abandonó a la república.
Gran Bretaña intentó eludir el dilema gracias al "imperialismo". Concentrándose en el comercio, dejó a cada pueblo sus propias instituciones, que no eran democráticas. Por salvar al imperio, Gran Bretaña no promovió la democracia.
Pero desde el momento en que el presidente Wilson la lanzó a la guerra de 1914 bajo el lema "hagamos un mundo seguro para la democracia", la nación norteamericana se empeñó en difundir la democracia. Siendo un imperio, ¿cómo hará para presionar a los demás pueblos reconociéndoles al mismo tiempo su soberanía, que es la esencia de la democracia? Este es el dilema del siglo XXI.
A partir de hoy la columna Escenarios abre un paréntesis con sus lectores hasta el 17 de febrero.
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